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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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A Anthony le resultaba toda la situación un poco absurda. Al fin y al cabo, ¿quién había oído alguna vez que una muchacha precisara la aprobación de su hermana para su futuro marido? Un padre, sí, un hermano, o incluso una madre… pero ¿una hermana? Era inconcebible. Y aún más, resultaba peculiar que Edwina buscara consejo en Katharine cuando estaba claro que la propia Katharine no sabía a qué atenerse en asuntos relacionados con la ton.

Pero Anthony no tenía especial interés en buscar otra candidata adecuada a la que cortejar, de modo que decidió convenientemente que aquello sólo quería decir que la familia era importante para Edwina. Y puesto que la familia era lo más importante para él, esto era un indicio más de que sería una opción excelente como esposa.

De modo que daba la impresión de que lo único que tendría que hacer sería cautivar a la hermana. ¿Y cómo iba a ser eso algo difícil?

– No tendrás problemas en conquistarla -predijo Colin con una sonrisa de seguridad iluminando su rostro-. Ningún problema en absoluto. ¿Una solterona tímida y anticuada? Es probable que nunca haya recibido las atenciones de un hombre como tú. Nunca sabrá qué le habrá sucedido.

– No quiero que se enamore de mí -replicó Anthony-. Sólo quiero que me recomiende a su hermana.

– No puedes fallar -continué Colin-. Así de sencillo: no puedes fallar. Confía en mí, he pasado unos minutos conversando con ella antes esta misma noche y no podía hablar mejor de ti.

– Bien. -Anthony se incorporé de la pared y lanzó una ojeada con aire decidido-. Y bien, ¿dónde está? Necesito que nos presentes.

Colin inspeccionó la sala durante un minuto más o menos y luego dijo:

– Ah, ahí está. Mira, viene en esta dirección. Qué coincidencia tan maravillosa.

Anthony había llegado a la conclusión hacía tiempo de que nada que se acercara a cinco metros de su hermano era una coincidencia, pero siguió de todos modos su mirada.

– ¿Cuál de ellas es?

– La de verde -contestó Colin haciendo una indicación en su dirección con un movimiento de barbilla apenas perceptible.

No era en absoluto lo que había esperado, se percató Anthony mientras la observaba andar con mucho cuidado entre la multitud. En realidad no era una amazona solterona; sólo si se la comparaba con Edwina, quien apenas pasaba el metro cincuenta, parecía demasiado alta. En sí, la señorita Katharine Sheffield tenía un aspecto de veras agradable, con espeso cabello marrón castaño y ojos oscuros. Tenía el cutis claro, labios rosados y se comportaba con un aire de seguridad que él no pudo evitar encontrar atractivo.

Era cierto que nunca se la podría considerar un diamante del más alto grado de pureza, como su hermana, pero Anthony no entendía qué no era capaz de encontrar un marido para ella. Tal vez cuando él se casara con Edwina pudiera proporcionar una dote para la hermana. Parecía lo menos que un hombre podía hacer.

A su lado, Colin se adelantó un poco para abrirse camino entre la multitud.

– ¡Señorita Sheffield! ¡Señorita Sheffield!

Anthony no quiso quedarse detrás de Colin y se preparó mentalmente para encandilar a la hermana mayor de Edwina. Una solterona no valorada como era debido, eso era. La tendría comiéndole de la mano en un visto y no visto.

– Señorita Sheffield -estaba diciendo Colin-, qué placer volver a verla.

Ella se mostró un poco perpleja, pero Anthony no la culpó. Colin hacía que sonara como si se hubieran topado el uno con el otro por accidente, cuando todos sabían que al menos había atropellado a media docena de personas para llegar a su lado.

– Y es encantador volver a verle también a usted, señor -respondió con ironía-. Y de un modo tan inesperadamente rápido después de nuestro último encuentro.

Anthony sonrió para sus adentros. Tenía un ingenio más agudo de lo que le habían incitado a pensar.

