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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Desde donde estaba, no alcanzaba a determinar la forma o el tamaño de la puerta. No se apreciaba la menor fisura en la pared de la casa. Si el contratista no les hubiera hablado de la puerta, ella no habría creído que estuviera allí. No tenía la menor idea de dónde se hallaba escondido el pomo, ni de cómo se abría, y cayó en la cuenta, también, de que quizá no hubiese manera de abrir la trampilla desde el exterior. Sin embargo, le parecía mucho más probable que hubiese algún mecanismo de apertura oculto. El problema sería dar con él.

Y que no estuviese cerrado con llave.

«Se acaba el tiempo», pensó.

Susan echó un último vistazo a las ventanas, intentando avistar a su hermano o cualquier tipo de movimiento en el interior, algún indicio de lo que estaba ocurriendo, pero no vio atisbo de actividad. Tensó los músculos de los brazos, contrajo los de las piernas y le habló a su cuerpo, como si de un amigo se tratase, diciéndole:

– Muévete deprisa, por favor. Sin vacilar. Sin detenerte. Tú sigue adelante, pase lo que pase.

Respiró hondo, empuñó con fuerza su metralleta y, de pronto, sin ser consciente de haberse levantado y abalanzado hacia delante, se encontró corriendo medio agachada a través del claro iluminado. En ese momento no podía fijarse en otra cosa que en el terrible resplandor que parecía envolverla en calor y agredirla con una luminosidad que la hería como una cuchilla. El aire fresco del bosque quedó atrás y cedió el paso a un viento asmático, resollante y vaporoso. Tenía la sensación de que le pesaban los pies, como si estuvieran recubiertos de cemento, y cada vez que su zapato patinaba sobre la hierba húmeda con el más leve de los chirridos, a ella se le antojaba el ruido de una alarma. Creía oír gritos de alerta, sirenas que rompían a ulular. Una docena de veces percibió el estampido de un disparo, y una docena de veces se figuró que una bala impactaría contra ella mientras corría en el filo de la navaja entre la realidad y la alucinación. Extendió los brazos hacia la casa como una nadadora que se estuviera quedando sin aliento, esforzándose por alcanzar la pared al final de una carrera desesperada.

Y entonces, casi tan rápidamente como había arrancado a correr, llegó.

Susan se apresuró a guarecerse en una sombra tenue y se apretujó contra el revestimiento de tablas anchas de la pared, intentando encogerse para llamar la atención lo menos posible, después de haber corrido de forma tan patosa, torpe y ruidosa. El pecho le subía y bajaba agitadamente, tenía el rostro congestionado y jadeaba, aspirando el aire de la noche, intentando calmarse.

Aguardó por un momento, dejando que los tambores de la adrenalina dejaran de batirle en las orejas, y luego, cuando sintió que había recuperado, si no el control absoluto, sí al menos parte de él, dio media vuelta, se arrodilló sobre la tierra y comenzó a deslizar las manos por el exterior de la casa, intentando encontrar la trampilla que sabía que estaba allí.

Notó la textura rugosa de la madera bajo sus dedos, le pareció fría, y entonces encontró un resalto muy estrecho, oculto por los paneles que recubrían la pared. Continuó buscando y descubrió un par de bisagras escondidas bajo la madera. Animada por ello, procedió a probar cada panel, con la esperanza de que uno de ellos se alzara y dejara al descubierto algún picaporte que pudiera hacer girar. No había empezado aún a preguntarse qué haría si la trampilla se hallaba cerrada con llave. Todavía llevaba la palanca pequeña sujeta al cinturón, pero su utilidad era dudosa.

Probó todos los listones, pero no encontró ningún pomo.

– Maldita sea -siseó-, sé que estás por aquí en algún sitio. -Continuó tirando de cada pieza, en vano-. Por favor -dijo.

Se inclinó más y deslizó las manos por el espacio en que la estructura de madera de la casa se unía al hormigón de los cimientos. Allí, bajo el reborde de la madera, palpó una forma metálica, parecida a un gatillo. La toqueteó por unos instantes, luego cerró los ojos, como si temiese que el aparato explotase cuando lo apretara, pero sabiendo que no tenía elección.

– Ábrete, sésamo -musitó.

