Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
– O Jeffrey ha activado algún tipo de alarma interior que ha encendido todas las luces de la casa, o ellos han encendido todas las luces de la casa y han pillado a Jeffrey. De cualquier forma, él está dentro, y no hemos oído disparos, de modo que podemos suponer sin temor a equivocarnos que lo que tenía que pasar, fuera lo que fuese, ya ha empezado a ocurrir…
– Entonces tenemos que acercarnos a la parte de atrás -dijo Diana.
Susan asintió.
– Mantente agachada y haz el menor ruido posible. Vamos allá.
Empezó a abrirse paso rápidamente entre la maraña de arbustos y árboles. Iluminaba el sombrío sendero la luz artificial procedente de la casa, que se filtraba por la fronda. Por un momento, a Susan le pareció inquietante: el resplandor había eclipsado por completo la luz de la luna, haciéndola sentir como si ya no estuviesen solas y se cerniese sobre ellas el peligro constante de que las descubriesen. Avanzaba con agilidad, inclinada, corriendo de árbol en árbol como un animal nocturno temeroso del amanecer, esforzándose al máximo por permanecer oculta. Su madre la seguía trabajosamente, apartando matojos de su camino y soltando algún que otro improperio cuando la ropa se le enganchaba en una espina o una ramita la golpeaba en la cara. Susan aflojó el paso, por deferencia a las dificultades de su madre, pero sólo ligeramente; no sabía si les quedaba mucho tiempo o si ya era demasiado tarde, pero el corazón le decía que debía darse prisa, sin precipitarse, una distinción quizá demasiado sutil, pensó, habiendo vidas en juego.
Se detuvo por unos instantes, respirando agitadamente, pero no por el cansancio, con la espalda apoyada contra un árbol. Mientras esperaba a que Diana la alcanzara, reparó en un sensor de infrarrojos que hendía el aire delante de ella de forma invisible. El dispositivo era pequeño, de unos quince centímetros de largo, y semejaba un telescopio en miniatura. Sin embargo, ella sabía que era maligno y sabía por qué estaba allí. Lo había localizado por pura casualidad. Probablemente había cruzado el haz de media docena de aparatos parecidos mientras avanzaban por el bosque, pensó. De hecho, los tres ya habían previsto que eso ocurriera. Era el deber de su hermano mantener ocupada a la gente del interior de la casa y desviar su atención de la segunda oleada del asalto.
Diana se agachó a su lado, y Susan señaló el dispositivo.
– ¿Tú crees que nos han visto? -preguntó Diana.
– No, creo que les interesa más Jeffrey. -No reveló lo que estaba pensando: si su hermano se equivocaba respecto a esto, tal vez los tres morirían esa noche.
Diana Clayton movió la cabeza afirmativamente.
– Déjame recuperar el aliento -musitó.
– ¿Te encuentras bien, mamá? ¿Puedes seguir?
Diana tendió el brazo y le dio un suave apretón a la mano de su hija.
– Sólo me estoy haciendo un poco mayor, ¿sabes? No estoy tan en forma como tú para salir de excursión al bosque en plena noche. De acuerdo, vamos.
A Susan se le ocurrieron varias réplicas, y todas le parecieron ridículas, aunque se dio cuenta de que lo más ridículo de todo era que su madre enferma de gravedad estuviera atravesando penosamente un bosque laberíntico con pocas ideas en mente aparte del asesinato. Echó una mirada furtiva a Diana, como intentando calibrar la fuerza y la resistencia de la mujer mayor. Pero sabía que era imposible evaluar estas cualidades con un solo vistazo, que forma parte de la naturaleza de todos los hijos, por muy adultos que sean, creer que sus padres son más fuertes o más débiles, más virtuosos o más imperfectos de lo que son en realidad. Susan supuso que su madre tendría muchos recursos que ella ni siquiera sospechaba, y decidió confiar en ellos, fueran los que fuesen.
Apartó la mirada y la dirigió a la casa de su padre. De pronto cobró consciencia de que pocas semanas atrás el único sentimiento que le había inspirado su hermano era la confusión y que ahora estaba deslizándose por entre el musgo húmedo y los arbustos retorcidos, con un arma en las manos, mientras él se exponía al peor de los peligros y dependía de ella para inclinar la balanza a su favor. Se mordió con fuerza el labio y continuó caminando.
