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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Señor Warden, mi hija Diana, Lady Riddleworth. -Lady Silkham decidió al final limitarse a obviar el asunto. Aunque el hombre no tenía buenos modales en sociedad, había prometido a su marido el pago de una pequeña fortuna por un rebaño de ovejas y una camada de perros jóvenes. Esto aseguraría la dote de Gwyneira y daría mano libre a Lady Silkham para casar pronto a la muchacha antes de que se divulgara entre los clientes que tenía una lengua muy suelta.

Diana saludó ceremoniosamente al visitante de ultramar. En la mesa le habían asignado el puesto junto a Gerald Warden, lo que él pronto lamentó. La cena con los Riddleworth fue más que aburrida. Mientras Gerald daba pequeñas entradas y fingía escuchar con atención las explicaciones de Diana sobre el cultivo de rosas y las exposiciones de jardines, seguía observando a Gwyneira. Salvo por su forma de hablar sin tapujos, su comportamiento era impecable. Sabía cómo comportarse en sociedad y conversaba educadamente, aunque era obvio que se aburría con Jeffey, su compañero de mesa. Respondió con sinceridad a las preguntas de su hermana sobre sus progresos en conversación en francés y el estado de la estimada Madame Fabian. Esta última lamentaba profundamente no asistir a la cena por motivos de salud. En caso contrario hubiera tenido el placer de conversar con su anterior y favorita alumna Diana.

Fue al servir el postre cuando Lord Riddleworth volvió a la pregunta anterior. Era evidente que entretanto la conversación en la mesa también lo estaba enervando a él. Diana y su madre habían procedido durante ese tiempo a intercambiarse información sobre conocidos comunes que encontraban «atractivos» y a cuyos «bien educados» hijos tomaban en consideración, a ojos vistas, para una unión con Gwyneira.

– Todavía no nos ha contado cómo fue a parar a ultramar, señor Warden. ¿Fue por encargo de la Corona? ¿Tal vez en el séquito del fabuloso capitán Hobson?

Gerald Warden negó con la cabeza mientras reía y permitió que el sirviente volviera a llenarle la copa de vino. Hasta el momento había sido contenido con ese excelente vino. Se ofrecería después suficiente cantidad del espléndido scotch de Lord Silkham y, por poco que asomara la oportunidad de ejecutar sus planes, necesitaba tener la cabeza despejada. Una copa vacía atraería, por otra parte, la atención. Así que dio su conformidad al sirviente, pero luego tomó su vaso de agua.

– Viajé allí veinte años antes que Hobson -dio como respuesta-. En una época en que todavía la isla era más salvaje que ahora. Especialmente en las estaciones de pesca de la ballena y de caza de focas…

– ¡Pero usted es criador de ovejas! -intervino Gwyneira con entusiasmo. ¡Por fin un tema interesante!-. ¿De verdad ha pescado ballenas?

Gerald rio furibundo.

– Que si participé en la captura de ballenas…, milady. Durante tres años embarqué en el Molly Malone…

No quería explicar nada más al respecto, pero ahora Lord Silkham frunció el entrecejo.

– Ah, no me venga con éstas, Warden. ¡Sabe demasiado de ovejas para que yo dé crédito a esas historias de bandidos! ¡Eso no lo habrá aprendido en un buque ballenero!

– Claro que no -respondió Gerald impasible. El halago lo dejó indiferente-. De hecho procedo de los Yorkshire Dales, y mi padre era pastor…

– ¡Pero fue en pos de la aventura! -Era Gwyneira. Le brillaban los ojos de emoción-. Dejó la noche y la niebla y abandonó su país y…

Una vez más, Gerald Warden se sintió a un mismo tiempo divertido y cautivado. Sin duda alguna ésta era la muchacha adecuada, incluso si era consentida y sus imaginaciones eran totalmente falsas.

– Antes de nada fui el décimo de once hijos -la corrigió-. Y no quería pasar mi vida cuidando de las ovejas de otras personas. Con trece años, mi padre quería que me pusiera a trabajar a sueldo. Sin embargo, en lugar de eso, me enrolé como grumete. He visto la mitad del mundo. Las costas de África, América, el Cabo…, navegamos hasta el mar del Norte. Y finalmente hacia Nueva Zelanda. Y es lo que más me gustó. Ni tigres ni serpientes… -Guiñó el ojo a Lord Riddleworth-. Un país en gran parte todavía sin explorar y un clima como el de mi hogar. A fin de cuentas uno busca sus raíces.

