Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
Preparó su modesta maleta con apresuramiento, con furia, con entusiasmo, y la vio sacar a la entrada de la casa Gould bajo las miradas curiosas del viejo portero, con verdadera fruición, con embriaguez.
Después, al llegar la hora, sentado solo en el gran landó, detrás de las mulas blancas, un poco al lado, el semblante contraído y envenenado por la violencia del esfuerzo para dominarse, con un par de guantes nuevos en la mano izquierda, partió en el carruaje hacia el puerto.
De tal modo se le ensanchó el corazón cuando vio a los Goulds en el puente del Hermes, que sus saludos de bienvenida se redujeron a un balbuceo inexpresivo. Mientras el landó regresó a la ciudad, los tres permanecieron silenciosos; y ya en el patio de la casa, el doctor acertó a decir de un modo más naturaclass="underline"
– Les dejo a ustedes solos. Volveré mañana, si ustedes me permiten.
– Venga usted a almorzar, querido doctor Monygham, y venga pronto -dijo la señora de Gould con el velo echado y sin haberse quitado aún el vestido de viaje, volviéndose para mirarle al pie de la escalera; mientras en el primer descansillo la imagen de la Virgen, vestida de azul y con el Niño en brazos, parecía dispensarle una acogida de compasiva ternura.
– No espere usted hallarme en casa -le advirtió Carlos Gould. -Saldré temprano para la mina.
Después del almuerzo, doña Emilia y el señor doctor salieron lentamente por la puerta interior del patio. Ante ellos dilataron sus ámbitos los espaciosos jardines de la casa Gould, cercados por altas paredes, sobre las que se tendían las pendientes de los tejados vecinos, cubiertas de tejas rojas alternando con masas de sombra entre el arbolado de los alrededores y trozos de pradera inundados de sol. Una triple hilera de viejos naranjos rodeaba el conjunto. Jardineros de tez morena, descalzos, con camisas blancas como la nieve y anchas calzoneras, aparecían diseminados en toda la extensión del terreno, agachados sobre los lechos de flores, pasando por entre los árboles, arrastrando delgadas mangueras de caucho sobre la grava de los paseos, y los finos chorros de agua se cruzaban en graciosas curvas, destellando a la luz del sol, cayendo con un suave golpeteo sobre los arbustos y causando el efecto de verter una lluvia de líquidos diamantes sobre la hierba.
Doña Emilia, recogida en la mano la cola de un vestido claro, paseaba al lado del doctor Monygham, que lucia un luengo redingote negro y un sencillo lazo del mismo color sobre una pechera inmaculada. A la sombra de frondoso grupo de árboles, donde habían esparcidas algunas mesitas y sillas de mimbre, la señora de Gould se acomodó en un asiento bajo y holgado.
– No se vaya usted todavía -dijo al doctor, que no acertaba a pedir permiso para retirarse.
Con la barbilla descansando entre las puntas del cuello de la camisa, miraba con furtivo apasionamiento a la señora, con ojos que por fortuna eran redondos y duros como bolitas de mármol veteado, impotentes para dejar traslucir los sentimientos ocultos. Sentíase conmovido hasta derramar lágrimas de compasión al observar en el rostro de aquella mujer las huellas del tiempo y los indicios de agotamiento y cansancio que desfiguraban los ojos y mejillas de la "señora infatigable," como desde hacía años solía llamarla con admiración don Pepe.
– No se vaya usted todavía -insistía con afabilidad la señora de Gould. -Hoy tengo todo el día por mío. Aún no hemos regresado oficialmente. No vendrá nadie. Hasta mañana no se iluminarán las ventanas de la casa para una recepción.
El doctor se dejó caer en una silla.
– ¿Van ustedes a dar una tertulia? -preguntó con frialdad.
– Una veladita sencilla para los amigos que quieran venir.
– ¿Y sólo mañana?
– Sí. Carlos estará muy cansado después de pasar un día entero en la mina, y así yo… Me hubiera gustado tenerla para mí sola una tarde después de regresar a la casa que amo, porque ella ha visto toda mi vida.
– ¡Ah! Es claro -refunfuñó el doctor. -Las mujeres empiezan a vivir desde el día de su matrimonio. ¿No ha vivido usted antes un poco?
– Sí; pero ¿qué recuerdos puedo conservar de ese período? Entonces no había cuidados.
