La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Aisha no escuchó más. ¡No se lo digas! ¡Lo matará! La súplica de Fátima revivió en su recuerdo. Además… ¡sólo le quedaba Hernando! Le habían vuelto a robar a otro hijo. No tenía más que aquel sonriente niño de ojos azules que buscaba su cariño en Juviles, al amparo de la noche, ocultos a las miradas. ¿Qué iba a ser ahora de sus vidas? ¡No estaba dispuesta a poner en peligro la vida del único hijo que le quedaba! La propia Fátima se lo había rogado con la mirada. Durante la noche, en la venta, había escuchado los comentarios de los hombres del marqués acerca de Brahim. Todos sabían por qué estaban allí. Por ellos supo que se había convertido en uno de los más importantes corsarios de Tetuán; que vivía en una fortaleza magnificada por la imaginación de los hombres y que mantenía a un verdadero ejército a sus órdenes. ¡Jamás permitiría que Hernando se acercase de nuevo a Fátima!
– Los han matado a todos -sollozó hacia Abbas-. ¡Ubaid y sus hombres los han matado! -gritó-. A mi Shamir, a Fátima y a Francisco… ¡A la pequeña Inés!
Aisha se dejó caer al suelo y estalló en llanto. No necesitó simular sus lágrimas ni el dolor que la atenazaba. En realidad, quizá… Quizá todos ellos estuvieran mejor muertos que en manos de Brahim. Aulló al cielo pensando en Shamir. ¿Qué sería de su pequeño? ¿Y de Fátima? ¿Qué desgracias le tendría preparadas Dios?
Abbas no acudió a consolarla. Su cuerpo fuerte flaqueó y tuvo que echar mano a la cancela para sostenerse, tratando de encontrar el aire que le faltaba. Había prometido a su amigo que el monfí no le molestaría, por ellos, por los moriscos. Pero también le prometió cuidar de su familia durante el viaje a Sevilla. Hernando se lo rogó antes de partir y él le contestó hasta con displicencia.
– ¿Qué puede suceder? -recordaba haberle dicho.
Durante unos instantes sólo el constante rumor del agua que brotaba y caía en la fuente de un bello patio cordobés, ahora asolado, acompañó a Aisha y a Abbas.
Abbas siguió el mismo camino por el que había pasado la yeguada hacia el coto real del Lomo del Grullo: una jornada hasta Écija con una parada en la venta Valcargado; otra hasta Carmona, deteniéndose en Fuentes; una tercera hasta Sevilla, descansando en la venta de Loysa, y desde Sevilla a Villamanrique. Se obligaba a andar. Exigía a sus piernas que se adelantasen la una a la otra y observaba cómo sus pies se acercaban, con tristes y dolorosos pasos, a un destino al que no quería arribar. ¿Qué iba a decirle a Hernando? ¿Cómo anunciarle que su esposa y sus hijos habían sido asesinados por Ubaid? ¿Cómo confesarle que no había cumplido con su palabra?
Trató de ponerse en contacto con el Manco mientras esperaba el permiso del caballerizo real para partir hacia el Lomo del Grullo: quería saber por qué, quería incluso enfrentarse a él para matarle, pero ninguno de los contactos a través de los que usualmente llegaba hasta el monfí lograron nada positivo: el Manco y su partida habían desaparecido. Quizá se hubieran internado en la sierra y volvieran algún día, pero nadie parecía tener la menor noticia de Ubaid. ¿Por qué habría matado a Fátima y a los niños?
– ¿Por qué lo hizo? -Se extrañó también don Diego al entregarle el salvoconducto para que pudiera desplazarse hasta Sevilla-. ¿Acaso no es morisco también?
– Hernando y él tuvieron problemas en las Alpujarras -le aclaró Abbas.
– ¿Algo tan grave como para matar a una mujer y a tres niños indefensos? -replicó el noble agitando el documento que llevaba en la mano-. ¡Virgen santísima!
Abbas sólo pudo encogerse de hombros. Don Diego tenía razón, y él ni siquiera había sido capaz de encontrar los cuerpos para sepultarlos debidamente, ya que Aisha se negaba a hablar. En cuanto el herrador se interesaba por algún detalle más concreto, que arrojara un poco de luz sobre el punto preciso donde había sucedido la matanza, más allá del «en algún lugar de la sierra» que Aisha repetía como única respuesta, ésta rompía en llanto para terminar siempre sollozando las mismas palabras:
– Te lo ruego. Ve a buscar a mi hijo.
