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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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En aquellos días no habían hablado sino de los exámenes… Ahora éstos quedaban atrás. Ignacio sintió algo hondo, al igual que Ana María. Por sus mentes desfilaban recuerdos de mar y de balones azules… Y sin darse cuenta, se sorprendían con las manos enlazadas.

Ignacio se sentía tan lleno de Ana María que comprendía que debía aclarar de una vez para siempre la situación. ¡No era fácil! Dio muchos rodeos. Habló incluso de la operación sufrida por su madre, Carmen Elgazu, y, por descontado, de Manolo, en cuyo bufete él encarrilaría definitivamente su destino profesional. Por fin, se decidió.

– Ana María -dijo-, hoy es un día muy grande… Hay otra noticia, además del aprobado: estoy completamente decidido a romper con Marta.

Ana María retiró su mano. En San Feliu de Guíxols, el verano anterior, había tenido la íntima seguridad de que aquello sucedería, de que Ignacio un día pronunciaría aquellas palabras. Y el comportamiento del muchacho desde su llegada a Barcelona la había confirmado en esa opinión. Sin embargo, al oírlas en voz alta, sílaba por sílaba, le penetró algo parecido al miedo. ¿Es que podía pasarse así, de una mujer a otra, en una mesa de café?

Ignacio intuyó los escrúpulos de la muchacha y le dio toda clase de explicaciones.

– Comprendo tus reservas, Ana María. No hace falta que digas nada. Pero he agotado todos los recursos. Ni yo podría hacer feliz a Marta ni ella podría hacerme feliz a mí. Si la conocieras te darías cuenta de que tengo razón. Ambos cometeríamos un tremendo error -luego añadió-: Lo que ocurre es que he sido un insensato llevando las cosas tan lejos…

Ana María era feliz por dentro. Se daba cuenta de que Ignacio no mentía, de que esta vez aquello era definitivo. Pero no podía dejar de pensar: "¡Si esto me ocurriera a mí, me volvería loca!".

Por fortuna, Ignacio dio con las frases justas. Él necesitaba una mujer alegre, afectuosa y que no tuviera que luchar para colocarlo a él detrás de José Antonio, o de los Albergues Juveniles, o de los documentales cinematográficos del III Reich. En el matrimonio se jugaba uno la vida entera. Marta encontraría a la larga otro nombre: probablemente, un militar. Cuando la herida se le hubiera cicatrizado. Él, desde que conoció a Esther, comprendió que necesitaba una mujer que se le pareciera. Y Ana María le ofrecía esta posibilidad. Ana María era capaz de jugar al tenis, de enviar crismas y de otras mil cosas por el estilo. Y era femenina por los cuatro costados, hasta el punto de guardarse, como acababa de hacer, los envoltorios de los dos terrones de azúcar que ellos se habían tomado en el café.

Ana María, por fin, agachó la cabeza… sonriendo. Y se declaró vencida -o vencedora-, al margen de los escrúpulos, que por otro lado honraban a su sensibilidad. Entonces tuvo un rapto de alegría. Se acercó a Ignacio y le dio un fortísimo beso en la mejilla, que era como el sello del pacto que acababan de hacer.

– Yo te quiero, Ignacio. Te quise desde el primer día… Pero eso tenía que ser limpio. Ahora creo que lo está. ¡Dios, qué alegría! ¿Te das cuenta de que yo también he aprobado? ¡Pídeme otro café, por favor!

Ignacio y Ana María se aislaron otra vez… y el amor, ya sin niebla, embelleció sus semblantes. Se pasaron una hora regodeándose con el pensamiento del futuro que los aguardaba, mientras allá al fondo, los dos ancianos continuaban fumando y jugando a las damas.

– ¡Ignacio!

– Ana María…

Ana María reclinó la cabeza en el hombro del muchacho.

– Te escribiré todos los días… -susurró.

– Y yo te contestaré.

– ¿Sabes? En julio nos instalamos ya, otra vez, en San Feliu ¿Cuántas veces irás a verme?

– Cada semana. Los domingos.

– A ver si es verdad.

Ignacio simuló repentinamente asustarse.

– ¿Crees que todavía habrá guardias civiles en la playa?

Ana María hizo un mohín.