La señora de Gould suspiró; y así como dos amigos, tras una larga separación, suelen traer a cuenta el período más agitado de sus vidas, así doña Emilia y el doctor empezaron su plática hablando de la Revolución de Sulaco. A la señora le parecía extraño que los coautores y partícipes de ella olvidaran tan pronto sus horrores y escarmientos.
– Y, con todo -saltó el doctor-, nosotros, los que hemos desempeñado en ella nuestro papel, no dejamos de gozar nuestra recompensa. Don Pepe, aunque con demasiados años a cuestas, todavía puede tenerse a caballo. Barrios se emborracha hasta reventar, en alegre compañía de gente de su cuerda, más allá del Bolsón de Tonoro, en algún punto de la finca que llama su fundación. Y el heroico Padre Román -me imagino a veces al anciano padre ordenando la voladura sistemática de Santo Tomé, y profiriendo una piadosa jaculatoria a cada barreno, o tomando puñados de rapé entre las detonaciones-, el heroico Padre Román dice que no teme el daño que los misioneros de Holroyd pueden hacer a su grey mientras él viva.
La señora de Gould se estremeció un poco al aludir el doctor a la destrucción que estuvo a punto de sufrir la mina de Santo Tomé.
– ¡Ah! ¿Y usted, querido amigo?
– Yo hice la labor para que mi descrédito me habilitaba.
– Usted arrastró los peligros más crueles. Algo peor que la muerte.
– No, señora de Gould. Sólo la muerte… colgado de una cuerda. Y me veo recompensado por encima de mis merecimientos.
Monygham bajó los ojos, al notar la mirada de la señora fija en su persona.
– He hecho mi carrera… como usted ve -añadió el Inspector general de los Hospitales del Estado, levantando ligeramente las solapas de su finísimo redingote negro.
La dignidad del doctor, sostenida interiormente por el hecho de haber desaparecido casi del todo los sueños en que veía la figura del Padre Berón, se manifestaba en lo exterior por el contraste de su actual culto del ornato personal, algo inmoderado, con la antigua pobreza e incuria. Este cambio de atavío, mantenido dentro de severos límites de forma y color y de la perpetua frescura de las prendas, daba al doctor a la vez un aire profesional y festivo, poniendo además una chocante nota de incongruencia en su modo de andar y ceñuda expresión del rostro.
– Sí -continuó. -Todos hemos tenido nuestras recompensas…: el ingeniero jefe, el capitán Mitchell…
– A propósito -interrumpió la señora de Gould con su voz encantadora. -El pobre amigo hizo el viaje de la campiña a Londres sin otro motivo que el de visitarnos en nuestro hotel. Se portó con la ampulosa dignidad de siempre, pero se me figura que hecha de menos a Sulaco. Charló sobre "acontecimientos históricos" con tan caducos balbuceos que sentí ganas de llorar al oírle.
– ¡Hum! -refunfuñó el doctor. -Ha envejecido rápidamente, claro está. El mismo Nostromo se va haciendo también viejo, aunque no ha cambiado. Y hablando de ese individuo, tengo que decirle a usted una cosa…
Desde hacía un rato resonaban en la casa los murmullos de alguna ocurrencia inesperada. De pronto los dos jardineros que trabajaban en los rosales de una glorieta se arrodillaron e inclinaron la cabeza al pasar Antonia Avellanos, que apareció avanzando al lado de su tío.
Investido del capelo cardenalicio después de una breve visita a Roma, a que había sido invitado por la Propaganda, El Padre Corbelán, misionero de los indios salvajes, patriota de acción, amigo y protector de Hernández el ladrón, a quien había convertido y arrancado de su mala vida, se adelantó con pasos largos y lentos, enjuto y un poco encorvado, con las robustas manos cogidas a la espalda. El primer cardenal-arzobispo de Sulaco había conservado su porte rígido y austero, el porte del evangelizador de ferocidades selváticas. Se creyó que su inesperada elevación a la púrpura se había hecho con la mira de contrarrestar la invasión protestante de Sulaco, organizada por la Sociedad de Misiones subvencionada por Holroyd. Antonia, cuyo bello rostro se mostraba un poco ajado, levemente redondeada de formas, caminaba junto a su tío, con su elástico andar y altiva seriedad, sonriendo de lejos a la señora de Gould. Había traído al cardenal-arzobispo a visitar a la querida Emilia, sin ceremonia, sólo por un momento antes de la siesta.