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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Siempre con su teoría de la evolución. Los Sin Luz tenían un perfil nuevo, que se caracterizaba por el ritual de ácidos e insectos. Pero también un recuerdo muy preciso de su NDE. Reflexioné en voz alta:

– Según su opinión, ¿por qué cada uno de esos posesos ve a un diablo distinto? ¿Una criatura que no tiene nada que ver con la imagen convencional del demonio, con cuernos y cola de macho cabrío?

– «Me llamo Legión, porque somos muchos.» A Satán le gusta adoptar apariencias variadas. Pero siempre obra el mismo poder.

– Cada Sin Luz ve un ser distinto, casi… personal.

– ¿A qué se refiere?

– Ese «visitante» podría estar inspirado por alguien que actuó sobre ellos en el pasado. Sería una especie de construcción psíquica, basada en los recuerdos.

– Lo hemos considerado. Y hemos buscado en la historia de Agostina. Pero no hemos hallado ni la menor señal de un ángel de tez pálida. Ninguna huella de separador dental ni de dientes de vampiro. ¿Qué sentido tienen sus preguntas, Mathieu? Usted es policía. Se supone que debe investigar sobre el terreno.

– Estamos de lleno en eso, eminencia. Lo llamaré cuanto antes.

Busqué en mis notas. Foucault me había dado las señas del psiquiatra de Raïmo Rihiimäki: Juha Valtonen. El hombre que lo había interrogado cuando despertó del coma. Marqué las diez cifras, con el prefijo del país incluido. Era el número de un teléfono móvil; lo encontraría en cualquier lugar donde estuviera.

El timbre sonó. ¿Nevaba ya en Tallinn? No sabía nada de Estonia, aparte de que era el más septentrional de los países bálticos. Imaginé las costas grises, los peñascos negros, un mar sombrío y helado.

– Hallo?

Me presenté en inglés. El hombre prosiguió en el mismo idioma, sin problemas. Ya había hablado con Foucault. Estaba al corriente de nuestra investigación y dispuesto a ayudarme. La cobertura era perfecta, cristalina, como pulida por el viento de mar adentro. Inmediatamente orienté mis preguntas hacia la NDE de Raïmo.

– Tenía algunos recuerdos -confirmó el psiquiatra.

– ¿Le describió a su visitante?

– Raïmo hablaba de un niño.

– ¿Un niño?

– Más bien un adolescente. Un personaje bastante joven, regordete, que flotaba en la oscuridad.

– ¿Le describió el rostro?

– Sí, lo recuerdo. Un rostro aplastado. O despellejado. Raïmo hablaba de jirones de carne. Un morro de bulldog que sangraba.

Nueva escena de horror. Pero nada que ver con el anciano de Luc ni con el ángel de Agostina. Un demonio específico para cada Sin Luz.

Le hablé de mi hipótesis.

– ¿Cree que esta criatura podría haberle sido inspirada por alguien de su entorno?

– ¿De qué modo?

– Como un personaje de su pasado que habría vuelto, deformado por la alucinación.

– No. Investigué su historia y su entorno. Que yo sepa, nadie a su alrededor se parecía a una criatura así. De hecho, ¿quién podría parecerse a semejante pesadilla?

Mi pista psicoanalítica era un callejón sin salida. Valtonen prosiguió:

– ¿Tiene otros testimonios de ese tipo?

– Algunos, sí.

– Me interesaría leerlos. ¿Los tiene en versión inglesa?

– Sí, pero en este momento estamos trabajando a contrarreloj. En cuanto tenga un poco de tiempo le enviaré toda la documentación. Se lo prometo.

– Gracias. Otra pregunta.

– Dígame.

– Sus otros testigos, ¿se han convertido todos en homicidas?

Pensé en Luc. Y a mi pesar, en Manon. Respondí en tono seco:

– No, no todos.

– Mejor. De lo contrario, esto parecería una epidemia de rabia.

Le di nuevamente las gracias y colgué.

Dos del mediodía

Era hora de ir a pescar.

De volver a la investigación que me había precedido y concluir todos sus capítulos.