Colin puso una mueca encantadora, y entonces Anthony tuvo la impresión clara y turbadora de que su hermano andaba detrás de algo.

– No puedo explicar por qué -dijo Colin a la señorita Sheffield-, pero de pronto me parece imperioso presentarle a mi hermano.

Kate volvió de forma abrupta la vista a la derecha de Colin y se enderezó cuando su mirada recayó sobre Anthony. Más bien dio la impresión de que acabara de tomarse una medicamento desagradable.

Anthony pensó que aquello era extraño.

– Qué amable de su parte -murmuré la señorita Sheffield… entre dientes.

– Señorita Sheffield -continuó alegre Colin, mientras hacía una indicación a Anthony-, mi hermano Anthony, vizconde de Bridgerton. Anthony, la señorita Katharine Sheffield. Creo que ya has conocido a su hermana antes esta noche.

– Desde luego -dijo Anthony, consciente para entonces de un abrumador deseo, no necesidad, de estrangular a su hermano.

La señorita Sheffield hizo una rápida y torpe inclinación.

– Lord Bridgerton -dijo- es un honor conocerle.

Colin profirió un sonido demasiado parecido a un resoplido. O tal vez una risa. O tal vez ambas cosas.

Y entonces Anthony lo supo de repente. Una sola mirada al rostro de su hermano debería habérselo revelado. No se trataba de una solterona tímida, retraída, no valorada como era debido. Fuera lo que fuera que le hubiera dicho ella a Colin aquella misma noche, no incluía ningún cumplido para con Anthony.

El fratricidio era legal en Inglaterra, ¿o no? Si no lo era, pronto debería serlo, qué carajo.

Anthony comprendió con retraso que la señorita Sheffield le había tendido la mano, como era lo educado. La tomó y rozó con un leve beso sus nudillos enguantados.

– Señorita Sheffield -murmuré sin pensar-, es tan encantadora como su hermana.

Si hasta antes había parecido estar incómoda, su actitud entonces se volvió abiertamente hostil. Y Anthony se dio cuenta con una bofetada mental que había dicho exactamente lo incorrecto. Por supuesto que no debería haberla comparado con su hermana. Era el cumplido que ella jamás creería.

– Y usted, lord Bridgerton -respondió en un tono que podría haber helado el champán- es casi tan apuesto como su hermano.

Colin volvió a soltar un resoplido, sólo que esta vez sonaba como si le estuvieran estrangulando.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó la señorita Sheffield.

– Está bien -ladró Anthony.

Ella no le hizo caso y mantuvo la atención en Colin.

– ¿Está seguro?

Colin asintió con furia.

– Un cosquilleo en la garganta.

– ¿O tal vez la conciencia intranquila? -sugirió Anthony.

Colin dio la espalda de forma deliberada a su hermano y se volvió a Kate.

– Creo que necesito otro vaso de limonada -dijo con voz entrecortada.

– O tal vez -continuó Anthony- algo más fuerte. ¿Cicuta, tal vez?

La señorita Sheffield se cubrió con la mano la boca, presumiblemente para reprimir un acceso de risa horrorizada.

– La limonada servirá -contestó Colin con docilidad.

– ¿Quiere que le vaya a buscar un vaso? -preguntó Kate. Anthony advirtió que ya había dado un paso, como si fuera la excusa para salir huyendo.

Colin negó con la cabeza.

– No, no, puedo ir yo sin problemas. Pero creo que he reservado este siguiente baile con usted, señorita Sheffield.

– No le exigiré que lo cumpla -dijo con un ademán.

– Oh, pero no podría soportar dejarla aquí sola -repuso él.

Anthony podía ver que a la señorita Sheffield le preocupaba cada vez más el brillo malicioso en los ojos de Colin. Encontró un placer poco caritativo en esto. Anthony sabía que su reacción era un pelín desproporcionada, pero algo en esta señorita Katharine Sheffield encendía su ánimo al tiempo que le provocaba unas ganas terribles de presentarle batalla.

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