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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Pasaron la noche a la intemperie, junto al arroyo. Azirat ramoneaba hierbajos y Hernando lloraba desconsoladamente, con las imágenes de Fátima, Francisco e Inés danzando frente a él. Golpeó la tierra hasta desollarse los nudillos al escuchar sus voces y sus risas inocentes; aulló de dolor al olerlos de nuevo, y creyó notar el calor y la ternura de sus cuerpos junto a él al tiempo que trataba de alejar de sí la inimaginable escena de sus muertes a manos de un Ubaid que se le aparecía, triunfante, con el corazón palpitante de Gonzalico en sus manos.

La siguiente jornada la hizo a pie. Cuantos se cruzaron con él dudaron de si era el hombre el que tiraba del caballo o era éste el que arrastraba a un despojo humano agarrado a sus riendas. Sólo al despuntar el alba del tercer día, se atrevió a montar de nuevo y en dos más, siempre al paso aunque el caballo diera muestras de haberse recuperado, cruzó el puente romano y dejó atrás la Calahorra.

Hernando no tuvo más fortuna que Abbas a la hora de obtener información de su madre.

– ¿Para qué quieres saberlo? -llegó a gritar la misma noche de la llegada de su hijo a Córdoba, cuando se quedaron a solas, después de que las constantes visitas de condolencia hubieran terminado-. ¡Yo lo vi! ¡Yo vi cómo morían todos! ¿Quieres que te lo cuente? Logré escapar o quizá… quizá no quisieron matarme a mí. Luego erré toda la noche por la sierra hasta dar con un sendero de regreso a Córdoba. Ya te lo he contado. -Aisha se había dejado caer en una silla, cabizbaja, derrotada. Mil veces había tenido que mentir a lo largo del día; tantas como había dudado sobre contarle la verdad a su hijo ante el tremendo dolor que percibía en su rostro a cada pregunta de las visitas, a cada pésame, a cada silencio. ¡Pero no! No debía hacerlo. Hernando correría a Tetuán. Lo conocía; estaba segura. Y ella perdería al único hijo que le quedaba…

– ¿Que para qué quiero saberlo? -masculló Hernando, sin dejar de andar por la galería con las manos crispadas-. ¡Necesito saberlo, madre! ¡Necesito enterrarlos! ¡Necesito encontrar al hijo de puta que los asesinó y…!

Aisha alzó el rostro ante la escalofriante ira que percibió en el tono de voz de su hijo. ¡Nunca le había visto así! ¡Ni siquiera… ni siquiera en las Alpujarras! Fue a decir algo, pero calló aterrorizada al ver cómo Hernando, con la mirada perdida, se arañaba con fuerza el dorso de la mano.

– Y juro que lo mataré -terminó la frase su hijo, al tiempo que unos profundos surcos de sangre aparecían en su mano.

– ¡Ubaid!

El aullido quebró el apacible silencio de aquella mañana de finales de agosto y resonó en las sierras.

– ¡Ubaid! -volvió a gritar Hernando hacia los fragosos bosques que se abrían a sus pies, parado en lo más alto de uno de los cerros de Sierra Morena, alzado sobre los estribos, como si pretendiese erigirse sobre la más alta de las cumbres, exhibiéndose a la mirada de quien quiera que pudiera estar escondido entre la vegetación. Sólo el ruido del correteo y del aletear de los animales, sorprendidos, le respondió-. ¡Perro repugnante! -continuó gritando-. ¡Ven a mí! ¡Te mataré! ¡Te cortaré la otra mano, te abriré en canal y yo mismo repartiré tus despojos entre las alimañas!

Sus gritos se perdieron en la inmensidad de Sierra Morena. Y tornó el silencio. Hernando se desplomó en la montura. ¿Cómo iba a encontrar al Manco en aquellas serranías?, pensó. ¡Tenía que ser el monfí quien acudiese a su desafío! Desenvainó la espada y la alzó al cielo.

– ¡Puerco asqueroso! -aulló de nuevo-. ¡Asesino!

A lomos de Azirat, había abandonado Córdoba tan pronto como logró ordenar cuanto necesitaba. Se despidió de su madre después de intentar, una vez más, que le proporcionase algún dato, el más mínimo indicio para empezar su búsqueda, pero no lo logró.

– ¿Adónde vas? -le preguntó Aisha.

– Madre, a hacer lo que todo aquel que se llame hombre debe hacer: vengarme de Ubaid y encontrar los cadáveres de mi familia.