Y en ello estaba Abbas, paso a paso bajo el sol de Andalucía, con el estómago encogido, la bilis siempre en la boca y las lágrimas asomando a los ojos, mientras pensaba en cómo comunicarle a un buen amigo que su esposa y sus dos hijos habían sido salvajemente asesinados en el interior de Sierra Morena.
Todas aquellas frases que había ideado se le borraron de la mente a la sola visión de Hernando, que abandonó la yeguada y saltó ágilmente de Azirat a tierra para correr hacia él, curtido por el sol, sus ojos azules más brillantes que nunca, mostrando unos dientes blancos en amplia y sincera sonrisa.
A Abbas se le nubló la vista; la yeguada se convirtió para él en un simple borrón informe. Sin embargo, llegó a percibir cómo Hernando se detenía bruscamente a escasos pasos de donde él se hallaba. Su presencia se confundió con las mil manchas oscuras de las yeguas a sus espaldas, y las palabras de Hernando le parecieron lejanas, como si le llegasen transportadas por el viento desde algún lugar remoto.
– ¿Qué sucede?
– Ubaid…-musitó Abbas.
– ¿Qué pasa con Ubaid? -Hernando parecía atravesarle con sus ojos azules, ahora teñidos de una creciente inquietud-. ¿Ha pasado algo? Mi familia… ¿está bien? ¡Habla!
– Los ha asesinado -logró articular el herrador, sin poder levantar la mirada-. A todos menos a tu madre.
Hernando se quedó mudo. Durante unos instantes permaneció inmóvil, como si su mente se negara a admitir lo que acababa de oír. Luego, muy despacio, se llevó las manos al rostro y aulló al cielo. ¡Fátima! ¡Los niños!
– ¡Hijo de puta! -exclamó de repente en dirección a Abbas.
Golpeó al herrador y éste cayó al suelo. Luego se abalanzó sobre él.
– ¡Perro! ¡Me prometiste seguridad! ¡Te encargué que los vigilaras, que cuidases de ellos!
Hernando golpeaba a un Abbas inerte, incapaz tan siquiera de protegerse ante la paliza.
Lo último que notó el herrador antes de perder el conocimiento fue cómo los demás hombres levantaban a Hernando, que gritaba lo que para él ya eran palabras ininteligibles.
Antes de llegar a Sevilla, Azirat se negó a continuar galopando al mismo ritmo que llevaba desde que partieron del Lomo del Grullo. Hernando clavó una vez más sus espuelas en los ijares del caballo, igual que llevaba haciéndolo durante las cerca de siete leguas que recorrió al galope tendido, pero el animal fue incapaz de echar las manos por delante y su galope, pese al castigo, se fue haciendo más y más lento y pesado hasta llegar a detenerse.
– ¡Galopa! -Gritó entonces, espoleándolo y echando su cuerpo hacia delante. Azirat simplemente se tambaleó-. Galopa -sollozó, mientras movía frenéticamente las riendas. El animal se arrodilló en el camino-. ¡Dios! ¡No!
Hernando saltó del caballo. Azirat se hallaba cubierto de espuma; sus ijares ensangrentados, los ollares desmesuradamente abiertos en su esfuerzo por respirar. Hernando apoyó la mano sobre su corazón: parecía que iba a reventar.
– ¿Qué he hecho? ¿También tú vas a morir?
¡Muerte! El frenesí del galope en el que había tratado de refugiarse desapareció ante el animal destrozado y el dolor atravesó de nuevo a Hernando. Llorando, tiró de las riendas, levantó a Azirat y lo obligó a andar. El caballo se ladeaba como borracho. Cerca corría un arroyo, pero Hernando no se acercó a él hasta que notó cierta recuperación en el caballo. Cuando lo hizo, no le permitió beber: con las manos en forma de cuenco le ofreció algo de agua, que Azirat ni siquiera pudo lamer. Le quitó la montura y las bridas, y con su marlota a modo de esponja le frotó todo el cuerpo con agua fresca. La sangre de sus costados, provocada por los tajos de las espuelas, se mezcló en la imaginación de Hernando con la brutalidad de Ubaid. Repitió una y otra vez la acción y lo obligó a andar sin dejar de ofrecerle agua en sus manos. Al cabo de un par de horas, Azirat extendió el cuello para beber por sí directamente del arroyo; entonces Hernando se llevó las manos al rostro y se abandonó al llanto.