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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Diana sacudió la cabeza.

– Ella es una víctima, como nosotros. Peor aún. ¿Por qué habríamos de…?

– Tal vez lo fue alguna vez -la interrumpió Jeffrey-. Tal vez si ella hubiera huido cuando aún estaba a tiempo, como huiste tú con nosotros. Tal vez si hubiera puesto tierra de por medio cuando descubrió por qué la quería a su lado y por qué la aleccionaba y por qué estaba ella allí para apoyarlo. Tal vez podría haberse salvado entonces. La mujer a quien debe su nombre, Caril Ann Fugate, puso sobre aviso al policía del estado de Nebraska que topó de forma bastante fortuita con ella y Charles Starkweather. Salvar a ese agente de su amante probablemente la salvó a ella de acabar en el patíbulo. De modo que tal vez, tal vez. Tal vez cuando lleguemos allí, ella decida salvarse. -Clavó en su madre una mirada intensa-. Pero no cuentes con ello. -Su tono era frío como el aire de la noche.

– ¿Y Geoffrey? -insistió Diana-. ¿Tu tocayo? Sólo es un adolescente. ¿Qué sabemos de él realmente?

– ¿Realmente? Nada. Nada con certeza. De hecho, espero que no esté aquí esta noche. Tendremos más posibilidades si somos tres contra dos. Tres contra tres podría resultar duro. De todos modos, supongo que no estará, pues tengo la impresión de que el Control de Pasaportes en este estado es bastante eficiente.

– Pero… -comenzó Susan. Hizo una pausa y terminó su frase-: Supón que es… que es peligroso. ¿Será como él o como nosotros?

– Bueno -contestó Jeffrey-, ésa es una distinción que todos tendremos que determinar esta noche, ¿no? -No quiso esperar a que su hermana respondiera antes de continuar-: Mira, se trata de un proceso. De un desarrollo. No es algo que ocurra sin más. Hace falta alimentarlo. Es como un experimento científico que tarda años en rendir fruto. Añades los elementos adecuados (crueldad, tortura, perversidad, abusos), en los momentos indicados, a medida que un niño crece, y obtienes algo perverso y retorcido. Mamá nos apartó de él justo cuando ese proceso estaba comenzando. ¿Me preguntas por el hijo nuevo? No lo sé. Ha estado ahí desde el principio. Esperemos que esté en la escuela.

– Sí, en la escuela. Pero no en la que se supone que debería estar -observó Susan con dureza.

– Nada es como se supone que debería ser -dijo Jeffrey-. Ni tú, ni yo, ni él, ni este estado entero. Calculo que quedan entre sesenta y noventa minutos para que llegue el Servicio de Seguridad. Vendrán helicópteros y unidades de Operaciones Especiales, con armas automáticas y gas lacrimógeno. Tendrán órdenes de erradicar el problema. Sería prudente no interponernos en su camino. Hagamos lo que hagamos, debemos hacerlo en el lapso de una hora. ¿Entendido?

Madre e hija asintieron.

Diana les recordó el otro factor:

– ¿Y qué hay de Kimberly Lewis? Supongamos que está viva.

– La rescataremos. Si es posible. Pero debemos enfrentarnos primero a nuestro problema.

Esto preocupaba a Diana. Susan parecía comprenderlo mejor. Recibió esta orden de su hermano con un gesto de resignación.

– Haremos lo que podamos -dijo.

Jeffrey esbozó una sonrisa lánguida, echó un brazo a los hombros de su hermana y le dio un apretón. Luego se volvió y abrazó a su madre brevemente, sin nada más que una muestra de afecto momentánea y rutinaria, como si el viaje que se disponía a emprender fuese tan previsible y normal como parecía serlo el mundo que los rodeaba.

– Nos vemos allí delante -dijo, intentando inyectar serenidad y determinación a su voz-. Aseguraos de darme tiempo suficiente para atraer su atención.

Dicho esto, Jeffrey dio media vuelta y se alejó a paso rápido por el camino de acceso, con las armas terciadas, y la negrura de la noche lo engulló enseguida.