Diana la seguía, sorteando los obstáculos. Le vino a la cabeza un pensamiento de lo más extraño: Susan estaba más hermosa de lo que la había visto nunca. Entonces una rama salió impulsada hacia ella como un resorte y la esquivó. Soltó una obscenidad y reanudó su trabajosa marcha.
Con las armas bien sujetas, continuaron abriéndose camino entre los árboles, rodeando su objetivo, a paso lento pero inexorable, en dirección a la parte posterior, esperando que sus movimientos pasaran inadvertidos para los ocupantes de la casa.
Jeffrey estaba sentado en el borde de un lujoso sofá de piel oscura en el espacioso salón de su padre, rodeado de cuadros caros colgados en las paredes, una mezcla de colores modernistas vibrantes salpicados en lienzos blancos y obras más tradicionales, visiones estilo Frederic Remington del Viejo Oeste, con vaqueros, indios, colonos y carromatos cubiertos, en posturas idealizadas y nobles. Había varios objetos artísticos pequeños distribuidos por toda la estancia de techo bajo: jarrones y tazones indios; una lámpara de cobre batido a mano con una pantalla bruñida; alfombras auténticas tejidas por navajos en el suelo. Sobre una mesita de centro con superficie de cristal, junto a un grueso libro sobre Georgia O'Keeffe, había una serpiente de cascabel enroscada y momificada, con la boca abierta de par en par y los colmillos bien a la vista. Era el salón de un hombre rico, y pese al batiburrillo de diseños y estilos, rezumaba cultura y un gusto exquisito. Jeffrey dudaba que hubiese una sola reproducción en la casa.
Su padre estaba sentado en una butaca de madera y cuero, frente a él. El chaleco antibalas, la metralleta y la semiautomática de Jeffrey yacían en un montoncito a sus pies. Caril Ann Curtin se hallaba de pie, justo detrás de la butaca, con una mano sobre el hombro de su marido, y empuñando con la otra una pistola semiautomática pequeña, de calibre.22 o.25, supuso Jeffrey, y con un cilindro silenciador acoplado. «El arma de una asesina -pensó-. Un arma que mata con sigilo y un sonido apenas perceptible, como el de una botella al descorcharse.» Ambos iban de negro; su padre llevaba téjanos y un jersey de cuello vuelto de cachemira, y Caril Ann unos pantalones con trabillas y un suéter de lana tejido a mano. Por su aspecto y su porte, él aparentaba menos años de los que tenía. Era esbelto en extremo, se conservaba atlético; tenía la piel tersa, ligeramente tirante sobre los músculos nudosos. Tenía cierto aire de felino, una languidez de movimientos que sin duda entrañaba rapidez y fuerza. Tocó con la punta del pie las armas amontonadas en el suelo, y una leve expresión de repugnancia asomó a su rostro.
– ¿Has venido a matarme, Jeffrey? ¿Después de todos estos años?
Jeffrey escuchó la voz de su padre, que evocó en él los tonos que había oído hacía mucho tiempo, como si de pronto, años después, lo asaltase el recuerdo de un mal momento al volante de un coche, una carretera resbaladiza, un patinazo, un volantazo que salvó la situación por los pelos.
– No, no necesariamente. Pero sí que he venido preparado para matarte -repuso despacio.
Su padre sonrió.
– ¿Insinúas que habría habido alguna posibilidad de que no me abatieses a tiros si tu acercamiento más bien torpe hubiera pasado desapercibido?
– No me había decidido aún. -Al cabo de una pausa, Jeffrey añadió-: Sigo sin decidirme.
El hombre conocido ahora como Peter Curtin, y en otra época como Jeffrey Mitchell, entre otros nombres, seguramente, sacudió la cabeza y lanzó una mirada a su esposa, que no se inmutó y siguió observando al intruso de esa noche con el odio patente de un espectro.
– ¿En serio? ¿De verdad creías que esta noche llegaría a su fin sin que uno de los dos muriese? Me cuesta imaginarlo.
Jeffrey se encogió de hombros.
– Tú creerás lo que quieras -espetó.