En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
El lord habló sin rodeos. Durante la cena había hecho honores al vino y a continuación no había tardado en beberse el primer scotch. En esos momentos indicó ansioso a los otros hombres que tomaran asiento. Gerald se sentó satisfecho, Riddleworth todavía enojado. De mala gana tomó las cartas y las barajó con torpeza.
Gerald puso su copa a un lado. Debía mantenerse completamente despierto. Advirtió complacido que el achispado Lord Terence enseguida abría con una apuesta realmente alta. Gerald permitió de buen grado que ganara. Media hora más tarde descansaba una pequeña fortuna en monedas y billetes delante de Lord Terence y Jeffrey Riddleworth. El último había perdido algo la reticencia, aunque todavía no mostraba entusiasmo por el juego. Silkham se servía alegremente whisky.
– ¡No gaste usted el dinero de mis ovejas! -advirtió a Gerald-. Acaba de perder otra camada de perros.
Gerald Warden rio.
– Quien no arriesga, no gana -contestó, subiendo de nuevo la apuesta-. ¿Qué pasa, Riddleworth, continúa?
El coronel tampoco estaba sobrio, pero era desconfiado por naturaleza. Gerald Warden sabía que tarde o temprano tenía que desembarazarse de él, a ser posible sin perder demasiado dinero. Cuando Riddleworth apostó una vez más su ganancia sólo a una carta, Gerald cerró.
– ¡Blackjack, amigo mío! -casi se lamentó, mientras dejaba el segundo as sobre la mesa-. ¡A ver si se me acaba la mala racha! ¡Otra más! ¡Venga Riddleworth, recoja su dinero duplicado!
Riddleworth se levantó disgustado.
– No, yo lo dejo. Ya tendría que haberlo hecho antes. Ya se sabe: lo que el agua trae, el agua lo lleva. No pienso darle más cancha. Y tú también deberías dejarlo, padre. Así conservarás al menos un pequeño beneficio.
– Hablas como mi mujer -observó Silkham, y su voz ya sonaba vacilante-. ¿Y qué significa eso de pequeño beneficio? Antes no he continuado. ¡Todavía tengo todo mi dinero! ¡Y me acompaña la fortuna! Hoy es, desde luego, mi día de suerte, ¿no es así, Warden? ¡Hoy estoy realmente de suerte!
– Entonces te deseo que sigas disfrutando -respondió Riddleworth con tono agrio.
Gerald Warden respiró aliviado cuando salió de la habitación. Ahora tenía vía libre.
– ¡Entonces duplique sus ganancias, Silkham! -animó al lord-. ¿A cuánto ascienden ahora? ¿Quince mil en total? Maldita sea, ¡hasta ahora me ha birlado más de diez mil libras! Si duplica, obtendrá sin dificultad otra vez el precio de sus ovejas!
– Pero…, si pierdo, me quedaré sin nada -dijo pensativo el lord.
Gerald Warden se encogió de hombros.
– Es el riesgo. Pero podemos seguir con cantidades pequeñas. Mire, le doy una carta y yo cojo otra. Mira cuál es y yo destapo la mía…, y usted decide. Si no desea apostar, no pasa nada. ¡Pero yo también puedo negarme una vez haya visto mi carta! -Warden sonrió.
Silkham recibió la carta dubitativo. ¿Acaso no contravenía las reglas esta posibilidad? Un gentleman no debía buscar escapatorias ni temer el riesgo. Casi con disimulo, lanzó, sin embargo, una mirada a la carta.
¡Un diez! Exceptuando el as, no podía ser mejor.
Gerald, que era banca, destapó su carta. Una dama. Valía tres puntos. Un comienzo realmente menos prometedor. El neozelandés frunció el entrecejo y pareció dudar.
– Al parecer mi buena suerte brilla por su ausencia -suspiró-. ¿Cómo lo tiene usted? ¿Seguimos o lo dejamos?
De repente, Silkham estaba extremadamente ansioso por seguir jugando.
– ¡Pido otra carta! -declaró.
Gerald Warden miró su dama con resignación. Pareció luchar consigo mismo, pero repartió otra carta.
El ocho de picas. En total eran dieciocho puntos. ¿Sería suficiente? Silkham empezó a sudar. Pero si ahora cogía otra carta, corría el riesgo de pasarse. Farol. El lord intentaba mantener un rostro inexpresivo.
