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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Aspiró con fuerza.

– No vas a matarme -dijo tajantemente.

Su padre sonrió otra vez. Saltaba a la vista que lo estaba pasando en grande.

– Tal vez sí -repuso- y, por otro lado, tal vez no. Pero esta vez has planteado una pregunta equivocada, hijo.

– ¿Y cuál es la pregunta correcta? -quiso saber Jeffrey.

El hombre mayor arqueó una ceja, como extrañado por el tono de la respuesta de Jeffrey o por el hecho de que su hijo no conociese la respuesta.

– La pregunta es: ¿tengo que hacerlo?

A Jeffrey le pareció que de pronto hacía más calor en la sala. Se le habían secado los labios. Oyó su propia voz, pero las palabras se le antojaron ajenas, como si las pronunciase otro, una persona desconocida y distante.

– Sí -contestó-. Creo que deberías.

De nuevo su padre adoptó una expresión divertida.

– ¿Y por qué?

– Porque ya nunca volverías a sentirte seguro. Nada te garantizaría que yo no esté ahí fuera, buscándote. Y nunca tendrás la certeza de que no vuelva a encontrarte. No puedes llevar a cabo tus acciones sin una sensación de seguridad. Una sensación de seguridad absoluta. Forma parte esencial de tu camuflaje. Y, sabiendo que yo estoy vivo, jamás te verías del todo libre de dudas.

Peter Curtin sacudió la cabeza.

– Claro que sí -dijo-. Puedo garantizar todas esas cosas.

– ¿Cómo? -preguntó Jeffrey con aspereza.

Su padre no contestó. En cambio, se inclinó hacia una mesa de lectura cercana para coger un aparato electrónico pequeño que había sobre ella. Lo alzó de manera que Jeffrey pudiera verlo.

– Por lo general -dijo su padre- estas cosas son para parejas jóvenes con hijos recién nacidos. Creo que tu madre usó uno cuando nacisteis tú y tu hermana, pero no lo recuerdo con exactitud. Ha pasado mucho tiempo. El caso es que funcionan sorprendentemente bien. -Peter Curtin pulsó un interruptor y habló por el intercomunicador-. Kimberly, ¿estás ahí? ¿Me oyes? Kimberly, sólo quiero que sepas que tu única posibilidad ha llegado por fin.

Curtin oprimió otro botón, y Jeffrey oyó una vocecilla metálica y asustada entre interferencias.

– Por favor, que alguien me ayude, por favor…

Su padre apretó el interruptor, cortando la voz en medio de su súplica.

– Me pregunto si sobrevivirá -comentó con una carcajada-. ¿Podrás salvarla, Jeffrey? ¿Podrás salvarla a ella, a tu hermana, a tu madre y a ti mismo? ¿Eres lo suficientemente fuerte y astuto? -Sonrió de oreja a oreja otra vez-. Dudo que alguien pueda ser lo bastante para salvaros a todos.

Jeffrey no abrió la boca. Su padre no apartaba la mirada de él.

– ¿Te eduqué bien?

– Tú no tuviste nada que ver con mi educación.

Peter Curtin sacudió la cabeza.

– Yo he tenido muchísimo que ver con tu educación. -Volvió a alzar el intercomunicador.

– ¿Y ella qué pinta en esto…? -empezó a protestar Jeffrey.

– Todo.

En medio del silencio que siguió, Caril Ann Curtin musitó de nuevo:

– Peter, deja que los mate a los dos ahora. Por favor. Te lo ruego. Todavía estamos a tiempo.

Pero Peter Curtin denegó su petición con un gesto de la mano.

– Vamos a medirnos en un juego, Jeffrey. Un juego de lo más peligroso. Y ella será la única pieza.

Jeffrey se quedó callado.

– Hay mucho en juego. Tu vida contra la mía. La vida de tu madre y tu hermana contra la mía. Tu futuro y el suyo contra mi pasado.

– ¿Cuáles son las reglas?

– ¿Reglas? No hay reglas.

– ¿Pues en qué consiste el juego?

– Vaya, Jeffrey, me sorprende que no lo reconozcas. Se trata del juego más básico de todos. El juego de la muerte.

– No te entiendo.

Peter Curtin le dedicó una sonrisa sardónica.

