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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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El reverendo manifestó su acuerdo.

– Y no menos para la mía. Por esta razón les he dado un ultimátum a las damas. El orfanato pertenece de hecho a la comunidad, lo que significa que soy el director nominal. Las damas precisan pues de mi conformidad para enviar a las niñas. Y mi conformidad depende de que envíen con las huérfanas a una persona que se cuide de ellas. Ahí es donde interviene usted, Helen. He propuesto a las damas que una de las muchachas que desean contraer matrimonio y que también han solicitado Christchurch viaje con los gastos pagados por la comunidad. Como contrapartida, la muchacha en cuestión asumirá el cuidado de las pequeñas. Ya se ha recibido el donativo para ello, el importe está pues garantizado.

La señora Thorne y el reverendo aguardaron con interés la aprobación de Helen. Ésta pensó en que el señor Greenwood ya había tenido semanas atrás una idea similar y se preguntó quién era el donante. Pero a fin de cuentas era lo mismo quien fuera. ¡Había otras cuestiones que le parecían mucho más impostergables!

– ¿Y yo sería esa cuidadora? -preguntó indecisa-. Pero yo…, como les he dicho, todavía no sé nada del señor O’Keefe…

– Lo mismo les sucede a las otras solicitantes, Helen -observó la señora Thorne-. Además son todas muy jóvenes, apenas mayores que sus pequeños alumnos. Como mucho, sólo una, que supuestamente trabaja como niñera, tiene experiencia con niños. ¡Con lo que me pregunto qué buena familia empleará como niñera a una joven que no ha cumplido los veinte años! Algunas de esas muchachas, además, me parecen de…, bueno, más bien de dudosa reputación. Lady Brennan tampoco se ha decidido del todo respecto a si debe dar su bendición a todas las solicitantes. Usted, por el contrario, es una persona estable. No tengo el menor inconveniente en confiarle las niñas. Y el riesgo es limitado. Incluso si no se llega a un acuerdo de matrimonio, una mujer joven con sus cualificaciones enseguida encontrará colocación.

– Al comienzo se alojará con mi colaborador -explicó el reverendo Thorne-. Estoy seguro de que puede proporcionarle una colocación en una buena familia en caso de que el señor O’Keefe no resulte ser el…, bien, el esposo que parece ser. Es usted quien debe tomar la decisión, Helen. ¿Desea de verdad abandonar Inglaterra, o la idea de emigrar era sólo una fantasía? Si da ahora su conformidad, zarpará el 18 de julio a bordo del Dublin desde Londres hasta Christchurch. Si se niega…, esta conversación no habrá tenido lugar.

Helen respiró hondo.

– Sí -dijo.

4

Gwyneira no reaccionó a la inaudita petición de mano de Gerald Warden ni la mitad de horrorizada que su padre se temía. Después de que madre y hermana respondieran con ataques de histeria a la mera insinuación de casar a la muchacha en Nueva Zelanda (si bien no parecían estar del todo decididas sobre qué destino era peor, si la desventajosa alianza con el burgués Lucas Warden o el destierro en tierras salvajes), Lord Silkham también había contado con las lágrimas y lamentos de Gwyneira. La muchacha pareció además divertida, cuando Lord Terence le contó el asunto con el funesto juego de cartas.

– ¡Naturalmente, no tienes que ir -lo suavizó enseguida-. Algo así va contra todas las buenas costumbres. Pero he prometido al señor Warden que al menos consideraría su propuesta…

– ¡Ya, ya, padre! -le reprochó Gwyneira, amenazándolo con un dedo mientras se reía-. ¡Las deudas de juego son deudas de honor! De ésta no te libras tan fácilmente. Al menos deberías ofrecerle mi equivalente en oro…, o unas cuantas ovejas más. Tal vez lo prefiera. ¡Inténtalo!

– ¡Gwyneira, tienes que tomártelo en serio! -la amonestó su padre-. Ya se entiende que he intentado disuadir al hombre…

– ¿De verdad? -preguntó curiosa Gwyneira-. ¿Cuánto le has ofrecido?

A Lord Terence le rechinaron los dientes. Sabía que era una costumbre odiosa, pero Gwyneira siempre lo desesperaba.

– Naturalmente, no he ofrecido nada en absoluto. He apelado al entendimiento y sentido del honor de Warden. Pero tales atributos no parecen estar demasiado anclados en él… -Silkham se volvió a ojos vistas.