El mecanismo de apertura emitió un leve chasquido, y la puerta se soltó.

Titubeó de nuevo, durante el suficiente rato para respirar lo que pensaba que podía ser la última bocanada de aire seguro que saborearía en la vida y luego, con sigilo, empezó a abrir la puerta. Esta soltó un crujido desagradable, como si trozos de madera pequeños se hubiesen astillado. Cuando la hubo levantado unos veinte centímetros echó un vistazo por encima del borde al interior de la casa.

Estaba contemplando un espacio a oscuras. La única luz de la habitación era la procedente de los focos del patio, que se colaba por la rendija que acababa de abrir. Había un pequeño descansillo de madera, y luego un modesto tramo de escaleras que bajaba hasta un suelo lustroso y reflectante, de un brillo casi plástico. Supuso que se trataría de algún material liso y sin poros. Fácil de limpiar. Las paredes de la habitación eran de un blanco radiante.

Susan tiró de la puerta a fin de abrirla un poco más, lo suficiente para poder pasar por ella, y con ello entró más luz adicional, que iluminó los rincones más apartados de la habitación. La voz sonó sólo un instante antes de que ella viese a la figura, acuclillada contra una pared.

– Por favor -oyó Susan-, no me mates.

– ¿Kimberly? -respondió Susan-. ¿Kimberly Lewis?

El rostro que había permanecido oculto se volvió hacia ella, adoptando una expresión de esperanza.

– ¡Sí, sí! ¡Ayúdame, por favor, ayúdame!

Susan advirtió que la joven estaba esposada de pies y manos, y sujeta por medio de una cadena de acero a una anilla encastrada en la pared. Había otras dos anillas sin usar, a la altura de los hombros y separadas entre sí. Kimberly se hallaba desnuda. Cuando se encogió al igual que un perro que teme que le peguen, se le marcaron las costillas, como si estuviese famélica.

Susan entró por la trampilla, bloqueando la débil luz por un instante, y luego se apartó de la puerta, dejando que un poco de claridad alumbrara las escaleras para que pudiera bajar a donde estaba la chica.

– ¿Te encuentras bien? -dijo, y al momento le pareció una pregunta soberanamente estúpida-. Me refiero -se corrigió- a si estás herida.

La adolescente intentó agarrarse a las rodillas de Susan, pero la cadena le impedía moverse más de treinta centímetros o medio metro en cualquier dirección. Tenía las piernas manchadas de sangre seca y heces. Hedía a diarrea y a miedo.

– Sálvame, por favor, sálvame -repitió la joven, presa del pánico.

Susan se mantuvo fuera del alcance de sus manos. «Unas veces -comprendió-, hay que tenderle la mano a la persona que se ahoga. Otras, más vale guardar las distancias porque de lo contrario puede arrastrarte al fondo consigo.»

– ¿Estás herida? -preguntó con severidad.

La adolescente soltó un sollozo y negó con la cabeza.

– Intentaré salvarte -dijo Susan, sorprendida por la frialdad de su propia voz-. ¿Hay alguna luz aquí dentro?

– Sí, pero no. El interruptor está en la otra habitación, fuera -contestó la chica, señalando con la barbilla a una puerta situada al fondo de la sala.

Susan asintió y recorrió con la vista el espacio que alcanzaba a ver. Había un rollo grande de lo que parecía ser lámina de plástico apoyado en una pared. El techo estaba recubierto de una gruesa capa de material de insonorización. A unos tres metros de donde Kimberly se hallaba encadenada, en el centro de la habitación, Susan vio una silla de madera y respaldo duro y un atril de tubos de acero con varias partituras abiertas en él.

Susan atravesó la estancia despacio. Posó con cuidado la mano en la puerta que daba al cuerpo principal de la casa. El pomo no giraba. La puerta estaba cerrada con llave. Vio una cerradura, pero no había manera de abrir desde el interior de la habitación.

«La llave debe de estar al otro lado -pensó-. Este no es un cuarto del que se supone que nadie debe salir.» En ese momento no estaba segura de por qué su padre no había asegurado la trampilla oculta que se abría al mundo exterior. De pronto la asaltó la espeluznante idea de que él quería que ella entrara por allí.

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