En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Miró a Gerald con aire triunfal.
Gerald Warden levantó la primera carta del montón. As de picas. Silkham gimió. Pero eso no significaba nada. La próxima carta podía ser un dos o un tres y entonces había grandes posibilidades de que Warden se pasara.
– Todavía puede abandonar -dijo Gerald.
Silkham rio.
– Oh, no, amigo mío, no es así como hemos apostado. ¡Haga ahora su juego! ¡Un Silkham cumple con su palabra!
Gerald tomó con parsimonia otra carta.
De repente Silkham deseó haber barajado él mismo. Por otra parte…, había estado observando a Gerald mientras lo hacía y no había ocurrido nada erróneo. Pasara lo que pasase en ese momento no podía reprochar a Warden que lo hubiera engañado.
Gerald Warden destapó la carta.
– Lo siento, milord.
Silkham contempló como hipnotizado el diez de corazones que yacía frente a él sobre la mesa. El as contaba por once, el diez completaba el veintiuno.
– Entonces sólo me queda darle la enhorabuena -dijo el lord ceremoniosamente. En su vaso todavía había whisky y lo terminó de un trago. Cuando Gerald iba a servirle de nuevo, puso la mano sobre el vaso.
»Ya he tomado demasiado, gracias. Es hora de que deje… de beber y de jugar antes de que mi hija pierda toda la dote y también mi hijo se quede sin nada. -La voz de Silkham sonó velada. Intentó levantarse de nuevo.
– Me lo imaginaba… -observó Gerald en un tono distendido y se llenó al menos su vaso-. La muchacha es la más joven, ¿no es cierto?
Silkham asintió con amargura.
– Sí. Y antes ya he casado a otras dos hijas mayores. ¿Tiene idea de lo que cuesta eso? Esta última boda me arruinará. Sobre todo ahora que he perdido la mitad de mi capital.
El lord quería marcharse, pero Gerald sacudió la cabeza y levantó la botella de whisky. La tentación dorada cayó pausadamente en el vaso de Silkham.
– No, milord -dijo Gerald-, no podemos dejar esto así. No era mi intención arruinarlo o dejar sin dote a la pequeña Gwyneira. Arriesguémonos con una última partida. Pongo en juego otra vez las ovejas. Si usted gana esta vez, todo quedará como estaba.
Silkham rio sarcástico.
– ¿Y qué me apuesto yo? ¿El resto de mis ovejas? ¡Olvídese!
– Y… ¿Qué tal la mano de su hija?
Gerald Warden habló serena y tranquilamente, pero Silkham se sobresaltó como si Warden lo hubiera abofeteado.
– ¡Se ha vuelto usted loco! ¿No puede pedir en serio la mano de Gwyneira? Esa muchacha podría ser su hija.
– Justo eso es lo que desearía de todo corazón. -Gerald intentó poner tanta franqueza y calidez en su voz y en su mirada como le era posible-. Mi petición no es, claro está, para mí, sino para mi hijo Lucas. Tiene veintidós años, es mi único heredero, bien educado, de buena apariencia y diestro. Puedo imaginarme a Gwyneira perfectamente a su lado.
– ¡Pero yo no! -replicó Silkham con rudeza, tropezó y buscó apoyo en su butaca-. Gwyneira pertenece a la alta nobleza. ¡Podría casarse con un barón!
Gerald Warden rio.
– ¿Casi sin dote? Y no se engañe usted, he visto a la muchacha. No es exactamente aquello por lo que la madre de un baronet perdería la cabeza.
Lord Silkham montó en cólera.
– ¡Gwyneira es una belleza!
– Cierto -lo tranquilizó Gerald-. Y no me cabe duda de que es el honor de toda cacería del zorro. ¿Pero se desenvolvería tan bien en un palacio? Es una joven indómita, milord. Le costará el doble de dinero casar a esta muchacha.
– ¡Se lo exijo! -protestó Silkham.
– Se lo exijo yo a usted. -Gerald Warden levantó las cartas-. Vamos, esta vez baraja usted.
Silkham cogió su vaso. Los pensamientos bullían en su mente. Todo esto iba en contra de las buenas costumbres. No podía apostarse a su hija jugando a cartas. Ese Warden había perdido el juicio. Por otra parte…, tal trato no podía ser válido. Las deudas del juego eran deudas de honor, pero la joven no era una apuesta admisible. Si Gwyneira decía que no, nadie podía forzarla a subirse en un barco rumbo a ultramar. Y no había que llegar tan lejos. Esta vez ganaría. Su suerte tenía que cambiar de una vez.