– ¡Entonces quieres casarme, sin el menor escrúpulo, con el hijo de un jugador! -determinó divertida Gwyneira-. Pero en serio, padre, ¿según tu opinión, qué debo hacer? ¿Rechazar la proposición de matrimonio? ¿O aceptarla de mala gana? ¿Debo ser arrogante o humilde? ¿Llorar o gritar? ¡Tal vez podría huir! Ésta sería, sin la menor duda, la solución más digna. Si desaparezco en la noche y envuelta en la niebla, ¡te habrás librado del asunto! -Los ojos de Gwyneira brillaban al imaginar una aventura así. Incluso hubiera preferido dejarse raptar a escaparse sola…

Silkham apretó los puños.

– ¡Yo tampoco lo sé, Gwyneira! Por supuesto me resultaría penoso que rechazaras la proposición. Pero también me parece igual de penoso que te sientas obligada a aceptar. Y nunca me perdonaría que fueras desdichada allí. Por eso te pido…, bueno, tal vez podrías…, cómo decirlo, ¿estudiar con benevolencia la proposición?

Gwyneira hizo un gesto de resignación.

– De acuerdo. Entonces estudiémosla. Pero para ello deberíamos ir a buscar a mi posible suegro, ¿no? Y quizá también a madre… O mejor no, sus nervios no lo soportarían. Se lo diremos a madre después. Entonces, ¿dónde está el señor Warden?

Gerald Warden había estado esperando en una habitación contigua. Encontraba entretenidos los acontecimientos que ese día se desarrollaban en casa de Silkham. Lady Sarah y Lady Diana ya habían pedido seis veces sus frasquitos de sales; además se quejaban de forma alternativa de tener los nervios alterados y de sentir debilidad. Las doncellas apenas salían de su estado de excitación. En esos momentos, Lady Silkham descansaba en su salón con una bolsa de hielo sobre la frente, mientras en la habitación de los invitados Lady Riddleworth imploraba a su marido que hiciera algo, como retar a Warden, para salvar a Gwyneira. Como era comprensible, el coronel se sentía poco inclinado a ello. Se limitó a castigar al neozelandés con su desprecio. Salvo esto, no pareció desear nada con mayor intensidad que abandonar la casa de sus suegros cuanto antes.

La misma Gwyneira se tomó el asunto con manifiesta tranquilidad. Aunque Silkham no se había atrevido a convocar a Warden justo después de la conversación con ella, habría sido inevitable oír un arranque temperamental de la apasionada muchacha. Cuando convocaron a Warden a la sala de caballeros, encontró también a Gwyneira sin lágrimas y con las mejillas encendidas. Era justo lo que había esperado. Su proposición le había resultado sorprendente, pero con toda seguridad tampoco era reacia a ella. Ansiosa, dirigió sus fascinantes ojos azules al hombre que de forma tan inusual había pedido su mano.

– ¿Tiene quizás algún retrato o algo similar? -Gwyneira no se anduvo con rodeos y fue directa al grano. Warden la encontró tan encantadora como el día anterior. Su sencilla falda azul acentuaba su esbelta figura y la blusa con volantes la hacía parecer mayor, pero esta vez no se había esforzado por recoger su espléndida melena roja. La doncella había enlazado detrás de la cabeza dos mechones con una cinta azul para que el cabello no cayera sobre el rostro de su señora. El resto descendía ondulado y suelto cubriendo gran parte de la espalda.

– ¿Un retrato? -preguntó Gerald Warden desconcertado-. Bueno… Planos… Debo de tener un dibujo, mientras discutía sobre algunos detalles de la casa con un arquitecto inglés…

Gwyneira rio. No pareció nada impresionada ni tampoco asustada.

– ¡No de su casa, señor Warden! ¡De su hijo! De…, hummm, Lucas. ¿No tiene un daguerrotipo o una fotografía.

Gerald Warden hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Lo siento, milady. Pero Lucas le gustará. Mi fallecida esposa era una belleza y todos dicen que Lucas tiene su misma cara. Y es alto, más alto que yo, pero de complexión más delgada. Tiene los cabellos de un rubio ceniza, ojos grises… ¡y está muy bien educado, Lady Gwyneira! Me ha costado una fortuna, un profesor privado de Inglaterra tras otro… A veces pienso que yo, que nosotros…, exageramos un poco. Lucas es…, bueno, la gente está, en cualquier caso, encantada con él. Y Kiward Station también le gustará, Gwyneira. La casa está concebida según el modelo inglés. No se trata de una cabaña de madera normal, no, es una casa señorial, construida con arenisca gris. ¡Lo más exquisito! Y los muebles los hice llevar de Londres, de las mejores carpinterías. Confié en un decorador para la elección, para no cometer ningún error. No echará nada en falta, milady. Es cierto que el personal no está tan bien adiestrado como las doncellas de aquí, pero nuestros maoríes son serviciales y se dejan instruir. Si lo desea, podemos plantar un jardín de rosas…

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