– Por supuesto que lo entiendes, profesor. Es el juego que se juega en un bote salvavidas, por ejemplo, o en la ladera de una montaña cuando llega el helicóptero de rescate. Se juega en trincheras y en edificios en llamas. ¿Quién vive, quién muere? Consiste en tomar una decisión aun sabiendo las consecuencias catastróficas que puede tener para terceros. -Aguardó, como si esperase oír una respuesta, pero al no obtener ninguna, prosiguió-: Te diré cuál será el juego de esta noche. Si la matas, ganas. Ella muere, y tú ganas a cambio tu vida, la de tu hermana, la de tu madre y la mía, pues serás libre de quitármela. O, si lo prefieres, podrás entregarme a las autoridades. O simplemente obligarme a prometer que no volveré a matar, y yo cumpliré esa promesa. De este modo, podrías dejarme con vida sin mancharte las manos de sangre con el más edípico de los asesinatos. Pero la elección será tuya. Ocurrirá lo que tú quieras. Yo estaré a tu entera disposición. Y para ganar lo único que tienes que hacer es matarla… -en la habitación se respiraba un aire sofocante-, matarla por mí, Jeffrey.

El hombre mayor se interrumpió y observó el impacto de sus palabras en el semblante de su hijo. Alzó el intercomunicador, pulsó el botón del receptor y, por unos segundos, dejó que los desgarradores sollozos de la joven aterrorizada inundasen la sala.

El trecho entre el límite del bosque y la parte posterior de la casa era más corto que por la parte delantera, pero aún quedaba por cruzar una extensión considerable del claro iluminado. Susan Clayton contempló ese espacio con recelo; era más o menos la misma distancia a la que podía tirar una mosca artificial con precisión hacia un pez que nadase a velocidad moderada. Casi podía oír el zumbido del sedal por encima de su cabeza al lanzarlo hacia delante con un gruñido de esfuerzo, sobre las aguas azules y rizadas de su tierra. Esto era algo que sabía que se le daba bien, calibrar la fuerza necesaria para arrojar una pequeña ilusión hecha de plumas, acero y pegamento en la trayectoria de su presa. No estaba tan segura de su capacidad para calcular la velocidad a la que podía cruzar el claro.

Diana Clayton también estaba evaluando su posición.

No le veía demasiado sentido. Respiró lentamente, intentando poner en orden sus pensamientos. Ella y su hija se hallaban tiradas boca abajo sobre la tierra húmeda, con la vista al frente, pero su mente estaba en otro sitio, intentando recordar cada detalle de la vida que llevaba hacía un cuarto de siglo y, lo que es más importante, cada rasgo del hombre con quien había convivido.

– Puedo llegar hasta allí -susurró Susan-, pero sólo si no hay nadie vigilando. -Luego negó con la cabeza-. De lo contrario, me verán antes de que avance dos metros. -Hizo una pausa-. Supongo que no tengo elección.

Diana tendió la mano y agarró a su hija del antebrazo.

– Algo no va bien, Susie. Necesito que me ayudes un momento.

– ¿Cómo?

– Bueno, para empezar, sabemos que hay dos puertas aquí detrás. La puerta trasera normal, que es la que vemos y da a la cocina. Es como cualquier otra puerta trasera. O al menos lo parece. Y luego hay una puerta oculta por la que se sale al exterior desde la sala de música. Debemos encontrarla. Tendría que estar por allí, a la izquierda, junto al garaje.

– Vale -dijo Susan-, nos moveremos en esa dirección.

– No, hay algo más que me inquieta. Deberíamos toparnos con el pabellón aislado. Ya sabes, el que según el contratista no aparece en los planos. Debería estar por aquí detrás, en algún lugar. Creo que nos convendría encontrarlo.

– ¿Por qué? Jeffrey está dentro de la casa. Y él también…

– Porque -dijo Diana eligiendo sus palabras con cuidado- ¿cuál es exactamente el propósito de un sistema de alarma? ¿Por qué asegurarse de, si alguien se acerca por el bosque o por el camino particular, poder detectarlo? ¿Por qué instalar este sistema sofisticado e ilegal aquí en este estado? -Sacudió la cabeza-. Sólo se me ocurre una razón. Para ganar algo de tiempo. Para estar prevenido. No es para protegerse de nada, y menos aún de la policía. Se trata simplemente de un sistema de aviso que le permitirá sacar unos minutos de ventaja, ¿no? Para disponer de un poco de tiempo. ¿Por qué habría de querer eso?

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