– Pero…

Hernando la dejó con la palabra en la boca. Luego se dirigió a la casa de Jalil y el anciano le prometió que tendría lo que necesitaba: una buena espada, una daga y un arcabuz que le entregarían en secreto en el camino de las Ventas.

– Que Alá te acompañe, Hamid -le despidió solemnemente el anciano, irguiéndose cuanto le permitió su cuerpo.

Después fue a las caballerizas y buscó al administrador. Durante unos instantes, mientras el morisco excusaba su presencia, el hombre le examinó desde detrás de la escribanía: el rostro aparecía macilento y unas ojeras amoratadas revelaban la noche que había pasado, en vela, llorando, golpeando muebles y paredes, clamando venganza.

– Ve -musitó el administrador-. Encuentra al asesino de tu familia.

Ese primer día, después de esperar en vano a que Ubaid respondiese, Hernando azuzó a Azirat para que bajase del cerro. Hasta que se puso el sol, recorrió cañaverales, cruzó riachuelos y ascendió lomas desde las que volvió a retar a Ubaid. Preguntó en las ventas y a las gentes que encontró en el camino; nadie supo darle noticias del paradero de los monfíes: hacía tiempo que no actuaban.

De regreso a Córdoba, escondió las armas entre unos matorrales para poder cruzar la puerta del Colodro sin problemas. Dejó a Azirat en las cuadras, pero antes de dirigirse a su casa acudió a los poyos del convento de San Pablo a comprobar si los hermanos de la Misericordia habían tenido más suerte que él y habían encontrado los cadáveres de su familia. Entre las gentes que remoloneaban curiosas, se acercó a aquellos de los cuerpos que aparecían descompuestos, con sentimientos enfrentados: rezaba por encontrarlos y poder sepultarlos, pero no deseaba que sucediera allí, rodeado de cristianos, mercancías robadas y alguaciles, risas y chanzas.

– ¡Lo encontraré! ¡Juro que daré con él aunque tenga que recorrer España entera!

Eso fue todo lo que le dijo a su madre cuando ésta lo recibió, antes de encerrarse en su dormitorio para martirizarse con el aroma de Fátima que todavía flotaba en el interior.

Al día siguiente, Hernando se dispuso a partir antes incluso de que amaneciese. ¡Quería disponer de todas las horas de sol! Regresó a Córdoba con las manos vacías. Lo mismo hizo al día siguiente, y al otro, y al siguiente del otro.

Aisha le contemplaba volver derrotado, cada día un poco más. Y lloró acompasando sus propios sollozos a los que escuchaba desde la habitación de su hijo en el silencio de las noches. Volvió a considerar contarle la verdad, aunque fuera sólo para verle sonreír de nuevo, pero no lo hizo. La mirada suplicante de Fátima y el temor a quedarse sola, a mandar al hijo que le restaba a una muerte segura, se lo impidió. Ella misma había perdido ya a cinco hijos, ¿por qué no iba a superar aquella desgracia también Hernando? Los niños morían a centenares antes de alcanzar la pubertad y en cuanto a Fátima, seguro que encontraría a otra mujer. Además…; además tenía miedo; tenía miedo a quedarse sola.

Hernando continuó acudiendo a las sierras, cada día algo más demacrado que el anterior; ya ni siquiera hablaba, ¡ni siquiera clamaba venganza! Durante las noches, sólo se escuchaba el murmullo de sus constantes oraciones.

«Lo superará -se decía Aisha a diario-. Tiene un buen trabajo -se repetía tratando de convencerse-, y está bien considerado. ¡Es el mejor domador de las cuadras del rey! Abbas lo dice, todo el mundo lo asegura. Hay decenas de muchachas sanas y jóvenes dispuestas a contraer matrimonio con un hombre como él. Volverá a ser feliz.»

Pero cuando habían transcurrido cerca de veinte días comprendió que su hijo se iba a dejar la vida en el empeño, que nunca iba a cejar. ¿Debía contarle la verdad? Aisha sintió una congoja insuperable, le temblaban las rodillas: no sólo le había engañado, sino que había permitido que se torturase durante todo ese tiempo. ¿Cómo respondería Hernando? Era un hombre, un hombre enajenado. Si no la golpeaba, cuando menos la odiaría, igual que odiaba a quien creía que había matado a su familia. ¿Qué podía hacer? Se imaginó a Hernando insultándola a gritos, y las palizas de Brahim se le revelaron clementes. ¡Era su hijo! ¡El único que le quedaba! ¡No podía enfrentarse a él!

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