– ¿Y luego pescó ballenas y cazó focas? -preguntó la joven una vez más, incrédula-. ¿No empezó enseguida con las ovejas?

– Las ovejas no se obtienen de la nada, señorita -respondió riendo Gerald Warden-. Como he experimentado de nuevo hoy mismo. ¡Para adquirir las ovejas de su padre uno tiene que haber matado a más de una ballena! Y pese a que la tierra era barata, los jefes de tribu maoríes tampoco la regalaban…

– ¿Los maoríes son los nativos? -preguntó curiosa Gwyneira.

Gerald Warden hizo un gesto afirmativo.

– El nombre significa «cazador de moa». Los moas eran unas aves enormes, pero los cazadores eran por lo visto demasiado diligentes. En cualquier caso, esos animales se han extinguido. Los inmigrantes nos llamamos, dicho sea de paso, «kiwis». El kiwi también es un ave. Un animal curioso, cargante y muy vivaz. El kiwi no puede pasar inadvertido. En Nueva Zelanda está por todas partes. Pero no me pregunte ahora a quién se le ocurrió la idea de denominarnos precisamente kiwis.

Una parte de los comensales se echó a reír, sobre todo Lord Silkham y Gwyneira. Lady Silkham y los Riddleworth estaban más bien indignados de compartir mesa con un antiguo pastor y ballenero por mucho que se hubiera convertido, con el tiempo, en un barón de la lana.

Lady Silkham no tardó en levantarse de la mesa y se retiró con sus hijas al salón, con lo que Gwyneira se separó de mala gana del círculo de caballeros. Por fin la conversación había virado hacia un tema más interesante que la monótona sociedad y las increíblemente aburridas rosas de Diana. Anhelaba ahora retirarse a sus estancias, donde le esperaba la mitad todavía sin leer de En manos del piel roja. Los indios acababan de secuestrar a la hija de un oficial de la caballería. Ante Gwyneira todavía quedaban al menos dos tazas de té en compañía de sus parientes femeninas. Suspirando, se abandonó a su destino.

En la sala de caballeros, Lord Terence había ofrecido puros. Gerald Warden también dio en esa ocasión probadas muestras de su conocimiento al escoger la mejor clase de habanos. Lord Riddlerworth tomó uno de la caja al azar. A continuación pasaron una tediosa media hora discutiendo acerca de las decisiones que había tomado la reina en relación a la agricultura británica. Tanto Silkham como Riddleworth lamentaban que la reina se decantara por la industrialización y el comercio exterior en lugar de fortalecer la economía tradicional. Gerald Warden se manifestó sólo con vaguedad al respecto. En primer lugar no tenía muchos conocimientos y en segundo, le resultaba bastante indiferente. El neozelandés volvió a animarse cuando Riddleworth lanzó una mirada triste al ajedrez, que esperaba preparado en una mesa auxiliar.

– Lástima que hoy no podamos volver a nuestra partida, pero es obvio que no queremos aburrir a nuestro invitado -observó el lord.

Gerald Warden entendió los matices. Si él fuera un auténtico caballero, intentaba comunicarle Riddleworth, se retiraría a sus aposentos en ese momento alegando algún pretexto. Pero Gerald no era un gentleman. Ya había representado suficiente tiempo ese papel; así que pausadamente debían ir al asunto.

– ¿Por qué no nos aventuramos en lugar de eso a un pequeño juego de cartas? -sugirió con una sonrisa ingenua-. Seguro que también se juega al blackjack en los salones de las colonias ¿no es así, Riddleworth? ¿O prefiere usted otro juego? ¿Póquer?

Riddleworth lo miró horrorizado.

– ¡Se lo ruego! Blackjack…, póquer…, eso se juega en los tabernuchos de las ciudades portuarias, pero no entre caballeros.

– Bien, a mí no me importaría jugar una partida -respondió Silkham. No parecía ponerse del lado de Warden por cortesía; sino que, de hecho, miraba con apetencia hacia la mesa de cartas-. Solía jugar con frecuencia durante mi período militar, pero aquí no se encuentra ningún círculo social en el que no se hable de forma profesional sobre ovejas y caballos. ¡En pie, Jeffrey! Puedes ser el primero en repartir. Y no seas tacaño. Sé que tienes un salario generoso. ¡A ver si recupero algo de la dote de Diana!

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