Era el momento de interrogar a Luc.

98

De momento, Luc estaría ingresado en el Centro Hospitalario Especializado Paul-Guiraud, en Villejuif. El término «especializado» era un eufemismo utilizado para referirse a un manicomio. Luc había firmado voluntariamente su orden de ingreso en «régimen abierto», de modo que podía salir siempre que le apeteciera.

Tres de la tarde.

Llegué al centro hospitalario al atardecer. Un enorme recinto negro que cortaba en dos un suburbio de viviendas unifamiliares. Pascal Zucca, el psiquiatra hipnotizador, me había explicado dónde podía encontrar a Luc. Crucé el portal, giré a la izquierda y bordeé la alameda jalonada de edificios de dos plantas. Todos los pabellones parecían hangares: muros color beige y tejado abombado.

Encontré el pabellón 21. En la recepción, una auxiliar cogió su manojo de llaves y me guió por el edificio. Un espacio alargado, interrumpido por puertas con ojos de buey, que recordaba el interior de un submarino. Había que atravesar cada estancia para alcanzar la siguiente: comedor, sala de televisión, taller de ergoterapia… Todo estaba remodelado: paredes amarillas, puertas rojas, techos blancos con tubos de iluminación. Caminamos sobre el linóleo color pizarra sin hacer ruido.

En cada umbral, la mujer sacaba una llave. Me cruzaba con pacientes que contrastaban con la arquitectura moderna del lugar. Ellos no habían sido remodelados. La mayoría se quedaban mirándome fijamente, boquiabiertos; rostros inexpresivos y miradas vacías.

Un hombre tenía un lado del rostro estirado, como si lo hubiera tensado un anzuelo. Otro, doblado en dos, me observaba con mirada torva, de pie con la frente alta, mientras que un tercero estaba agachado. Caminé evitando mirar a esos pacientes. Los más aterradores eran los que no tenían nada que los distinguiera. Personajes grises, apagados, cuyo absceso parecía escondido en su interior. Invisible.

Uno de ellos me hizo una señal levantando la mano por encima de unos pliegues de papel. La mujer murmuró un comentario mientras abría otra puerta.

– Es un dentista. Está aquí desde hace seis meses. Se pasa el día doblando esos papeles. Lo llaman «origami». Mató a su mujer y a sus tres hijos.

En el siguiente pasillo, observé:

– No veo ningún timbre de alarma. ¿No hay un sistema de ese tipo?

La mujer enarboló su juego de llaves.

– La alarma salta en cuanto alguien toca con una de estas llaves cualquier objeto metálico.

Habíamos llegado al sector de los dormitorios. Conté seis ojos de buey que se abrían a otras tantas celdas antes de que la auxiliar se detuviera delante de una puerta.

– Es aquí.

Volvió a manipular su manojo de llaves.

– ¿Está encerrado?

– Así lo ha pedido él.

Entré en la habitación. La auxiliar volvió a cerrar la puerta con llave. Luc estaba allí, rodeado por cuatro paredes blancas y desnudas. Cinco metros cuadrados de superficie, una ventana sobre los jardines y una cama sencilla. Nada diferenciaba esa habitación de las otras del hospital. Solo noté que la ventana no podía abrirse.

Luc, con un jersey de lana y un pantalón de pijama azul cielo, estaba escribiendo sobre una mesita encajada en un rincón, a la derecha.

– ¿Trabajas? -pregunté con calidez.

Se volvió a medias, sin levantarse. Su ancha espalda estaba completamente encorvada sobre su pluma. Su cabeza rapada semejaba un astro apagado, perdido en medio de vientos solares.

– Tomo nota de todo por escrito -susurró-. Es importante.

Cogí el único sillón y me senté a un metro de él. La sombra del anochecer entraba en la estancia inundándola lentamente.

– ¿Cómo estás?

– Agotado, desquiciado.

– ¿Te medican?

Me dedicó una sonrisa forzada.

– Sí, me dan alguna cosa.

Miró atentamente el capuchón de su estilográfica. Maquinalmente, empecé a buscar en mis bolsillos. Luc adivinó mi intención y dijo:

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