Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
La respuesta a esta pregunta era evidente. Susan contestó en voz baja, en un tono que ponía de manifiesto que había comprendido perfectamente.
– Sólo hay una razón. Porque, si alguien viniese a buscarlo, alguien que sabe quién es y qué ha estado haciendo, necesitaría tiempo para marcharse. Para huir.
Diana asintió.
– Eso es lo que me parece a mí -dijo.
– Una ruta de escape -continuó Susan, pensando en voz alta-. David Hart, el hombre a quien Jeffrey me llevó a ver en Tejas… él dijo que había que prever eso: una vía de entrada y otra de salida.
Diana se dio la vuelta y miró la oscuridad a su espalda.
– ¿Qué dijo el contratista que había allí detrás? Susan sonrió.
– Un páramo despoblado, sin urbanizar, desiertos y montañas. Una zona protegida. Un parque estatal. Se extiende kilómetros y kilómetros…
Diana escrutó la negrura de la noche, que parecía haberlas seguido lentamente hasta allí, pisándoles los talones mientras ellas avanzaban por el bosque.
– O tal vez -dijo con suavidad- sea la salida trasera del estado cincuenta y uno.
Las dos comenzaron a retroceder, apartándose del borde de la zona iluminada y alejándose oblicuamente de la casa, para escrutar la espesura que tenían detrás. El sotobosque parecía más denso allí, y sintieron como si muchas manos huesudas les tirasen de la ropa y les arañasen el rostro. Pese al fresco de la noche, ambas sudaban a causa del agotamiento y la tensión, y seguramente también del miedo. Susan se sentía como si estuviese intentando nadar en un lodazal fétido. Se abría paso agresivamente, luchando contra el bosque como si de un enemigo se tratara. La luz procedente de la casa era difusa, difícil, y su avance parecía sembrado de sombras y hoyos oscuros. Susan maldijo entre dientes, dio un paso, notó que el jersey se le enganchaba en un espino, le dio un tirón, perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante con un grito ahogado. Su madre la seguía, batallando contra las mismas dificultades.
– ¡Susan! ¿Te encuentras bien? -le preguntó en un susurro.
Susan no respondió de inmediato. Estaba lidiando con varias cosas a la vez: la sorpresa de la caída, un arañazo que le había hecho una espina en la mejilla, un golpe en la rodilla contra una roca, y, lo que era más importante, el tacto de metal frío bajo su mano. En aquella penumbra apenas se veía nada, pero avanzó a tientas, haciendo caso omiso de las otras sensaciones, y de pronto notó un objeto puntiagudo que le hizo un corte en la palma. Soltó un gemido de dolor.
– ¿Qué pasa? -inquirió Diana.
Susan no le contestó. Palpó aquella punta aguzada con cuidado, encontró una segunda y luego una tercera, todas ocultas bajo arbustos y matas.
– Carajo -dijo-. Mamá, ven, toca esto.
Diana se puso a cuatro patas junto a Susan. Dejó que su hija guiara su mano hacia delante hasta que ella también palpó la hilera de estacas que sobresalían del suelo.
– ¿Tú qué crees que…?
– Vamos por buen camino -aseveró Susan-. Imagínate que vienes por aquí, pero no quieres que ningún vehículo te siga. Los neumáticos quedarían bonitos después de pasar por aquí, ¿no? Ve con cuidado, puede haber otras trampas.
Tres metros más adelante, Susan topó con una zanja poco profunda, pero capaz de romper los ejes de un coche, excavada en la tierra. Volvió la mirada atrás, hacia la casa. Resplandecía, a quizás unos cien metros de distancia, proyectando su luz hacia el cielo. Alcanzó a distinguir, a duras penas, una banda muy angosta de terreno despejado que atravesaba el bosque en dirección a la luz. Era un sendero, pensó, pero tan invadido por matojos y hierbas que, si uno no sabía exactamente adónde se dirigía, acababa atrapado en el sotobosque, como ellas. Sin embargo, si uno conocía bien el trayecto, podía moverse con rapidez por aquel terreno tan sumamente difícil.