Los ojos de Jeffrey tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad, pero cuando eso ocurrió alcanzó a entrever la forma del sendero, que serpenteaba entre filas densas de árboles cuyas copas se extendían sobre el angosto espacio y casi no dejaban que se filtrase la luz de la luna y las estrellas. Escuchó con atención la noche que lo rodeaba, el rumor ocasional de ramas que se frotaban una contra otra cuando soplaba una ráfaga de viento, mezclado con el sonido ronco de su propia respiración. Notaba una sequedad invernal en la garganta y al mismo tiempo una pegajosidad propia del verano en las axilas a causa del sudor provocado por el nerviosismo. Caminaba hacia delante, sintiéndose como un hombre a quien le habían pedido que inspeccionara su propia cripta.

Sospechaba que ya había activado una alarma dentro de la casa; los detectores debían de ser sensibles al calor y al volumen y hallarse ajustados de modo que no saltaran por alguna zarigüeya o mapache que pasaran por el bosque, aunque probablemente se disparasen si un ciervo de cola negra se aventuraba a acercarse demasiado a la casa. Sin embargo, Jeffrey sabía que esa noche no pasarían por alto la alarma atribuyéndola a un animal. Instaladas en lo alto de los árboles, en algún lugar, habría cámaras que captarían su avance por el camino. Aun así, se movía cautelosa y pausadamente, como si confiara en que nadie lo vería acercarse. «Esto es importante -pensó-. Mantener la ilusión. Hacerle creer que estoy solo y que no tengo ni el sentido común ni la experiencia para evitar caer en la trampa.»

El sendero torcía en ángulo recto hacia la derecha, y Jeffrey se quedó al abrigo de los últimos árboles que se alzaban al borde de una extensión de césped despejada y bien cuidada al pie de una loma. La casa se encontraba a unos cincuenta metros, justo en el centro de la suave elevación. No había matas, ni obstáculos, ni formas tras las que ocultarse al acercarse por ese último tramo de terreno. La luz de la luna bañaba la hierba, que despedía un brillo plateado como un estanque apacible.

La casa era de dos plantas y diseño del Oeste actualizado; moderna, amplia, con un exterior elegante y atractivo que denotaba que se había gastado dinero en detalles. Estaba totalmente a oscuras, sin atisbo de luz por ninguna parte.

Jeffrey exhaló despacio, parado al borde del claro, entornando los párpados y mirando al frente.

Intentó imaginarse la casa como una fortaleza, como un objetivo militar. Se llevó las gafas de visión nocturna a los ojos y comenzó a escrutar el exterior. Había arbustos bajo cada ventana de la planta baja. Supuso que no se trataría de arbustos comunes y corrientes; debían de estar repletos de espinas afiladas como cuchillos y resultar, por tanto, impenetrables. Además, estarían plantados en grava suave del tipo que hace un ruido inconfundible cuando se pisa.

A un lado vislumbró una galería acristalada, pero incluso ese recinto estaba rodeado por densas marañas de arbustos.

Jeffrey sacudió la cabeza. Había tres formas de entrar: por la puerta principal, por una puerta trasera o por la entrada oculta a la habitación en que Kimberly Lewis había aprendido que el mundo no era precisamente el sitio seguro y perfecto que le habían contado. Desde donde él estaba no veía la puerta de atrás, pero recordaba su ubicación en los planos; a un lado de la cocina. Sin embargo, ésa no sería su característica más destacada, pensó, sino un campo de disparo despejado tanto en el exterior como dentro.

Jeffrey bajó los prismáticos para continuar buscando algún otro punto de acceso a la casa aparte de las dos puertas, delantera y trasera, sabiendo que no lo encontraría. Se encogió de hombros y pensó que no era tan terrible: cuando uno va a enfrentarse a algo maligno, tal vez sea más conveniente desde el punto de vista psicológico atacar de frente en lugar de intentar acceder por detrás a hurtadillas. Por supuesto, esperaba que su hermana fuese lo bastante juiciosa para colarse por la parte posterior, tal y como habían acordado. Le preocupaba este detalle; Susan tenía algo de impredecible, y podía tomar una decisión diferente. De un modo extraño, Jeffrey contaba con ello.

Observó de nuevo la casa a oscuras.

Que no viera ninguna luz no significaba nada. No creía que su padre hubiese huido, o que se hubiese ido a dormir. Sabía que su padre se sentía cómodo en la oscuridad y que nunca perdía la paciencia cuando esperaba a que su presa acudiese a él.

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