Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Por informada que esté la gente y por liberada que se sienta en materia sexual, le cuesta poner en práctica lo que otros predican.
En mi opinión, la sexualidad es el único sector en el que el hombre y la mujer de la época moderna, a pesar de la educación sexual y de la apertura de la sociedad, seguirán tropezando secretamente con preocupaciones y problemas en la mayoría de relaciones individuales.
A causa de estas interminables preocupaciones y problemas, la fascinación del tema de la sexualidad será eterna.
Por amplia que sea la libertad sexual, no podrá evitarse que los hombres y mujeres piensen en su fuero interno que en la sexualidad hay algo más, algo esquivo que no han conseguido apresar.
Y siempre anhelarán algo mejor a cualquier cosa que hayan conocido con cualquier compañero. La búsqueda, el deseo, el hambre de sexualidad perfecta y, por consiguiente, la preocupación por el tema de la sexualidad seguirá subsistiendo, sobre todo porque el acto sexual es tan íntimo, sencillo y relativamente breve, que jamás colma las aspiraciones de los participantes, sometidos a la influencia de los novelistas de todos los tiempos.
Pero ya basta. Me temo que, escribiendo este diario, me he dejado arrastrar demasiado por el tema de la sexualidad.
Al fin y al cabo, ¿qué es la sexualidad? Creo que Mae West, uno de mis primeros ídolos, lo definió insuperablemente al decir: "La sexualidad es una emoción en movimiento".
Muy bien, Mae. Volviendo a mi informe de la primera campaña del Club de los Admiradores, he anotado todas mis reacciones, consecuencia de mi perfecta experiencia sexual del lunes por la noche con el Objeto.
Sigamos. El martes por la noche, una vez el Perito Mercantil se hubo recuperado lo suficiente como para acompañarnos en nuestras actividades, yo entré en primer lugar, y mi satisfacción fue tan absoluta como en el transcurso del anterior encuentro.
Los demás se manifestaron igualmente satisfechos, pero me resisto a creer que hayan logrado conocer la totalidad del amor de una mujer que el Objeto ha reconocido que sólo me reserva a mí.
Reconozco sinceramente que estoy resentido, aunque lo disimule, contra mis compañeros del Club de los Admiradores, por tener que compartir con ellos, a estilo comuna, alguien que me ama y a quien yo amo con todo mi corazón.
Se trata de un sentimiento que, para ser fiel a nuestro pacto, tengo que arrancar de mi alma.
El miércoles por la noche, es decir, ayer, técnicamente el primer día de la segunda semana de nuestra memorable empresa, se produjo una variación.
El Mecánico y el Agente de Seguros la visitaron por la tarde, explicándole que deseaban dedicar la velada a jugar a las cartas.
Si bien no soy contrario a las sesiones diurnas, se me antoja extraño que un hombre prefiera pasarse la noche jugando a las cartas en lugar de pasársela en compañía del Objeto.
En cambio, el Perito Mercantil y un servidor de ustedes efectuaron sus habituales visitas nocturnas.
Por lo que a mí respecta, estuve en el séptimo cielo y en el octavo si lo hubiera.
He reservado para el final la descripción de la única nota discordante que se ha producido en el transcurso de los últimos días.
Me refiero a la acalorada conversación que tuvo lugar anoche y que me propongo exponer rápidamente antes de que el Mecánico regrese de su inspección automovilística.
Si bien no puede esperarse que un determinado grupo de hombres procedentes de ambientes y herencias genéticas muy distintas puedan estar en total armonía constantemente (sobre todo viviendo en una área limitada), cabe sin embargo esperar que las diferencias puedan resolverse a través de la discusión y la aplicación de la razón.
He comprobado que, siempre que estamos en desacuerdo, el Mecánico es incapaz de avenirse a razones.
El conflicto que tuvo lugar anoche es un perfecto ejemplo de su manera de pensar o, mejor dicho, de no pensar.