– Ahí está -dijo su madre de pronto.
Susan se volvió y, tras dejar que los ojos se le acostumbrasen una vez más a la oscuridad, vio lo que Diana estaba señalando. Unos seis metros más adelante se alzaba un edificio pequeño, casi invisible entre los árboles y el follaje. Era de poca altura, de un solo piso, y alguien había plantado matas y helechos junto a los costados y en el tejado. Se acercaron lentamente al edificio. En la fachada había una puerta semejante a la de un garaje. Susan extendió el brazo hacia ella y se detuvo.
– Podría haber una alarma -dijo-, o quizás incluso alguna trampa.
No sabía si estaba en lo cierto respecto a esto, pero había muchas probabilidades de que así fuera. Y si era lo bastante inteligente para sospechar que habría algún dispositivo en la puerta, se dijo que más valía obrar en consecuencia.
Diana se había abierto paso trabajosamente hasta un costado.
– Aquí hay una ventana -dijo.
Susan se apresuró a situarse a su lado.
– ¿Llegas a ver el interior?
– Sí. Apenas.
Susan apretó la nariz contra el frío cristal y echó un vistazo al interior del edificio. Exhaló un lento suspiro.
– Has dado en el blanco, mamá. Tenías razón.
Las dos mujeres vislumbraron la figura cuadrada de un vehículo cuatro por cuatro moderno y caro pintado con colores de camuflaje. Por lo que podían ver, estaba cargado con bolsas y maletas, preparado para partir.
Diana se apartó de la ventana.
– Tiene que haber un camino. No uno en muy buen estado, pero un camino al fin y al cabo. Debe de pasar por entre los árboles. Él tendrá una ruta trazada, una vía de escape…
– Pero ¿por qué no aviones, o helicópteros, tal vez?
Diana se encogió de hombros.
– Montañas, desfiladeros, bosques… ¿quién sabe? Debe de haber imaginado cómo lo perseguirían, y habrá tomado medidas al respecto. ¿Sabes qué? Seguramente habrá otro garaje, a kilómetros de aquí, con otro vehículo. Y quizás un tercero, cerca de la frontera con Oregón. O en el camino hacia California. Pensándolo bien, esto último es más probable. Es un estado donde uno puede desaparecer fácilmente. Y está a tiro de piedra de México, donde no te hacen tantas preguntas, sobre todo si eres rico.
Susan movió la cabeza afirmativamente.
– No tiene que ser perfecto, sólo imprevisible. Eso es todo lo que él necesita. Una pequeña grieta por la que escurrirse.
Susan se dio la vuelta hacia la casa, respirando hondo.
– Tengo que entrar -dijo-. Estamos tardando demasiado, y tal vez Jeffrey esté en un buen aprieto. -Se volvió hacia su madre, que estaba respirando el viento frío de la noche-. Tú quédate aquí -indicó- y espera a que pase algo.
Diana sacudió la cabeza.
– Debería ir contigo.
– No -repuso Susan-. Lo último que queremos es que él escape. Además, creo que podré moverme más deprisa y tomar decisiones más rápidamente si sé que estás a salvo aquí abajo.
Diana podía apreciar la lógica de aquello, aunque no le gustara.
Susan señaló el sendero semioculto que discurría por el sotobosque hacia la casa.
– Ése es el camino. No le quites ojo.
Por un instante le vinieron ganas de abrazar a su madre, y decirle algo sensiblero y afectuoso, pero reprimió el impulso.
– Nos vemos dentro de un rato -dijo con entusiasmo fingido. A continuación giró sobre sus talones y echó a andar al paso más veloz que pudo de regreso hacia donde creía que se encontraba su hermano, pendiente del hilo psicológico más delgado.
Jeffrey tenía la garganta irritada, como si hubiese echado una carrera rápida en un día caluroso y seco. Se lamió los labios para humedecérselos, pero tenía la lengua igual de reseca.
– ¿Y si me niego? -preguntó con voz quebradiza.