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Fan Club

Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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– Muy bien.

Había vuelto del revés las copas del bikini en la esperanza de hallar alguna clave que le permitiera averiguar dónde había estado aquel tipo.

Pero no había tela bastante para que cupiera una etiqueta.

Examinó ahora las mullidas zapatillas de dormitorio y descubrió el cordel de una etiqueta que habían arrancado.

Rebuscó en el interior de la caja sin encontrar nada y después la levantó y se percató de que habían arrancado una etiqueta.

Analizó ahora el contenido de la bolsa más grande, que había depositado sobre el cesto de mimbre.

Había en ella como una docena de paquetes adquiridos en distintas secciones del establecimiento, todos ellos envueltos por separado.

Sacó y examinó los paquetes uno a uno y observó que habían arrancado las etiquetas y cortado cualquier inscripción que pudiera haber.

Había sacado los tres últimos paquetes de maquillaje para comprobar si quedaba en la bolsa alguna otra cosa cuando cayó al pavimento del cuarto de baño un trozo de papel amarillo que había permanecido oculto entre los paquetes.

Era un resguardo de compras con los precios muy débilmente marcados y rezó para que pudiera descubrir en él algo más que el simple nombre de la tienda.

Había introducido de nuevo los tres paquetes en la bolsa y había empezado a agacharse para recoger el papel cuando oyó su voz casi a su espalda a través de la puerta entreabierta.

– ¿Por qué tardas tanto, cielo? -le preguntó Yost-.

Quiero verte. Como no salgas, entro yo.

– Un mom… -empezó a decir ella casi gritando.

Agarró el trozo de papel. No disponía de tiempo para darle la vuelta.

Levantó la bolsa, levantó la tapa del cesto de mimbre lleno de toallas y arrojó el papel al interior del mismo.

Se irguió, se alisó el cabello y procuró recuperar el aplomo, pero se percató de que estaba temblando de la cabeza a los pies.

Se dirigió hacia la puerta. Tenía que terminar con aquella bestia cuanto antes.

– Prepárate, cariño -le gritó-. Comienza el desfile de modelos. Abrió la puerta con el pie y entró sensualmente en la habitación con la pelvis echada hacia afuera, igual que una modelo de alta costura.

él se encontraba desnudo junto a los pies de la cama, parecido a una enorme burbuja de rosada carne.

Avanzó hacia él poco a poco y comprobó que la estaba mirando con los ojos desorbitados.

– ¡Oh! -exclamó él.

Sharon se detuvo graciosamente, hizo una pirueta y se miró. Su abultado busto se escapaba por encima y por debajo del sujetador del bikini.

Las bragas del bikini eran tan ajustadas que, a través del algodón blanco, se adivinaba el pliegue vaginal.

– ¿No se te ocurre decir otra cosa? -le preguntó burlonamente.

Se contoneó frente a él con la pelvis echada hacia afuera para provocarle. Después le apoyó las manos sobre los hombros y se los comprimió suavemente.

– ¡Ay! -dijo él jadeando.

– ¿A qué esperas? -le susurró ella-. Yo me lo he puesto.

Ahora alguien me lo tiene que quitar.

Perdió de vista el lascivo rostro del tipo. Este se había arrodillado frente a ella. Tiró de los cordones de las bragas del bikini y éstas se abrieron por delante y por detrás al tiempo que Sharon separaba sus largas piernas y las dejaba caer.

Babeando y presa de excitación, él le hundió los ojos y después la nariz y la boca entre sus piernas.

Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

– No, no, cariño -le suplicó-. Levántate, por favor, déjame hacerlo a mí.

El se puso vacilantemente en pie, apuntándola directamente con su abultado miembro.

Ella se arrodilló sollozando y empezó a besarle.

El se apoyó contra el borde de la cama con los muslos temblorosos y empezó a emitir gritos entrecortados mientras ella se dedicaba a la tarea de costumbre.

Terminó en cinco minutos. Después corrió al cuarto de baño, se enjuagó la boca, regresó y le ayudó a sentarse en una silla. Se mostraba tan dócil y maleable como la masilla.

