Caricias de fuego
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:
– He visto a unas cuantas personas que venden cachorros, pero ha tardado tanto en llegar que es posible que ya no quede ninguno. Por cierto, me extraña no haberlo visto antes; no he notado que estuviera hablando con ninguno de los comerciantes.
– Yo tampoco lo he visto a usted -replicó Simon con naturalidad-. Ni he visto que vendan perros… ¿dónde están?
Baxter señaló un punto por encima del hombro de Simon.
– Allí. Se lo enseñaré.
Baxter consiguió que ese «se lo enseñaré» sonara como «voy a destrozarle los huesos y a arrojarlo al Támesis». Pero la señora Ralston intervino antes de que Simon pudiera responder.
– Yo enseñaré los cachorros al señor Cooper, Baxter.
El mayordomo abrió la boca para protestar. Ella se dio cuenta y solucionó el problema con una excusa.
– La señorita Mary Winslow viene hacia aquí… Tengo la impresión de que necesita un acompañante.
Baxter giró el cuello tan deprisa que Simon creyó oír un crujido. Se volvió para mirar y vio a una joven de cabello rojo oscuro y ojos marrones.
– Buenos días, Baxter… -dijo la joven, sonriendo.
Para sorpresa de Simon, Baxter se ruborizó.
– Buenos días, señorita Winslow…
– Un día precioso, ¿verdad, señora Ralston?
– Ciertamente -respondió con un poco de humor-. ¿Ha tenido ocasión de conocer al señor Cooper? Va a alojarse en la casa del doctor Oliver durante dos semanas.
Simon inclinó la cabeza y se alegró de que Genevieve le hubiera ahorrado las presentaciones. Estaba tan asombrado con la reacción de Baxter al ver a la joven, que podría haberse olvidado de que en Little Longstone era Simon Cooper, no Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn.
– Encantado de conocerla, señorita Winslow.
– Igualmente, señor Cooper. Bienvenido a Little Longstone. Últimamente recibimos muchas visitas… primero ese artista, el señor Blackwell, y ahora usted. Espero que disfrute de su estancia en nuestro pueblo.
– No lo dudo en absoluto.
La señorita Winslow dirigió su atención a Baxter. El mayordomo permanecía tan rígido y clavado en el sitio que Simon tuvo que morderse las mejillas por dentro para no reír.
– Puede que a la señorita le apetezca un pastel, Baxter -sugirió Genevieve.
– Oh, sí, me encantaría…
Baxter tragó saliva.
– Yo… sí, claro, un pastel. Perfecto…
Baxter reaccionó al fin, lanzó a Simon otra mirada fulminante y se dirigió a Genevieve.
– Estaré cerca, por si me necesita.
Cuando la pareja ya se había marchado, Simon dijo:
– Baxter parece una mole de granito por fuera, pero por dentro…
– Es blando como unas gachas, lo sé. Pero no se le ocurra comentarlo delante de él…
– Su secreto está a salvo conmigo. Aunque es la primera vez que veo a un hombre tan ruborizado y tan pálido al mismo tiempo -bromeó.
La señora Ralston soltó una carcajada.
– Sí, es verdad.
– Parece que Cupido le ha acertado con toda una aljaba de flechas.
– Sin duda. Conozco a Baxter desde siempre y nunca lo había visto tan fuera de lugar -declaró, sonriente-. Pero en fin, puede que usted se reblandezca tanto como él cuando vea los cachorritos que venden en la feria.
Simon la miró a los ojos y su corazón se aceleró al instante. Si pretendía seducirla, tendría que andarse con cuidado. Los encantos de aquella mujer eran demasiado intensos; corría el riesgo de convertirse en otra de sus víctimas.
– Quién sabe. ¿Qué le parece si vamos a verlo?
Capítulo Seis
Una hora más tarde, Genevieve y el señor Cooper paseaban tranquilamente entre la multitud. Él llevaba una perrita entre los brazos, una criatura minúscula y de ojos brillantes cuya lengua rosa parecía empeñada en lamerlo todo.