– Eso… supongo que no habrá cambiado.

– Bueno -aceptó Ignacio, encogiéndose de hombros-. Tendré que contentarme, como siempre, con mirarte sin estorbos debajo del agua.

No quedaba sino un problema que resolver, aparte el de la imprevisible reacción que, al enterarse, tuviera el padre de Ana María, "el cada vez más poderoso don Rosendo Sarró": ¿Cuándo y cómo Ignacio le diría a Marta esto ha terminado? Era preciso herirla lo menos posible. Ignacio dijo: "Regresaré a Gerona y esperaré la oportunidad… Lástima que no pueda contar con Pilar. Pilar quiere tanto a Marta, que se pondrá furiosa".

Ana María dijo:

– Lo dejo en tus manos. Y deseo con toda el alma que Marta consiga reaccionar.

La entrevista terminó, pues Ignacio quería tomar el tren aquella misma tarde. Salieron del bar del Frontón Chiqui y subieron a un taxi, en dirección a casa de Ezequiel, para recoger la maleta. Ana María en el trayecto reclinó al cabeza en el hombro de Ignacio y le pareció que en aquel coche había flores y lacitos blancos, como en los que conducían novias a la iglesia.

Ezequiel felicitó a Ignacio por el aprobado.

– Conque abogado, ¿eh? A ver si les zumbas a los estraperlistas…

Ignacio comentó:

– Ya lo hago.

El mismo taxi los condujo a la estación. Al llegar allí faltaban escasos minutos para que el último tren partiera. Se abrazaron fuertemente, en el andén. Las locomotoras echaban humo espeso y negro; pero este humo acabó desvaneciéndose en la gran nave e Ignacio pensó para sí que del mismo modo se habían desvanecido por fin, ¡ya era hora!, las dudas de su corazón.

Gerona recibió a Ignacio con banda de música. "¡Menudo telegrama! -exclamó Matías-. ¡El mejor que he recibido desde que estoy en la oficina!".

Destapóse champaña en casa de los Alvear. Champaña que, inesperadamente, mareó a Eloy, así como el de Navidad había mareado a tía Conchi. "¡Hupi…!", gritaba el chico, dando vueltas por el comedor y besuqueando a todos.

Marta participó en la ceremonia… más que nadie, pues se presentó en el piso de la Rambla con un obsequio que significó para Ignacio un mazazo en la cabeza: una placa dorada, idéntica a la que Manolo tenía en la puerta, y que decía: Ignacio Alvear, Abogado.

Ignacio palideció. No consiguió otra cosa que tartamudear:

– Gracias, Marta. Es un detalle… maravilloso.

Ignacio no sabía qué hacer con la placa. Todo el mundo advirtió su incomodidad. Marta comprendió que había gastado en balde su último cartucho. Y Pilar miró a Ignacio sin poder ocultar su irritada desazón.

Una hora después Ignacio había hecho ya las dos visitas inevitables: a Manolo y Esther, y al profesor Civil. Nuevos brindis. Manolo le dijo: "Mañana hablaremos de negocios. Ahora podremos trabajar en serio". El profesor Civil lo abrazó: "¡Bueno, Ignacio! Estaba seguro de que todo saldría bien.

Aquella noche, en la cama, Ignacio decidió esperar a que Marta estuviera en Palamós, en el Albergue Juvenil, para ir a verla… y comunicarle la decisión que había tomado, dolorosa e irrevocablemente.

CAPÍTULO XXXV

El padre Forteza llevaba más de dos horas en casa de los Alvear. Había ido allí cumpliendo una misión agradable: recoger datos sobre César, con vistas a la causa de beatificación del hermano de Ignacio.

Dicha causa había entrado en su fase legal y el señor obispo había nombrado al padre Forteza vicepostulador de ella; es decir, el jesuíta sería el encargado de buscar los testimonios y pruebas que pudieran resultar "favorables". Más tarde, no sólo expondría el resultado de sus investigaciones ante el Tribunal eclesiástico, sino que se encargaría de su defensa, mientras "el abogado del diablo", es decir, mosén Alberto, opondría las objeciones pertinentes, con el objeto de que el mencionado Tribunal, oídas ambas partes, decidiese si valía o no la pena proseguir el expediente y mandarlo a Roma.

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