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Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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El idiota se sentía fascinado. Ella también lo estaba.

Se preguntó fugazmente si estaría repitiendo parte de algún guión que se hubiera aprendido de memoria en el pasado. Sospechaba que se estaba inventando las frases.

Tal vez la próxima vez que acudiera a ella algún guionista le dijera a Zigman que le mandara al cuerno. No te necesito, Asociación Americana de Escritores.

¿Creéis que todas las actrices son unas estúpidas, verdad? Pues, bueno, escritorzuelos, tengo una noticia para vosotros.

Con renovada confianza y en la cumbre de su inspiración, regresó a su máquina de escribir mental.

– Puesto que nos estamos sincerando el uno con el otro -dijo acariciando la barbilla del Soñador-, te desnudaré mi corazón.

No tengo nada que ocultarte. Sí, al principio me sentí ultrajada, maltratada y violada, como tú bien sabes. Estaba enojada y resentida, más con tus llamados amigos que contigo, porque tú me defendiste.

Pero después ocurrió algo fortuito y todo el mérito te corresponde a ti. Son cosas que siempre han sucedido a lo largo de la leyenda y la historia y acaban de suceder aquí mismo donde nos encontramos ahora. Puesto que fui secuestrada y tomada a la fuerza, no tenía más remedio que acabar conociéndote.

Y, poco a poco, la alquimia fue surtiendo efecto. Mi corazón cambió. La piedra se trocó en oro. El hielo se convirtió en calor. El odio se convirtió en amor.

La mujer que se oculta en mi interior había encontrado a un hombre, un hombre a quien amar.

Parecía que el Soñador estuviera presenciando la proyección de una película. Se le veía absorto y conmovido.

– No lo dices en serio.

– Claro que lo digo en serio, cariño. No hay razón para que no sea sincera contigo. Quiero ser sincera porque confío en ti y creo en ti y te amo.

Se inclinó hacia adelante, le levantó los brazos y se los pasó alrededor de su cintura. Reclinó la cabeza contra su pecho y pudo escuchar los latidos de su corazón.

– Te quiero -le dijo él con voz estrangulada-. No debiera pero…

– Sssss, escucha, cariño, debes creerme. Me he pasado todo el día y toda la noche esperándote impaciente. Quería verte y tocarte.

Has ocupado todos mis pensamientos, he vuelto a recordar nuestra unión, me he emocionado al revivir la consumación de nuestro amor, imaginándome y recordando los deliciosos momentos en que estuviste en mi interior, deseándote más, por favor, ven a mí aquí mismo.

Empezó a desabrocharle la camisa, le ayudó a desabrocharse el cinturón y a quitarse la camisa y los pantalones y se detuvo al llegar a los calzoncillos, que se quitó él solo.

El miembro brincó casi hacia arriba. Ella levantó los brazos.

– Ahora Yo. Quítame estas tonterías de encima, Date prisa, corazón.

El se apresuró a desatarle el cordón del sujetador. Sharon arrojó el sujetador a un lado y se recostó sobre los almohadones de la tumbona.

El le desató los cordones de las caderas y ella levantó las nalgas para que pudiera bajarle las bragas.

Se hundió en los almohadones, levantó las rodillas y separó las piernas con impaciencia.

Se extasió contemplándole el miembro, más tenso y rígido que nunca. Se extasió al advertir la humedad de sus anchos labios vaginales lubrificados.

Las relaciones amorosas de esta noche serían buenas, mejores que nunca. Se había perdido en la ficción.

– Métemelo -le suplicó-, lo quiero dentro.

Estaba en su interior, duro y hasta el fondo, y ella apretó los ojos con fuerza y se movió siguiendo el ritmo de sus arremetidas, gozando del placer que le producía la suave fricción contra las lubrificadas paredes vaginales.

Se había preparado de antemano las frases, había ensayado las exclamaciones de éxtasis y deleite, pero ahora lo había olvidado todo, su cerebro como vacío, y la vasija de abajo se le estaba llenando y llenando hasta rebosar.