A mi regreso de una prolongada y apasionante cita con el Objeto, la dejé sumida en un profundo sueño, y yo, por mi parte, decidí leer un rato antes de entregarme igualmente a los brazos de Morfeo.
Al pasar por el salón, vi que el Mecánico y el Agente de Seguros se hallaban todavía ocupados jugando al “gin rummy”.
El Perito Mercantil se encontraba en su compañía en calidad de simple observador.
El Mecánico me hizo señas de que me acercara y dijo que ya se habían hartado de jugar al “gin rummy” y que, si me unía a ellos, podrían jugar al póker.
Yo le contesté que estaba profundamente inmerso en la lectura de “La olla de oro”, de James Stephens, que me proponía terminar aquella noche, antes de iniciar la lectura de un volumen de Lafcadio Hearn y una colección de ensayos críticos sobre el arte cinematográfico de D. W. Griffith.
El Mecánico me increpó por ser un aguafiestas y no participar en las actividades del grupo. Ello, en sí mismo, no hubiera bastado para apartarme de la lectura.
Pero al recordarme el Agente de Seguros que yo era el presidente del Club de los Admiradores y tenía la obligación de participar, comprendí que tal vez estaba obligado a conservar la unidad social del grupo anteponiéndola a mis egoístas intereses individuales.
Yo les dije que consideraría la posibilidad de unirme a ellos si jugábamos a la banca y no ya, al póker.
Les dije que era contrario al juego y que en el póker suele dominar el afán de dinero en detrimento de la habilidad y la distracción.
Los demás no se opusieron y me uní a ellos para jugar sobre la mesa del comedor.
El Mecánico preparó sendos tragos para sí y para el Agente de Seguros.
El Perito Mercantil y yo nos abstuvimos de beber.
Empezamos la partida llevando la banca el Perito Mercantil. El Mecánico, que siempre se toma todos los juegos en serio y es muy mal perdedor, jugó concentrándose mucho y sin apenas hablar.
De esta forma nos marcó a todos la pauta y nos dedicamos a barajar, a pasar y a jugar en suma casi en silencio.
Pero, al cabo de tres cuartos de hora, tal vez porque estaba a veinte puntos de su más inmediato oponente, o tal vez porque el alcohol le había soltado la lengua (para entonces ya se había tomado tres tragos), el Mecánico empezó a referirse a la sexualidad en general y al Objeto en particular.
Ahora, quince horas más tarde, no estoy en condiciones de recordar con exactitud todas las palabras que se pronunciaron, pero poseo una excelente memoria que me permite recordar el meollo de cualquier conversación en la que haya intervenido y estoy seguro de que lo que estoy poniendo sobre el papel constituye un fiel reflejo del espíritu que presidió anoche nuestra discusión.
Ingiriendo ruidosamente whisky, el Mecánico inició la conversación que tan siniestro sesgo adquiriría al final.
"Mirad, todos nos hemos estado contando lo colaboradora que se muestra la tía (es decir, el Objeto), lo estupenda que es y lo bien que nos lo estamos pasando con ella -dijo-.
Muy bien, eso es cierto y yo he sido el primero en reconocer que me gusta. Y lo sigo diciendo.
Por consiguiente, no vayáis a interpretar mal lo que os voy a decir. No reniego de nada que haya dicho antes. Sigo afirmando que está muy bien dotada, que está construida como es debido y que, es muy apasionada.
Pero permitidme que os diga que pensando en las dos últimas veces si me paro a reflexionar, bueno, tengo que decir que, cuando te metes allí abajo, reconozcámoslo a oscuras son todas iguales. Quienquiera que lo dijera dio en el blanco".
"Lo dijo Benjamín Franklin -le interrumpí yo-. Al aconsejar a un joven amigo, escribió que una vieja es preferible a una joven y, al poner sus razones, afirmó que las arrugas y el aspecto no importaban porque, "cubriendo la parte de arriba con un cesto y examinando sólo lo que hay de cintura para abajo, es imposible adivinar si una mujer es joven o vieja".