– Me planto -dijo conciso.
Gerald descubrió otra carta. Un ocho. Hasta el momento eran once puntos. El neozelandés volvió a coger las cartas.
Silkham esperaba con toda su alma que cogiera el as. Gerald se habría pasado entonces. Pero sus posibilidades tampoco eran malas. Sólo un ocho o un diez podían salvar al barón de la lana.
Gerald cogió carta: otra reina.
Expulsó aire con fuerza.
– Si ahora pudiera ser vidente… -suspiró-. Da igual, no puede usted tener menos de quince, no puedo imaginármelo. ¡Voy a arriesgarme!
Silkham tembló cuando Gerald cogió la última carta. El riesgo de pasarse era enorme. Pero cayó el cuatro de corazones.
– Diecinueve -contó Gerald-. Y me planto. ¡Las cartas sobre la mesa, milord!
Sikham descubrió resignado su mano. Un punto por debajo. ¡Había estado tan cerca!
Gerald Warden pareció opinar lo mismo.
– ¡Por un pelo, milord, por un pelo! Esto clama por una revancha. Sé que estoy loco, pero no podemos dejar esto así. ¡Otra partida más!
Silkham sacudió la cabeza.
– No tengo más dinero. No eran sólo las ganancias, sino toda la apuesta. Si sigo perdiendo, me meteré en un serio problema. No se hable más, lo dejo.
– ¡Pero se lo ruego, milord! -Gerald barajó las cartas-. ¡Cuanto mayor es el riesgo, más divertido es el juego!, y la apuesta…, espere, ¡juguemos con las ovejas! ¡Sí, las ovejas que me quiere vender! Incluso si va mal, no pierde nada. Pues si yo ahora no me hubiera recuperado para comprar las ovejas tampoco habría tenido usted el dinero. -Gerald Warden mostró una sonrisa triunfal y dejó que las cartas se deslizaran con agilidad por sus manos.
Lord Silkham vació su vaso y se dispuso a levantarse. Se tambaleó un poco, pero las palabras todavía surgieron nítidas de sus labios:
– ¡Podría sucederle, Warden! ¿Veinte de las mejores ovejas de cría de esta isla por unos pocos trucos de cartas? No, lo dejo. Ya he perdido demasiado. Entre ustedes, en tierras salvajes, estos juegos tal vez sean muy corrientes, pero aquí mantenemos la cabeza fría.
Gerald Warden alzó la botella de whisky y se sirvió de nuevo.
– Lo tenía por más valiente -se lamentó-. O mejor dicho, por más emprendedor. Pero tal vez eso sea típico de nosotros los kiwis: en Nueva Zelanda sólo vale el hombre que se atreve a algo.
Lord Silkham frunció el entrecejo.
– A los Silkham no les puede reprochar cobardía. Siempre hemos luchado valientemente, hemos servido a la Corona y… -Era evidente que al lord le costaba mantenerse en pie al mismo tiempo que encontrar las palabras adecuadas. Se dejó caer de nuevo en su butaca. Sin embargo, todavía no estaba borracho. Por el momento aún podía plantarle cara a ese buscavidas.
Gerald Warden rio.
– También nosotros servimos a la Corona en Nueva Zelanda. La colonia se está convirtiendo en un factor económico de importancia. A la larga, devolveremos a Inglaterra todo lo que la Corona ha invertido en nosotros. En eso, la reina es más valiente que usted, milord. Juega su juego y gana. ¡Vamos, Silkham! ¡No irá a dejarlo ahora! ¡Un par de cartas buenas y duplica el precio de las ovejas!
Con estas palabras, arrojó a la mesa dos cartas boca abajo delante de Silkham. Ni el mismo lord supo por qué las cogió. El riesgo era demasiado grande, pero el beneficio tentador. Si realmente ganaba, la dote de Gwyneira no sólo estaría garantizada, sino que sería lo suficientemente elevada para satisfacer a las mejores familias de la región. Mientras tomaba las cartas con lentitud, vio a su hija en el papel de baronesa…, quién sabe, tal vez incluso de dama de la corte de la reina.
Un diez. Buena carta. Si la otra sólo…, el corazón de Silkham latía con fuerza cuando después del diez de diamantes, destapó el diez de picas… Veinte puntos. Imbatible.