En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¿Así que quiere emigrar? -preguntó la dama sin más preámbulos-. La hija de un párroco, con una buena colocación, según veo. ¿Qué es lo que la seduce en ultramar?
Helen meditó con cuidado la contestación.
– No me atrae la aventura -contestó-. Estoy contenta en mi puesto de trabajo y mis patrones me tratan bien. Pero cada día veo la felicidad que reina en su familia y ansío de corazón hallarme yo también un día en el centro de tal preciada compañía.
Esperaba que la señora no considerase exageradas sus palabras. La misma Helen casi podría haberse echado a reír cuando había preparado esta respuesta. A fin de cuentas, los Greenwood no eran precisamente un ejemplo de armonía y lo último que ansiaba Helen era un retoño como William.
Sin embargo, Lady Brennan no pareció impresionada por la respuesta de Helen.
– ¿Y no ve aquí en su lugar de nacimiento ninguna posibilidad para ello? -preguntó-. ¿Cree que no va a encontrar a ningún esposo que satisfaga sus pretensiones?
– No sé si mis pretensiones son demasiado grandes -contestó Helen con prudencia. De hecho tenía previsto plantear después algunas preguntas sobre los «miembros de buena reputación y posición acomodada» de la comunidad de Christchurch-. Pero mi dote es sin lugar a dudas reducida. No puedo ahorrar mucho, milady. Hasta ahora he tenido que ayudar a mis hermanos en sus estudios y no me queda nada. Y ya tengo veintisiete años. No me queda mucho tiempo para encontrar esposo.
– ¿Y sus hermanos ya no precisan de su ayuda? -quiso saber Lady Brennan. Era obvio que suponía que Helen quería zafarse de las obligaciones familiares emigrando. No estaba equivocada. Helen estaba sumamente harta de financiar a sus hermanos.
– A mis hermanos ya les falta poco para acabar los estudios -afirmó. No era mentira: si Simon volvía a suspender sería expulsado de la universidad y John no se hallaba en mejor situación-. Pero no veo ninguna posibilidad de que después me paguen ellos la dote. Ni un profesor de Derecho ni un médico asistente ganan mucho dinero.
Lady Brennan hizo un gesto afirmativo.
– ¿No echará luego en falta a su familia? -inquirió adusta.
– Mi familia estará compuesta por mi marido y, ¡Dios lo quiera!, por nuestros hijos -respondió con firmeza-. Quiero estar junto a mi esposo cuando construya su casa, en el extranjero. Allí no tendré tiempo de añorar mi antiguo hogar.
– Parece firmemente decidida -observó la mujer.
– Espero que Dios me guíe en mi camino -contestó Helen con humildad, inclinando la cabeza. Las preguntas sobre los hombres deberían esperar. ¡Lo principal era que ese dragón con puntillas negras la siguiera ayudando! Y si los caballeros de Christchurch eran examinados con tanto detalle como las mujeres de ahí, nada podría salir mal en realidad. Al menos Lady Brennan se mostraba ahora más abierta. Reveló incluso un poco sobre la comunidad de Christchurch:
– Una colonia floreciente, fundada por colonos selectos, elegidos por la Iglesia de Inglaterra. En breve, la ciudad será obispado. Se planea construir una catedral, así como una universidad. No echará nada en falta, hija mía. Incluso las calles llevan nombres de obispados ingleses.
– Y el río que recorre la ciudad se llama Avon, como la ciudad natal de Shakespeare -añadió Helen. Los últimos días había estado buscando todos los libros accesibles relacionados con Nueva Zelanda, lo que incluso había atraído la cólera de la señora Greenwood: William se había aburrido como una ostra en la Biblioteca de Londres cuando Helen explicó a los niños cómo desenvolverse en esa enorme institución. George debía de haber entendido que la razón para visitar la biblioteca sólo era un pretexto, pero no había traicionado a Helen y el día anterior incluso se había ofrecido para devolver en su tiempo libre los libros que Helen había tomado prestados.