Silkham barajó las cartas, no concienzudamente como antes, sino con rapidez, como con prisa, como si quisiera dejar a sus espaldas ese juego degradante.
Lanzó una carta a Gerald casi con rabia. Agarró el resto de la baraja entre sus temblorosas manos.
El neozelandés destapó su mano sin mostrar emoción. As de corazones.
– Esto es… -Silkham no dijo más. En lugar de eso se sirvió. Diez de picas. No estaba mal. El lord intentó repartir con tranquilidad, pero la mano le temblaba tanto que la carta cayó a la mesa delante de Gerald antes de que el neozelandés pudiera cogerla.
De momento, Gerald Warden ni siquiera intentó tapar la carta. Impasible colocó la sota de corazones junto al as.
– Blackjack -anunció serenamente-. ¿Cumplirá usted su palabra, milord?
3
Helen sentía algo más que un ligero latir en el corazón cuando se presentó en el despacho del párroco de la comunidad de St. Clement. Sin embargo, no era la primera vez que estaba ahí, y de hecho solía sentirse muy a gusto en ese lugar que tanto se parecía al despacho de su padre. El reverendo Thorne era, además, un viejo amigo del fallecido reverendo Davenport. Un año antes le había proporcionado a Helen el empleo en el hogar de los Greenwood e incluso había albergado en su casa familiar a los hermanos de ésta algunas semanas antes de que, primero Simon y luego John, encontraran una habitación en la asociación de estudiantes. Los jóvenes se habían mudado encantados, pero Helen no se había mostrado muy entusiasmada con ello. Mientras que Thorne y su esposa no sólo alojaban a sus hermanos sin cobrarles, sino que también los vigilaban un poco, el alojamiento en la asociación costaba dinero y facilitaba a los estudiantes cierta diversión no necesariamente provechosa para su progreso en los estudios.
Helen se había quejado con frecuencia de ello al reverendo. La joven pasaba casi todas sus tardes libres en casa de los Thorne.
Pero en la visita de ese día no esperaba sosegarse mientras tomaba el té con el clérigo y su familia ni que de su despacho surgiera el alegre y sonoro «Entra con Dios» con el que el reverendo solía dar la bienvenida a sus feligreses. Una vez que Helen por fin hubo hecho de tripas corazón y golpeó la puerta, desde el despachó sonó, en cambio, una voz femenina acostumbrada al mando. En las dependencias del reverendo se encontraba esa tarde Lady Juliana Brennan, esposa de un segundo teniente retirado del equipo de William Hobson, antes miembro fundador de la comunidad anglicana de Christchurch y desde hacía poco un nuevo pilar de la sociedad londinense. La dama había respondido al escrito de Helen y acordado con ella esa cita en el despacho de la comunidad. Quería a toda costa examinar ella primero a las mujeres «respetables, versadas en las tareas domésticas y la educación infantil» que se habían presentado a su anuncio antes de allanarles el camino hacia los «miembros de buena reputación y de posición acomodada» de la colonia de Christchurch. Por fortuna era tolerante en el examen. Helen sólo disponía de una tarde libre cada dos semanas y de mala gana habría pedido permiso para una ausencia extra a la señora Greenwood. Lady Brennan, sin embargo, enseguida estuvo de acuerdo, cuando Helen le propuso la tarde del viernes para ese encuentro.
Llamó en ese momento a la joven y observó con satisfacción que Helen, ya al entrar, se inclinaba respetuosamente.
– Deje esas cosas, jovencita, no soy la reina -señaló, sin embargo, con frialdad, haciendo enrojecer a Helen.
Y aun así, ésta se percató de las similitudes entre la severa reina Victoria y la también regordeta y vestida de negro Lady Brennan. Ambas parecían sonreír sólo en situaciones excepcionales y tomarse la vida en general como un fardo divino, sobre todo, en la que era evidente que se había de sufrir. Helen se esforzó por manifestarse igual de rígida e inexpresiva. Había comprobado ya en el espejo si, durante el trayecto por las calles londinenses, a merced del viento y la lluvia, se había desprendido aunque fuera una diminuta mecha de su cabello recogido en un moño. De todos modos, la mayor parte del severo peinado estaba cubierta por un sombrero modesto, azul oscuro, que apenas la había protegido de la lluvia y en esos momentos estaba empapado. Al menos había podido dejar el abrigo, igualmente mojado, en el vestíbulo. Llevaba debajo una falda de paño azul y una blusa clara y almidonada con esmero. Helen quería a toda costa causar una buena, y en la media de lo posible distinguida, impresión. Lady Brennan no debía tomarla en ningún caso por una frívola aventurera.