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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Lentamente se dio cuenta de que el coche estaba sobre el terraplén, casi nivelado, y que Eileen hacía sonar el claxon. Retiró la cuerda, la enrolló y subió al coche.

—Buen trabajo —dijo Eileen.

Tim hizo un gesto de asentimiento y esperó. Si la energía y la determinación de Tim se habían agotado, ella aún conservaba las suyas.

—Muchos policías conocen este truco. Eric Larsen me lo explicó. Yo nunca lo había intentado... —Las ruedas del coche estaban sobre un raíl; Eileen dio marcha atrás y giró, y el vehículo se inclinó sobre el terraplén, avanzó de nuevo y de repente quedó equilibrado sobre ambos raíles—. Naturalmente, se necesitaba un coche adecuado —dijo Eileen, ya con menos tensión y más confianza—. Allá vamos...

El coche avanzó equilibrado sobre los raíles. Las ruedas tenían la anchura justa. Un nuevo mar plateado relucía a ambos lados. El coche se movía lentamente, se bamboleaba y recobraba el equilibrio, como si danzara, y el volante se movía constantemente bajo la dirección experta de Eileen.

—Si me hubieras contado esto no te habría creído —dijo Tim.

—No creía que tú pudieras subir aquí.

Tim no respondió. Vio claramente que las vías se hundían gradualmente en el agua, pero se reservó sus pensamientos.

Se deslizaban por aquel mar. Hacía horas que Eileen conducía sobre el agua. Tenía el ceño ligeramente fruncido, los ojos muy abiertos y estaba en una rígida postura vertical. Tim no se atrevía a hablarle.

No había nadie que les pidiera ayuda ni les encañonara. La luz de los faros y el resplandor de algún relámpago esporádico sólo les mostraba el agua y los raíles. Estos en algunos lugares quedaban totalmente sumergidos, y entonces Eileen reducía la marcha al mínimo y avanzaba a tientas. En una ocasión un relámpago iluminó el tejado de una gran casa, sobre el que había seis formas humanas embutidas en impermeables, las cuales se quedaron mirando aquel coche fantasmal que avanzaba a través del agua. Luego vieron otra casa, derrumbada y flotando sobre un costado, sin nadie en sus proximidades. En otra ocasión recorrieron kilómetros al lado de una plantación rectangular, un gran campo anegado del que sólo sobresalían las copas de los árboles.

—Me da miedo que nos paremos —dijo Eileen.

—Lo suponía. A mí me da miedo distraerte.

—No, háblame. No dejes que me amodorre. No quiero perder el contacto con la realidad. Esto es de pesadilla.

—Sí que lo es. Yo podría reconocer la superficie marciana de una ojeada, pero no hay ningún sitio así en el universo. ¿Viste a aquella gente que nos miraba?

—¿Dónde?

Naturalmente, ella no se había atrevido a apartar la vista de los raíles. Tim le habló de las seis personas en el tejado.

—Si sobreviven iniciarán una leyenda sobre nosotros, si alguien les cree.

—Me gustaría.

—Sería una leyenda como la del holandés errante... Pero no estaremos aquí para siempre. Estas vías nos llevarán hasta Porterville, y nadie tratará de detenernos.

—¿Crees que el senador Jellison nos admitirá en su propiedad?

—Claro que sí.

Y aunque aquella esperanza no se cumpliera, por lo menos estarían en una zona segura. Ahora lo importante era un truco mágico: ir hasta Porterville sobre vías de ferrocarril. Tim tenía que lograr que la mente de su compañera se concentrara en ello. Pero no esperaba la siguiente observación que ella le hizo.

—¿Me admitirán a mí?

—¿Estás loca? Eres mucho más valiosa que yo. Recuerda lo que ocurrió en el observatorio.

—Claro, después de todo soy una buena contable.

—Si en Springville están tan organizados como lo estaban en Tujunga, necesitarán un contable que se ocupe de la distribución de bienes. Es posible que tengan un sistema de trueque. Eso podría complicarse, si el dinero no vale nada.

