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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Kahlan se quedó mirándolos un momento, totalmente horrorizada, casi incapaz de respirar. Hasta entonces había conservado la esperanza de que los habitantes de Ebinissia hubieran logrado escapar.

Una guerra. ¿Acaso las fuerzas de D’Hara habían atacado tras el fin de la guerra? ¿O era obra de otros?

Cuando, por fin, los músculos volvieron a responderle, inició el descenso de la colina. La capa ondeaba al viento gélido, abierta. El corazón le latía con fuerza, temerosa de lo que podría haberle ocurrido a la gente de Ebinissia.

— Tengo que ir a ver qué ha pasado —dijo.

— Por favor, Madre Confesora, no vayas —le suplicó Prindin—. Es muy malo.

Los tres hombres tuvieron que darse prisa para seguirla. Kahlan caminaba deprisa, y la pendiente aceleraba su marcha.

— No es la primera vez que veré gente muerta.

Empezaron a encontrar los primeros cadáveres: según todos los indicios, víctimas de escaramuzas, a bastante distancia de los muros de la ciudad. La nieve los había cubierto en parte. En un lugar sólo vieron una mano que sobresalía del manto de nieve, como si el hombre se estuviera ahogando debajo y pidiera socorro. La mayoría de los cuerpos estaban intactos, pues había más que alimento suficiente para los carroñeros. Todos eran soldados del ejército de Galea cuyos cuerpos se habían congelado donde cayeron muertos. Sus ropas empapadas de sangre estaban duras como una piedra, y también sus pavorosas heridas se habían helado.

En la muralla meridional, donde antes se abrían unas enormes puertas de madera de roble reforzadas con sólidas barras de hierro, ahora había un gran agujero con los bordes fundidos y quemados. Kahlan se quedó mirando la piedra fundida como la cera de una vela. Sólo existía una cosa capaz de hacer eso: el fuego de hechicero.

Su mente se esforzaba por comprender lo que estaba viendo. Reconocía perfectamente los efectos del fuego de hechicero, pero ya no quedaban hechiceros excepto Zedd y tal vez Richard. Pero eso no podía ser obra de Zedd.

Extramuros, a ambos lados, vieron enormes pilas congeladas de cuerpos decapitados, y otras pilas, menos ordenadas, sólo de cabezas. Espadas, escudos y lanzas habían sido amontonados en pilas separadas que parecían enormes puercoespines muertos de acero. Había sido una ejecución en masa llevada a cabo por diferentes comandos a la vez para realizar un trabajo más eficiente. Todos los muertos eran soldados de Galea.

Mientras contemplaba conmocionada y yerta el truculento espectáculo, Kahlan dijo suavemente a Tossidin, situado detrás de ella:

— La palabra que no conocías para contar tantos muertos es «miles». Calculo que habrá unos cinco mil.

Prindin clavó con delicadeza el extremo de la lanza en la nieve y la hizo girar, incómodo.

— No imaginaba que se necesitara una palabra para contar a tanta gente. —De nuevo giró la lanza con un gesto de la mano, y su voz se convirtió en un susurro para añadir—: No será un lugar muy agradable cuando llegue el calor.

— Ya es desagradable ahora —murmuró su hermano en su propia lengua.

Kahlan sabía que habría muchos más muertos. Conocía las tácticas de defensa de Ebinissia: las murallas ya no proporcionaban la misma seguridad que en un remoto pasado. A medida que la ciudad había ido creciendo gracias a la prosperidad que había fomentado la alianza de la Tierra Central, la vieja muralla fortificada había sido derribada, y la piedra se había usado para construir la nueva, más amplia. Pero no se había construido tan sólidamente como la anterior. La nueva muralla de Ebinissia era más el símbolo y el orgullo de la capital del reino que un perímetro fuerte y fácilmente defendible.

Al producirse el ataque, las puertas se debían de haber cerrado, y los soldados más duros y avezados se quedaron fuera para detener a los atacantes antes de que tuvieran oportunidad de llegar a la muralla. La auténtica defensa de Ebinissia eran las montañas que la rodeaban, pues los estrechos pasos que las cruzaban impedían un ataque en masa.

