Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Jeffrey se percató de que tanto su madre como su hermana lo observaban.
– No está allí -dijo-, que es donde se supone que debería estar. Eso podría significar que está aquí…
El agente taciturno farfulló desde el asiento delantero:
– Pruebe con Control de Pasaportes. Ellos sabrán si está o no en el estado.
Jeffrey asintió.
– Se supone que tengo que ayudarles -prosiguió el agente, entre dientes-, pero mire que amenazarme con una pistola…
Jeffrey realizó la llamada. Gracias a su autorización de seguridad, obtuvo una respuesta rápida: Geoffrey Curtin, de dieciocho años, con domicilio en Buena Vista Drive 135, Sierra, había salido del estado el 4 de septiembre con destino a Ithaca, Nueva York, y aún no había regresado.
– Bueno -dijo Susan-. ¿Qué opinas? ¿Está aquí o no?
– Creo que no, pero debemos ser prudentes.
– Me llaman doña Prudencia -bromeó Susan.
– No, no es cierto -replicó Diana con aire sombrío-. Nunca te han llamado así.
La calle principal de Sierra estaba atestada de coches que daban bocinazos, encendían y apagaban los faros, y zigzagueaban por la calzada de dos carriles. Había adolescentes apretujados dentro de los vehículos, agarrados a la parte posterior de camionetas o saludando desde ventanas abiertas, armando en conjunto un gran jaleo. En la plaza central de la ciudad ardía una hoguera cuyas llamas anaranjado rojizo se elevaban casi hasta diez metros de altura hacia el cielo azul negruzco. Un coche de bomberos estaba aparcado discretamente a unos cincuenta metros, y media docena de bomberos, con una manguera a sus pies, miraban, sonriendo de oreja a oreja, con los brazos cruzados, a una fila de chicos que serpenteaba en torno al fuego, sus siluetas recortadas contra el fuego, girando. Dos coches del Servicio de Seguridad, con sus luces estroboscópicas rojas y azules marcando el compás, también se encontraban cerca de la multitud. No sólo había adolescentes; la muchedumbre estaba integrada tanto por personas muy jóvenes que estaban trasnochando mucho más de lo que era habitual en ellos, como por adultos igual de entregados a la danza, si bien de forma menos vigorosa y quizá considerablemente más ridícula. Los radiocasetes de un puñado de coches trucados tocaban una música rítmica de bajos graves que retumbaba en el aire. Estos sonidos quedaron ahogados por la marcha interpretada por una orquesta de viento que apareció doblando una esquina, con los instrumentos brillando bajo las luces mezcladas de los coches y del fuego.
– La final del campeonato de fútbol americano entre institutos -les informó el agente desde el asiento delantero mientras se abría paso cuidadosamente por entre el gentío-. Debe de haber ganado Sierra hoy. Ahora podrán jugar en la Super Bowl juvenil del estado. No está mal. No está nada mal.
El agente le tocó la bocina a un descapotable lleno de adolescentes que se había detenido delante de ellos. Los chicos se volvieron, riendo y gesticulando de manera animada pero no agresiva. Con una sacudida y un chirrido de neumáticos, la chica que iba al volante logró apartar el coche de su camino.
– Saldremos de esto enseguida. Parece que todo aquel que es alguien en esta ciudad ha venido aquí esta noche.
– ¿Cuánto tiempo más durará? -preguntó Susan.
El agente se encogió de hombros.
– Esa hoguera parece recién encendida. Y no veo que el equipo haya llegado todavía. Estarán esperándolos. Y también al entrenador. Y probablemente el alcalde y los concejales del ayuntamiento y Dios sabe quién más tendrán que coger un megáfono y decir algunas palabras. Me da la impresión de que la fiesta acaba de empezar. -El agente bajó la ventanilla y le gritó a una pequeña panda de chicas-. ¡Eh, señoritas! ¿Cómo ha quedado el marcador?
Las chicas se dieron la vuelta y miraron al agente como si acabara de llegar de Marte.
– Veinticuatro a veintidós -contestó una de ellas-. No he dudado ni por un momento. -Todas se rieron.
El agente sonrió.
– ¿Quiénes son los siguientes?
– ¿Las siguientes víctimas? -chillaron las chicas a la vez-. ¡Nueva Washington!
El agente volvió a subir la ventanilla.
– ¿Lo ven? -dijo-. Algunas cosas nunca cambian. El fútbol americano juvenil, por ejemplo.
Jeffrey contempló a la multitud y pensó que era una suerte. Si alguien los seguía, le resultaría sumamente difícil no perderlos entre tanta gente.