Le ayudó a vestirse y después le acompañó hasta la puerta mientras él le daba monótonamente las gracias por sus atenciones y amor.

Sharon oyó que se cerraba la puerta y el pestillo exterior y escuchó brevemente.

Tras asegurarse de que el tipo se había alejado pasillo abajo en dirección a los demás aposentos de la vivienda, corrió al cuarto de baño.

Sacó la bolsa que había encima del cesto de mimbre, levantó la tapa de éste y sacó el resguardo.

Era el resguardo de las compras de la farmacia, que debían haber doblado varias veces y deslizado debajo del papel de envoltura de algún paquete.

A Yost se le había pasado por alto. Sus ojos se posaron en la parte de arriba del resguardo, en la que podía leerse en letras mayúsculas azules: Droguería y Farmacia Arlington, Avenida Magnolia, Arlington, California. "Visite nuestro establecimiento de Riverside".

Arrugó rápidamente el trozo de papel y lo arrojó al excusado. Después echó agua. La prueba condenatoria desapareció inmediatamente.

Arlington, Arlington, Arlington, California. El dulce canto resonó por su cabeza. Intentó imaginarse un mapa del sur de California.

A excepción de Los Angeles, Beverly Hills, Bel Air, Westwood, Bretnwood, Santa Mónica, Malibú, el mapa estaba en blanco. Pero había toda una serie de localidades a escasa distancia de las numerosas autopistas y Arlington debía ser una de ellas.

Estaba segura de haber oído mencionar aquel nombre alguna vez. Lo recordó. Una vez había rodado unos exteriores, un breve desplazamiento que había tenido lugar hacía tres, cuatro o cinco años para la filmación de una persecución en una película del Oeste en la que había intervenido.

Después había concedido una entrevista a dos simpáticos periodistas del “Press” de Riverside y el “Times” de Arlington. Ambos periodistas se habían gastado bromas a propósito -sí, ahora lo recordaba-del hecho de no ser Arlington más que un simple suburbio de la ciudad de Riverside propiamente dicho.

Muy bien, ello significaba que no debía estar a más de una o dos horas de distancia de Los Angeles. Se encontraba en alguna zona montañosa de las cercanías de Arlington, California. Le dio un vuelco el corazón. Eso ya era algo.

Pensó que ojalá dispusiera de más datos pero se mostró satisfecha. Había resuelto el penúltimo problema. Quedaba por resolver el último de los problemas, del que dependería su vida o su muerte.

Se había preparado esmeradamente para su último visitante de la noche, tan esmeradamente como cuando se preparaba para salir a cenar con Roger Clay.

Se probó uno de los jerseys y una de las faldas y desechó ambas prendas; se probó después el camisón y también lo desechó y, al final, se puso el sujetador y las bragas del sucinto bikini y se gustó más que con ninguna otra cosa.

A continuación se maquilló cuidadosamente ante el espejo del cuarto de baño. En el transcurso de los últimos meses había ido prescindiendo progresivamente de los artificios de la cosmética, prefiriendo, en su lugar, ofrecer un aspecto sano y natural.

Reservaba el maquillaje para cuando actuaba. Esta noche actuaría. Tras haberse aplicado la sombra de ojos, los polvos y el carmín de labios, se echó perfume detrás de las orejas, en el cuello y en la hendidura del pecho.

Después se sujetó el cabello rubio hacia atrás peinándose con cola de caballo y ya estuvo lista.

Tenía que disponerse a afrontar su más difícil interpretación. Desde el momento en que había decidido convertirse en la mujer que aquellos cuatro individuos soñaban, había estado segura de que su próximo visitante sería el más vulnerable a sus encantos y, por consiguiente, el más útil para sus propósitos.

Pero, inesperadamente, había resultado ser el más difícil de alcanzar y manejar. De los cuatro, era el único que no le había revelado nada.

Esta noche estaba decidida a sacarle provecho por arriesgado que ello pudiera resultar. Minutos más tarde se encontraba reclinada perezosamente en la tumbona canturreando una dulce balada, cuando él entró, corrió el pestillo y se volvió para mirarla.

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