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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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También Helen puso el cansancio como excusa para escaquearse de las conversaciones posteriores a la comida. Normalmente, en general por cortesía, pasaba media hora más con los Greenwood frente a la chimenea trabajando en sus labores de bordado, mientas la señora Greenwood informaba acerca de sus interminables reuniones del comité. Ese día, se retiró enseguida y ya en el camino de su habitación sacó la carta del bolsillo. Por fin tomó solemnemente asiento en su mecedora, el único mueble de la casa paterna que se había llevado a Londres, y desplegó la carta.

En cuanto leyó las primeras palabras, se conmovió.

Muy estimada lady:

Apenas si oso dirigirle la palabra, tan inconcebible me resulta que yo pueda despertar su atención. El modo que he elegido para ello es seguramente poco convencional, pero vivo en un país todavía joven en el que, aunque tenemos en alta consideración las viejas costumbres, debemos encontrar nuevas e inauditas soluciones cuando algún problema nos encoge el corazón. En mi caso se trata de una profundamente sentida soledad y un ansia que no me permite conciliar el sueño. Si bien resido en una casa confortable, ésta carece de la calidez que sólo una mano femenina puede crear. El paisaje que me rodea es de una belleza y extensión infinitas, pero a tal esplendor parece faltarle el núcleo que lleve luz y amor a mi vida. Dicho en pocas palabras: sueño con una persona que quiera compartir la existencia conmigo, que participe en mis logros en la construcción de mi granja, pero que también esté dispuesta a ayudarme, a soportar los contratiempos. Sí, ansío a una mujer que esté dispuesta a unir su destino con el mío. ¿Acaso es usted esa mujer? Ruego a Dios que me conceda una mujer amorosa cuyo corazón pueda ablandar estas palabras. No obstante, usted deseará que le proporcione algo más que una vaga idea de mis pensamientos y deseos. Pues bien, me llamo Howard O’Keefe y, como el nombre ya le indica, tengo raíces irlandesas. Pero son muy lejanas. Apenas si puedo contar todavía los años que vago lejos de mi hogar natal por un mundo a veces hostil. Querida mía, ya no soy un adolescente inexperimentado. He vivido y sufrido mucho. Pero ahora he encontrado en las llanuras de Canterbury, en las estribaciones de los Alpes neozelandeses, un hogar. Mi granja es pequeña, pero la cría de ovejas tiene futuro en este país y estoy seguro de que soy capaz de alimentar a una familia. Deseo que la mujer que esté a mi lado sea experimentada y cariñosa, diestra en los asuntos domésticos y dispuesta a criar a nuestros hijos de acuerdo con los principios cristianos. La apoyaré en tales menesteres de buena fe y con toda la convicción de un amante esposo.

¿Podría darse la posibilidad quizá, respetada lectora, de que usted compartiera una parte de tales deseos y ansias? Si es así, ¡escríbame! Beberé sus palabras como agua en el desierto. Ya por la buena voluntad de haber leído mis palabras tiene usted para siempre un lugar en mi corazón.

Su más devoto afecto,

Howard O’Keefe

Al concluir la lectura, Helen tenía lágrimas en los ojos. ¡Qué maravillosamente escribía ese hombre! ¡Con qué precisión expresaba lo que a Helen tantas veces le preocupaba! También a ella le faltaba ese punto central en la vida. También ella ansiaba sentirse, en algún lugar, realmente en casa, poseer una familia propia y un hogar que no estuviera administrando para otros, sino al que dar por sí misma cara y forma. Bueno, no es que hubiera pensado exactamente en una granja, más bien en una casa de ciudad. Sin embargo, siempre había que contraer pequeños compromisos, sobre todo cuando alguien se embarcaba en tal aventura. Y en la casa de campo de los Mortimer se había sentido a gusto. Incluso había sido agradable que por las mañanas la señora Mortimer apareciera riendo en el salón con un cestito de huevos frescos y un colorido ramo de flores del jardín en la mano. Helen, que solía levantarse temprano, había ayudado a la señora Mortimer a vestir la mesa y había disfrutado de la mantequilla fresca y la cremosa leche de las vacas de los mismos Mortimer. También el señor Mortimer le había causado una buena impresión cuando regresaba de su paseo matinal por los prados, fresco y hambriento por el aire frío, tostado por el sol. Así de dinámico y atractivo se imaginaba Helen a su Howard. ¡Su Howard! ¡Cómo sonaba! ¡Cómo lo percibía! Helen casi se puso a bailar por su diminuta habitación. ¿Podría llevarse la mecedora a su nuevo hogar? Qué emocionante sería contar a sus hijos ese momento en que las palabras de su padre llegaron a Helen por vez primera y ya la conmovieron en su interior…