El agente viró para salir de la calle principal y pasó por debajo de una pancarta que decía: MANIFESTACIÓN EN LA PLAZA POR LA CATEGORÍA DE ESTADO, 24 DE NOV.
Jeffrey se volvió en su asiento para mirar la calle que dejaban atrás y asegurarse de que nadie los siguiera. Las luces y el ruido empezaron a difuminarse a sus espaldas. Pasaron junto a grupos de personas que se dirigían a toda prisa al centro de la ciudad, luego salieron de Sierra y se adentraron rápidamente en la oscuridad de una carretera angosta. Los árboles llegaban hasta el borde mismo del asfalto, y sus troncos negros parecían bloquear los haces de los faros. En cuestión de minutos, el mundo que los rodeaba parecía haberse vuelto más cercano, estrecho, enmarañado y nudoso. Pasaron junto a varios caminos particulares de casas cuyas luces apenas resultaban visibles en lo más profundo del mundo boscoso en el que se estaban internando. Entonces Jeffrey rompió el silencio.
– Pare el coche. Ahora.
El agente obedeció. Los neumáticos hicieron crujir la grava en el margen de la carretera.
Jeffrey tenía la pistola en la mano.
– Todos abajo -dijo.
El agente vaciló, luego posó la vista en el arma. Se desabrochó el cinturón de seguridad y se apeó.
Jeffrey hizo lo mismo. Respiró hondo, echó un vistazo a la calzada como para intentar ver más allá del límite de los faros y se volvió hacia atrás.
– Muy bien -dijo-. Gracias por su ayuda. Siento ser tan poco cortés. Dígame ahora mismo: ¿cómo nos están siguiendo la pista?
El agente se encogió de hombros.
– Se supone que debo dar cuenta de su paradero a una unidad especial. Las veinticuatro horas del día.
– ¿Qué clase de unidad?
– Especialistas en limpieza. Como Bob Martin. Jeffrey asintió.
– ¿Y si no reciben noticias suyas?
– Se supone que eso no debe ocurrir.
– De acuerdo. Entonces ha llegado el momento de que haga usted esa llamada.
– ¿Aquí, donde Cristo perdió el gorro? -soltó el agente-. No lo pillo.
– No. -Jeffrey sacudió la cabeza-. Aquí no. ¿Está en condiciones de correr?
– ¿Qué?
– ¿Está en buena forma? ¿Puede correr?
– Sí -respondió el hombre-. Puedo correr.
– Bien. La ciudad no queda a más de siete u ocho kilómetros de aquí. No debería tardar más de media hora o quizá cuarenta y cinco minutos, con esos zapatos que lleva. Una hora, tal vez, porque llevará consigo esto… -Le entregó al agente el maletín.
El hombre continuó mirando a Jeffrey, con más frustración que rabia.
– En teoría no debo separarme de ustedes -se lamentó-. Esas son mis órdenes. Me va a caer una buena.
– Dígales que yo le obligué. De hecho, es la verdad. -Jeffrey hizo un gesto con la pistola-. Además, estarán demasiado ocupados para echarle la bronca.
– ¿Qué se supone que debo hacer con esto? -El agente agitó el maletín.
– No perderlo -dijo Jeffrey. Sonrió brevemente y prosiguió-: Esto es lo que hará cuando llegue a la ciudad. Da igual que se haya quedado sin aliento o que le hayan salido ampollas en los pies: vaya directamente a la subcomisaría local del Servicio de Seguridad. No se distraiga con la hoguera ni las celebraciones. Camine sin detenerse hasta la subcomisaría. Cuando llegue, llame a su unidad de asesinos. Luego, telefonee al director. No se ponga en contacto con su supervisor, ni con el comandante de guardia, no llame a su mujer ni a nadie más. Llame al director del Servicio de Seguridad. Da igual dónde esté o lo que esté haciendo; accederá a hablar con usted. Créame. Si lo hace, salvará su empleo. Porque durante los próximos minutos, usted se convertirá en la única persona en el mundo con quien él querrá hablar. ¿Lo entiende? Bien, cuando lo tenga al otro lado de la línea (a él y a nadie más, ni secretarias, ni ayudantes, nadie), cuéntele exactamente lo que ha sucedido esta noche. Y dígale al director que yo le he dado un maletín que contiene información sobre la identidad del hombre que me pidió que encontrara, así como su dirección y algunos detalles sobre su familia. Seguramente querrá saber adónde hemos ido, y usted le dirá que la dirección está en esos dossieres, pero que nos hemos adelantado porque en este punto su problema y el nuestro divergen. ¿Se acordará de decírselo, exactamente en estos términos?