– Exacto -convino satisfecha Lady Brennan-. Debe contemplar algún día el Avon en las tardes de verano, hija mía, cuando la gente está en la orilla y observa las regatas de remos. Uno se siente entonces como en la buena y vieja Inglaterra.
Tales explicaciones tranquilizaron a Helen. Aunque estaba firmemente decidida a emprender la aventura, ello no significaba que en ella bullera un auténtico espíritu de pionera. Deseaba una casa acogedora y urbana y un círculo de amistades cultivadas, algo más pequeño y menos lujoso que el hogar de los Greenwood, pero no obstante familiar. Tal vez el «hombre de posición acomodada» fuera un funcionario de la Corona o un pequeño comerciante. Helen estaba dispuesta a darle una oportunidad.
Pese a todo, cuando abandonó el despacho con la carta y la dirección de un tal Howard O’Keefe, agricultor de Haldon, Canterbury, Christchurch, se sentía un poco insegura. Nunca había vivido en el campo; sus experiencias se limitaban a unas vacaciones con los Greenwood en Cornwall. Habían visitado allí a una familia amiga y todo había trascurrido de forma sumamente civilizada. Sin embargo, en la casa de campo del señor Mortimer nadie había mencionado la palabra «granja» y el señor Mortimer tampoco se había calificado de «agricultor», sino…, gentlemanfarmer, recordó Helen por fin, tras lo cual se sintió mejor. En efecto, de este modo se había denominado a sí mismo el conocido de los Greenwood. Y lo mismo se ajustaría seguramente a Howard O’Keefe. Helen no podía en absoluto imaginarse a un sencillo granjero como un miembro bien situado de la mejor sociedad de Christchurch.
Helen habría preferido leer la carta a O’Keefe ahí mismo, pero se esforzó por apaciguarse. En ningún caso debía abrir el sobre ya en el vestíbulo del reverendo y en la calle se habría mojado. Así que llevó a casa la carta sin abrir y se limitó a alegrarse de la hermosa y clara caligrafía del sobre. ¡No, así no podía escribir un granjero sin educación! Helen meditó brevemente sobre si debía permitirse una calesa para volver a casa de los Greenwood, pero al final se dijo que ya no valía la pena. Iba a hacerse tarde y sólo tendría tiempo para desprenderse del sombrero y el abrigo antes de que se sirviera la cena. Con la preciosa carta en el bolsillo, llegó deprisa a la mesa e intentó evitar la mirada curiosa de George. ¡El muchacho no era tonto! Seguro que sospechaba dónde había pasado Helen la tarde. La señora Greenwood, por el contrario, seguro que no se figuraba nada, y no preguntó cuando Helen le informó de su visita al párroco.
– Ah, sí, yo también tengo que ver al reverendo la semana que viene -dijo la señora Greenwood distraída-. A propósito de las huérfanas para Christchurch. Nuestro comité ha seleccionado seis niñas, pero el reverendo cree que la mitad de ellas es demasiado joven para que las enviemos solas a hacer el viaje. No es que tenga nada contra el reverendo, ¡pero a veces es poco realista! No calcula simplemente lo que cuestan aquí las niñas, mientras que ahí podrían ganarse la vida…
Helen no hizo comentarios a la intervención de la señora Greenwood y tampoco el señor Greenwood parecía ese día estar de humor para peleas. Posiblemente disfrutaba del ambiente amable que reinaba en la mesa, atribuible con toda certeza al hecho de que William estaba muy cansado. Puesto que se habían suspendido las clases y el aya había pretextado otros menesteres, se había encomendado a la sirvienta más joven que jugara con él en el jardín. La dinámica jovencita lo había agotado jugando a pelota, pero al final había sido benévola, dejándole ganar. En esos momentos estaba, por lo tanto, tranquilo y contento.