El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—Por favor, haga lo que le pido, Antoinette —dijo el hombre—. Esto no debería llevarnos mucho tiempo.
—Creo que será mejor que lo hagas —añadió Xavier—. Siento haberte hecho venir aquí, pero dijeron que empezarían a destrozar la nave si no lo hacía.
Antoinette asintió y se inclinó para volver por el pasillo de conexión.
—Has hecho bien, Xave. No te consumas por ello. Bueno, ¿y quiénes son estos payasos? ¿Ya se han presentado?
—El alto es el señor Reloj. El otro, el cerdo, es el señor Rosa.
Los dos saludaron por turnos cuando Xavier dijo sus nombres.
—¿Pero quiénes son?
—No lo han dicho, pero yo tengo una palpitación, ya ves. Les interesa Clavain. Creo que podrían ser arañas, o trabajar para las arañas.
—¿Es así? —preguntó Antoinette.
—Que va —dijo Remontoire—. En cuanto a aquí, mi amigo…
El señor Rosa sacudió su cabeza de gárgola.
—Yo no.
—Le permitiría que nos examinara si las circunstancias fueran más convenientes —continuó Remontoire—. Le aseguro que no hay ni un solo implante combinado en ninguno de los dos.
—Lo que no significa que no sean secuaces de las arañas —dijo Antoinette—. Bueno, ¿qué tengo que hacer para que salgan cagando leches de mi nave?
—Como bien juzgó el señor Liu, nos interesa Nevil Clavain. Tome asiento… —El que se llamaba Reloj lo dijo esta vez con un énfasis inflexible—. Por favor, mantengamos las buenas maneras.
Antoinette desplegó un asiento de la pared y se acomodó en él.
—Nunca he oído hablar de nadie llamado Clavain —dijo.
—Pero su compañero sí.
—Ya. Muy buena, Xave. —Le lanzó una mirada. ¿Por qué no pudo haberse limitado a aducir ignorancia?
—No vale la pena, Antoinette —dijo Reloj—. Sabemos que usted lo trajo aquí. No estamos en absoluto enfadados con usted por ello, después de todo fue lo más humano.
La mujer se cruzó de brazos.
—¿Y?
—Todo lo que tiene que hacer es decirnos qué pasó luego. Dónde fue Clavain una vez que usted lo trajo al Carrusel Nueva Copenhague.
—No lo sé.
—Así que se limitó a desaparecer como por arte de magia, ¿no? ¿Sin una palabra de agradecimiento, ni indicación alguna de lo que iba a hacer luego?
—Clavain me dijo que cuanto menos supiera, mejor.
Reloj miró al cerdo durante un momento. Antoinette decidió que se había anotado un punto. Clavain sí que había querido que ella supiera lo menos posible. Fue ella con su esfuerzo la que había averiguado un poco más, pero Reloj no tenía por qué saberlo.
Y añadió:
—Por supuesto que yo no dejaba de preguntarle. Tenía curiosidad por saber lo que estaba haciendo aquí. Sabía también que era una araña. Pero no quiso decirme nada. Dijo que era por mi propio bien. Discutí, pero él se mantuvo en sus trece. Ahora me alegro de que lo hiciera. No hay nada que me puedan obligar a contarles porque es que no sé nada.
—Entonces solo díganos, con exactitud, lo que pasó —dijo Reloj con tono tranquilizador—. Eso es todo lo que tiene que hacer. Nosotros averiguaremos lo que Clavain tenía en mente y luego nos iremos. Nunca más volverá a oír hablar de nosotros.
—Ya se lo he dicho, se fue, sin más. Ni una palabra sobre adonde iba, nada. Adiós y gracias. Eso fue todo lo que dijo.
—No habría tenido documentación ni dinero —dijo Reloj como si hablara consigo mismo—, así que no pudo haber llegado lejos sin que usted lo ayudara un poco. Si no pidió dinero, es probable que siga en el Carrusel Nueva Copenhague. —Aquel hombre pálido, delgado y mortal se inclinó hacia Antoinette—. Así que dígame: ¿le pidió algo?