—Tú si que estás loco, Tim —dijo Eileen—. Todo el que hace su propia declaración de la renta puede hacer cuentas. Todo el mundo menos tú. Tim. Los contables y los abogados dirigen este país, y quieren que todo el mundo sea como ellos, lo cual casi han conseguido.

—Ya no es así.

—Es mi opinión. Ahora hay contables a patadas.

—No me quedaré sin ti —dijo Tim.

—Ya lo sé. La cuestión es si nos dejan entrar o no. ¿Tienes hambre?

—Claro que tengo hambre, pequeña. —Tim buscó en el asiento trasero—. Tim nos dio crema de tomate y pollo con arroz. Todo concentrado. Podría poner las latas junto a la calefacción. ¿Puedes conducir con una sola mano?

—Me temo que no, en estas condiciones.

—Oh, no importa. Tampoco tenemos abrelatas.

Los pequeños milagros son más fáciles de comprender. Un pequeño milagro fue una carretera que sobresalía del mar y cruzaba las vías. Estas, de repente, aparecieron incrustadas en asfalto, y Eileen pisó el freno tan bruscamente que Tim estuvo a punto de golpearse con el parabrisas.

Pusieron los respaldos de los asientos en posición horizontal, se abrazaron y se dispusieron a dormir.

Eileen no tuvo un sueño tranquilo. Se movía, daba patadas, gritaba. Tim descubrió que si le pasaba la mano por la espalda se relajaba y dormía de nuevo, con lo que él también podía dormir un poco hasta la próxima vez. Se despertó sobresaltado en plena noche. El viento rugía, Eileen le clavaba las uñas y el coche se bamboleaba peligrosamente. Eileen tenía los ojos abiertos y apretaba los labios.

—Huracanes —dijo Tim—. Los han provocado los impactos en el océano. Por suerte hemos encontrado un lugar seguro. —Eileen no pareció tranquilizarse—. Aquí estamos a salvo —repitió Tim—. Podemos dormir tranquilos, que no nos ocurrirá nada.

Ella se echó a reír.

—¿Y qué ocurrirá si nos alcanza uno de estos huracanes cuando estemos en las vías?

—En ese caso, ojalá seas tan buena conductora como crees que eres.

—Oh, Dios mío —dijo ella y volvió a echarse a dormir, lo que a Tim le pareció increíble.

Se tendió junto a ella y se preguntó si los huracanes podían volcar coches. Uno podía apostar a que sí. Cuando se cansó de pensar en ello, pensó en el hambre que tenía. Talvez podría utilizar el parachoques para abrir una lata de sopa. Después de que pasara el huracán.

Dormitó un poco, hasta que le despertó el silencio total. Ni siquiera llovía. Buscó una lata de sopa y bajó del vehículo. Dobló un poco el parachoques, pero logró abrir la lata. Tomó un poco de la crema condensada de tomate y, al alzar la vista, vio estrellas en el firmamento.

—Qué hermoso —murmuró, y entró precipitadamente en el coche.

Eileen estaba sentada. Tim le dio la lata de tomate.

—Creo que estamos en el centro del huracán. Si quieres ver las estrellas, míralas rápidamente y vuelve.

—No, gracias.

La sopa estaba fría y viscosa. Ambos tenían sed. Eileen puso la lata sobre el techo para recoger agua de lluvia, y se acostaron de nuevo para esperar la mañana.

Llovió de nuevo, violentamente. Tim sacó un brazo por la ventanilla para coger la lata, pero ésta ya no estaba. Encontró la lata de cerveza abandonada en el suelo y la llenó dos veces con el agua que caía desde el techo del coche.

Horas después remitió la violencia de la lluvia y empezó a caer con suavidad. La luz grisácea era suficiente para ver el mar que les rodeaba y en el que flotaban multitud de cosas. Había cadáveres de perros, conejos y ganado, pero los cadáveres humanos les superaban en número. Abundaba la madera, procedente de árboles, muebles y paredes de casas. Tim bajó del coche, recogió un montón de madera a la deriva y la colocó ante el calefactor del vehículo.

—Si encontramos refugio, aún nos queda la otra lata de sopa —dijo Tim.

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