Hasta ahora, en el transcurso de toda la semana anterior, había sido una simple espectadora de su actuación. Pero ahora formaba parte de la representación, se hallaba mezclada en ella, no veía ni oía sino que hacía y le hacían, y ambos permanecían estrechamente unidos.

Con cuanta pasión estaba gozando del ¿qué? ¿Del juego? No, del juego, no, de la unión, de pura sensación cutánea y carnal, de la sensación de unidad y del intenso y debilitante perfume de la secreción sexual y el amor.

Era necesario que se esforzara por recordar lo que estaba haciendo. ¿Recordar qué? Recordar conocer algo. Conocerlo ahora.

Conocer el goce de secundar al excitante donador de placer que tenía dentro.

Le agarró con las manos las nalgas que subían y bajaban.

Siguió con las manos sus movimientos ascendentes y descendentes. Abrió las manos y le golpeó los costados de… de lo que fuera.

Su firme carne le apresaba su carne de abajo, y el constante beso de su piel contra su clítoris distendido le estaba resultando insoportable.

Quería huir de aquel delicioso dolor, lo deseaba con toda el alma pero ya era demasiado tarde. Sus pensamientos ya no podían intervenir. Sus músculos interiores se estaban contrayendo y apresándole y soltando y volviéndole a apresar.

Santo cielo, se estaba ahogando. Se estaba partiendo en dos mitades. Santo cielo, santo cielo, me estoy desintegrando, no iba, no quería. no puedo, no, no, no, hhhh.

Elevó el cuerpo, se quedó rígida como un tablón, apretó los muslos a su alrededor para cerrar el dique, pero el dique estalló salvajemente derramándose en cascadas de vida, arrastrándola fuera de sí en cálidas oleadas sucesivas. Y paz.

Tardó varios minutos en poder pensar con lógica. Desde la cabeza a los pies parecía que estuviera descansando sobre una nube de algodón. Pero los engranajes de su cabeza se estaban empezando a poner poco a poco en movimiento.

¿Qué le había ocurrido? Eso no le había ocurrido allí ni poco ni mucho.

Es más, apenas recordaba la última vez que le había ocurrido, debía hacer más de dos años sin lugar a dudas. Sin esperarlo, sin querer y en contra de su voluntad, se había excitado.

Había gozado -o sufrido-de un orgasmo total y completo.

Le miró. Allí estaba, el que menos probabilidades tenía de lograrlo, acurrucado entre sus brazos, con su cuerpo desnudo agotado, satisfecho, saturado y en paz.

Le miró fijamente. Odiaba a aquel chiflado, a aquel palurdo de pueblo, exactamente igual que a los demás.

Bueno, tal vez no con la misma virulencia y constancia porque era un blanco demasiado irreal y evasivo, pero sí le despreciaba en cambio con una amargura que corroía toda objetividad.

La había esclavizado y maltratado exactamente igual que los demás. Y ella había accedido finalmente a fingir colaborar con él para utilizarle con vistas a su salvación. Y esta noche se había preparado a recibirle y distraerle con el exclusivo propósito de manejarle en su propio beneficio.

Y, sin embargo, aquel cerdo desgraciado, que ni siquiera podía considerarse un amante experto, había conseguido hacerle perder el control de la situación.

La había hecho abdicar de la soberanía de su inteligencia. Había hallado el medio de hacerle olvidar su deber, traicionar su causa y convertirla en marioneta de sus propias emociones.

No era posible que tal cosa le hubiera ocurrido con él. Pero había ocurrido. ¿O acaso habría tenido ella la culpa? Tal vez él no hubiera tenido nada que ver con su orgasmo. Tal vez había sido víctima de sí misma. Se había esforzado tanto en interpretar correctamente el papel y en superar todas sus actuaciones anteriores, que probablemente se había identificado demasiado con el papel que se proponía interpretar.

Un actor tiene que interpretar el papel pero no convertirse en el papel. Si se olvida del papel, es muy posible que olvide que está actuando. Y en tal caso se convierte en la persona que no es en lugar de la persona que es.

Como el pobre doctor Jekyll, que de tanto convertirse en el señor Hyde acabó no pudiendo volver a ser el doctor Jekyll, por haberse convertido sin querer en el señor Hyde.

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