Por orden de Rahl el Oscuro, fuerzas de D’Hara habían cercado la ciudad durante casi dos meses, pero los defensores de fuera de la muralla habían podido retener a los atacantes en los pasos de las montañas, inmovilizarlos y hostigarlos sin tregua hasta obligarlos a retirarse para lamerse las heridas y buscar una presa más fácil. Aunque en esa ocasión los ebinissianos vencieron, habían sufrido muchas bajas. Si Rahl el Oscuro no hubiera estado tan ocupado buscando las cajas del Destino, habría enviado más atacantes y quizás habría aplastado a los defensores en los pasos. Esta vez alguien lo había hecho.

Esos hombres decapitados eran parte del anillo exterior de defensa de Ebinissia. Ante las murallas habían sido derrotados, capturados y ejecutados antes de abrir una brecha en los muros, probablemente para aterrorizar a los habitantes de la ciudad y convencerlos de que se rindieran sin luchar. Por los cuerpos sin vida de las mujeres que habían ido encontrando en los caminos, Kahlan sabía que lo que les esperaba dentro de la ciudad sería mucho peor.

Como de costumbre, casi sin darse cuenta de lo que hacía, Kahlan puso la cara de serenidad que nada revelaba, su máscara de Confesora que su madre le enseñara.

— Prindin, Tossidin, vosotros dos seguid la muralla. Quiero saber qué más hay fuera. Quiero saber todo lo que ha ocurrido aquí: cuándo se produjo el ataque, de dónde vinieron los atacantes y qué dirección tomaron al marcharse. Chandalen y yo entraremos. Cuando acabéis, esperad aquí.

Los dos hermanos obedecieron enseguida las órdenes de Kahlan y empezaron a susurrar entre sí mientras señalaban y analizaban signos y huellas que interpretaban con apenas una rápida mirada. Chandalen caminaba en silencio a su lado, con una flecha presta en el arco mientras salvaban los escombros y se introducían por el gran orificio en el muro.

Ninguno de los tres hombres se había opuesto a sus órdenes. Kahlan sabía que se sentían sobrecogidos por el tamaño de la ciudad y, sobre todo, por la enormidad de lo ocurrido allí; respetaban la obligación de Kahlan para con los muertos.

La mirada de Chandalen no se posó en los cuerpos diseminados por todas partes, sino que observó las oscuras aberturas y los callejones limitados entre las pequeñas casas de adobe y cañas que albergaban a los pastores y los campesinos que trabajaban los campos próximos a la ciudad. En la nieve no había huellas frescas; nada vivo había estado allí recientemente.

Kahlan elegía la ruta mientras Chandalen la seguía a su derecha, medio paso por detrás. La mujer no se detuvo a examinar los cadáveres desperdigados por todas partes. Todos parecían haber muerto de la misma manera, luchando con ferocidad.

— Fueron derrotados por una fuerza más numerosa —comentó Chandalen en voz baja—. Eran muchos miles, como tú dices. No tenían oportunidad alguna.

— ¿Por qué dices eso?

— Están agrupados entre las casas. No es el mejor escenario para luchar, pero, en un lugar cerrado como éste, no hay otro modo. Así es como yo trataría de defenderme de un enemigo que me superara en número: impidiéndole que se desplegara desde atrás, me rodeara y me atrapara. En los callejones, el enemigo no podía atacar en masa. Yo acosaría desde todos los lados para evitar que atacara a su antojo, y que nunca supiera de dónde procedería el siguiente golpe. Es importante enfrentarse al enemigo en las condiciones que uno elige, sobre todo si el enemigo es más numeroso.

»Entre los soldados hay ancianos y adolescentes. Yo no permitiría que lucharan a no ser que fuese una guerra a muerte y faltaran defensores. Debieron de ser muy valientes para plantar cara y enfrentarse a una fuerza mucho más poderosa. Si las fuerzas enemigas no hubieran sido tan numerosas, no habría sido necesario que ancianos y adolescentes ayudaran a unos soldados tan valientes.

Kahlan sabía que Chandalen tenía razón. Todos los habitantes de la ciudad habían visto u oído las ejecuciones ante las murallas, y sabían que la derrota significaba la muerte.

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