– Lo suyo ha sido el enamoramiento más rápido que he visto en mi vida -comentó.
Él sonrió y Genevieve pensó que su sonrisa era deslumbrante.
– Bueno, es que me ha demostrado tanto afecto que me ha conquistado a primera vista…
Genevieve arqueó una ceja.
– Sí, pero ha sido usted quien se ha enamorado de ella. Ha caído a sus patas como un ladrillo lanzado a las aguas del Támesis.
– Es evidente que siento debilidad por las bellezas rubias -murmuró, mirando Genevieve mientras acariciaba a su mascota.
Genevieve tomó aire e intentó mantener la calma. Las sensaciones que aquel hombre despertaba en ella amenazaban con florecer en cualquier momento. Bastaba una mirada suya, un roce de su hombro o un par de palabras para que sintiera un calor en la parte inferior del vientre que sólo tenía un nombre: deseo.
Intentó hacer caso omiso, pero fracasó estrepitosamente. Aunque su sentido común le decía que aquello era absurdo e indecoroso, no podía hacer nada por evitarlo.
Por fin, carraspeó y dijo:
– También siente debilidad por los perros bravucones. Seguro que se ha fijado en que era el animal más travieso de toda la carnada.
– Sí, me he dado cuenta. Me gustan así.
Genevieve sintió otra oleada de calor.
– Tal vez debería llamarla así. Traviesa.
– Es un nombre mucho más bonito que el que le habían puesto… Seguro que no te gustaba que te llamaran Narcisa, ¿verdad, pequeña?
La perrita ladró como si estuviera de acuerdo y le lamió la mano.
– No, claro que no te gustaba -añadió.
Él la apretó contra su pecho y la perrita se quedó muy quieta durante un segundo; pero después, alzó la cabeza y le lamió la cara.
Genevieve rió.
– Parece decidida a besarlo…
– Menos mal que me encanta que me besen.
Genevieve se estremeció otra vez, pero reaccionó enseguida.
– Quizá debería llamarla Besucona.
– Quizá. A fin de cuentas, hay pocas cosas más interesantes que un beso bien dado -declaró-. No obstante, y en agradecimiento a la ayuda que usted me ha prestado, creo que le pondré su nombre.
– ¿Va a llamar Genevieve a una perra?
– No, no. Genevieve es un nombre precioso, pero ya está ocupado. Voy a llamarla… Belleza -respondió.
Genevieve parpadeó, encantada por el halago y tan emocionada que se maldijo por ceder tan fácilmente a sus galanteos.
El señor Cooper había logrado que volviera a desear a un hombre, pero también había conseguido que se sintiera atractiva y deseable. Tras la marcha de Richard, Genevieve había hecho todo lo que estaba en su mano por contener sus necesidades físicas y olvidar el amor; ahora, Simon Cooper la arrastraba hacia él tan deprisa que sentía vértigo.
Intentó recordarse que apenas se conocían y que no debía confiar en él. No había olvidado que uno de los libros que había tomado prestados de la biblioteca era nada más y nada menos que su guía para damas. Tal vez fuera una coincidencia, un detalle sin importancia; pero cabía la posibilidad de que no estuviera en Little Longstone de vacaciones, sino para encontrar a Charles Brightmore.
Fuera como fuera, tenía que descubrir la verdad. Si quería coquetear con ella, le seguiría el juego. Era una forma excelente de descubrir sus verdaderos motivos.
– Belleza es un nombre precioso -dijo-, pero creo que Diablesa sería más oportuno.
– Es posible, pero me gustan los desafíos.
Genevieve lo miró con intensidad.
– ¿Por eso se llevó una copia de la Guía para damas? ¿Porque pensó que la lectura de un libro de tales características sería un desafío para usted?
Genevieve observó su reacción con detenimiento, esperando encontrar alguna señal de culpabilidad, pero sólo encontró un fondo leve de vergüenza en su expresión.
Y acto seguido, le dedicó una de esas sonrisas que la desarmaban.
– Supongo que la elección le habrá resultado chocante. El título del libro me pareció tan interesante que no pude resistirme.