—No —dijo ella con solo una ligerísima vacilación.
—Está mintiendo —dijo el cerdo.
Reloj asintió con gesto grave.
—Creo que tiene usted razón, señor Rosa. Esperaba que no tuviéramos que llegar a esto, pero ahí lo tiene. Qué se le va a hacer, como se suele decir. ¿Tiene el objeto, señor Rosa?
—¿El objeto, señor Reloj? ¿Se refiere…?
Entre los pies del cerdo había una caja perfectamente negra, como un rectángulo de sombra. La empujó hacia delante, se inclinó y tocó un mecanismo oculto. La caja se abrió sola y reveló muchos más compartimentos de lo que parecía posible por su tamaño. Cada uno albergaba una pieza de pulida maquinaria plateada acurrucada en espuma amortiguadora de la forma precisa. El señor Rosa sacó una de las piezas y la levantó para examinarla. Luego sacó otra pieza y las conectó. A pesar de la torpeza de sus manos trabajaba con gran cuidado, muy concentrado en la tarea que tenía entre manos.
—Lo tendrá listo en un periquete —dijo Reloj—. Es una draga de campo, Antoinette. De fabricación arácnida, me veo obligado a añadir. ¿Sabe mucho de dragas?
—Que lo follen.
—Bueno, se lo diré de todos modos. Es muy segura, ¿no es cierto, señor Rosa?
—Muy segura, señor Reloj.
—O al menos no hay razón para que no lo sea. Pero las dragas de campo son un asunto diferente, ¿verdad? Su eficacia no está en absoluto tan probada como la de los modelos más grandes. Tienen muchas más probabilidades de dejar al sujeto con daños neuronales. Incluso la muerte no tiene nada de inaudito, ¿no es así, señor Rosa?
El cerdo levantó la cabeza de sus actividades.
—Uno oye cosas, señor Reloj. Uno oye cosas.
—Bueno, estoy seguro de que se exageran los efectos perjudiciales. Pero, no obstante, no es demasiado aconsejable utilizar una draga de campo cuando hay disponibles otros procedimientos alternativos. —Reloj volvió a mirar directamente a Antoinette. Sus ojos se hundían en las órbitas y su apariencia hacía que la mujer quisiera desviar la vista—. ¿Está del todo segura de que Clavain no dijo adónde iba?
—Ya se lo he dicho, no dijo…
—Continúe, señor Rosa.
—Espere —dijo Xavier.
Todos lo miraron, incluso el cerdo. Xavier empezó a decir algo más. Y entonces la nave comenzó a estremecerse casi sin aviso previo, a guiñar y serpentear contra las amarras de atraque. Se disparaban los propulsores químicos, que soltaban chorros de gas en direcciones contrarias y el estrépito que armaban era como un bombardeo.
La cámara estanca que Antoinette tenía detrás se cerró. Ella se agarró a una barandilla para no caerse y luego se sujetó con un cinturón por la cintura.
Estaba pasando algo. No tenía ni idea de qué era, pero desde luego había algo. A través de la ventanilla más cercana vio que la zona de reparaciones se asfixiaba en el denso humo naranja de los propulsores. Algo se soltó con un chirrido de metal partido. La nave se sacudió con más violencia todavía.
—Xavier… —dijo sin ruido.
Pero Xavier ya se había colocado en un asiento.
Y estaban cayendo.
Antoinette vio que el cerdo y Reloj luchaban por agarrarse a algo. Desplegaron sus propios asientos y se incrustaron en ellos. Antoinette tenía serias dudas de que ellos supieran mucho más que ella sobre lo que estaba pasando. De igual forma, eran lo bastante listos para no querer estar sueltos a bordo de una nave que tenía toda la pinta de estar a punto de ir a hacer algo violento.
Chocaron contra algo. La colisión comprimió cada hueso de su espina dorsal. La puerta del taller de reparaciones, pensó; Xavier había presurizado el pozo para que él y sus monos pudieran trabajar sin trajes. La nave acababa de embestir la puerta.
La nave se levantó otra vez. Antoinette sintió la liviandad en el vientre.