Muy estimado señor O’Keefe,

Hoy he leído su carta con gran alegría y afecto. También yo he emprendido el camino hacia nuestro conocimiento de forma vacilante, pero en Dios está saber por qué une a dos personas cuyos mundos están separados. Con la lectura de su carta, los kilómetros que nos separan parecen, sin embargo, fundirse cada vez más deprisa. ¿Es posible que en nuestros sueños ya nos hayamos encontrado una y otra vez? ¿O son quizá las experiencias y las ansias comunes las que nos acercan el uno al otro? Yo tampoco soy ya una muchacha joven, la muerte de mi madre me obligó temprano a adquirir responsabilidades. Ésta es la razón por la que esté versada en la administración de una casa grande. He criado a mis hermanos y estoy actualmente empleada como institutriz en una casa señorial de Londres. Esto me ocupa muchas horas del día, pero en las nocturnas siento, no obstante, el vacío de mi corazón. Vivo en una casa activa de una ciudad ruidosa y poblada, pero a pesar de todo me sentía condenada a la soledad hasta que me sorprendió su llamada hacia ultramar. Todavía me siento insegura acerca de si debo atreverme a seguirle. Todavía desearía saber más sobre el país y su granja, pero sobre todo acerca de usted, Howard O’Keefe. Me sentiría dichosa de poder proseguir nuestra correspondencia. Ojalá tenga usted también la sensación de haber hallado un alma cercana. Ojalá sienta usted también, al leer mis palabras, un asomo de esa calidez y seguridad que deseo dar… a un amante esposo y, si Dios lo quiere, a un tropel de espléndidos hijos en su joven y nuevo país.

De momento así lo espero de corazón.

Suya,

Helen Davenport

Helen había depositado la carta en correos justo al día siguiente y, a pesar suyo, su corazón latía con mayor fuerza los días después, cada vez que veía el buzón frente a la vivienda. Apenas si lograba esperar a concluir la clase matinal y precipitarse en el salón, donde el ama de llaves dejaba cada mañana el correo para la familia y también para Helen.

– No tiene que angustiarse tanto, todavía no puede haber respondido -observó George una mañana, tres semanas después, cuando Helen, de nuevo con el rostro encendido y gesto nervioso cerró los libros en cuanto divisó al cartero por la ventana del estudio-. Un barco tarda tres meses en llegar a Nueva Zelanda. Para el transporte del correo esto significa: tres meses de ida y tres meses de vuelta. En caso de que el destinatario conteste al instante y el barco zarpe de regreso inmediatamente. Ya ve, puede pasar medio año antes de que reciba noticias de él.

¿Seis meses? Helen podría haberlo calculado ella misma; pero ahora estaba impresionada. ¿A la vista de esos plazos, cuánto tiempo pasaría hasta que el señor O’Keefe y ella llegaran a un acuerdo? ¿Y cómo sabía George…?

– ¿Cómo se te ocurre lo de Nueva Zelanda, George? ¿Y quién es «él»? -preguntó con severidad-. ¡A veces eres un impertinente! Voy a ponerte un castigo que te mantendrá suficientemente ocupado.

George rio travieso.

– ¡Quizás es que leo sus pensamientos! -respondió con insolencia-. Al menos lo intento. Pero alguno se me escapa. ¡Oh, me gustaría saber quién es «él»! ¿Un oficial de Su Majestad en la división de Wellington? ¿O un barón de la lana en la isla Sur? Lo mejor sería un comerciante de Christchurch o Dunedin. Entonces mi padre no la perdería de vista y yo siempre sabría cómo le va. Pero, naturalmente, no debería ser curioso, en absoluto en asuntos tan románticos. Así que deme ya el trabajo de castigo. Lo empezaré con humildad y además blandiré el látigo para que William siga escribiendo. Así tendrá tiempo para salir y echar un vistazo al buzón.

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