Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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El Soñador miró a su alrededor y, al final, la descubrió.
– Hola, cariño -le dijo ella con voz gutural-. Te estaba esperando.
– Hola -dijo él.
En lugar de acercarse a ella, se detuvo junto a una silla y se acomodó cuidadosamente en la misma. Sharon sabía que, al principio, siempre se mostraba extraño y distante, pero esta noche le veía más ausente que nunca.
– Bueno, ¿qué te parece? -le preguntó señalándole el bikini-. ¿Te gusta?
– Pareces una modelo de fotografía -le dijo él.
El bikini tenía un anillo extrañamente anticuado que evocaba reminiscencias de Betty Grable, Rita Hayworth e incluso de las estrellas Wampus.
– ¿Debo considerarlo un cumplido?
– El mejor que te podría hacer.
– Quisiera darte las gracias por el traje de baño.
– No lo he comprado yo. Lo compró esta tarde mi compañero.
– Bueno, sea como fuere, es maravilloso. Lo único que echo de menos es una piscina.
– Sí -dijo él con aire ausente-, lamento que no podamos permitirte nadar un poco. Hoy ha hecho muchísimo calor. Más de treinta y cinco grados. Hasta yo hubiera querido darme un baño por el camino de regreso, pero el único lago que hay por aquí no está a disposición del público.
– Qué lástima -dijo ella con indiferencia, procurando dominar su emoción.
La referencia no se le había escapado. Acababa de recibir una recompensa imprevista. Un lago en las cercanías. En algún lugar situado entre la ciudad de Arlington y las colinas en que ella se encontraba había un lago.
Ello equivalía casi a señalar con alfileres sobre un mapa el lugar donde se la mantenía oculta. La geografía de su localización se había completado más allá de lo que hubiera, lástima -dijo él.
– Hubieras debido tomarte un baño de todos modos.
– No podía porque… bueno, no tiene importancia.
Había empezado a recelar. Sharon le vio muy distante.
Después de sus triunfos masculinos de las dos noches anteriores, Sharon había supuesto que se produciría en él un considerable cambio.
Creía que le vería más seguro de sí mismo y más tranquilo. Pero no había sido así y estaba desconcertada. Intentó leer la expresión de su rostro.
El la miraba parpadeando.
Era increíble pero, a pesar de las íntimas relaciones que les habían unido, se le veía como turbado ante su presencia. Era necesario descubrir cuanto antes la causa de aquella actitud. Dio unas palmadas a la tumbona.
– Ven aquí, cariño. ¿No quieres estar cerca de mí? ¿Ocurre algo?
El Soñador se levantó con evidente renuencia y se acercó lentamente a ella. Al final se sentó a su lado. Los fríos dedos de Sharon le rozaron la mejilla y las sienes y después le acariciaron suavemente el cabello.
– ¿Qué te preocupa? Puedes contármelo.
– No sé qué estoy haciendo aquí.
– ¿A qué te refieres? -le preguntó ella perpleja.
– No sé qué estás haciendo aquí ni qué estoy haciendo yo, todo este asunto.
– Me confundes.
– Tal vez porque yo también estoy confuso -dijo él bajando la mirada.
– ¿Se trata de algo que tenga que ver conmigo? No es posible que estés enojado y que te haya decepcionado, de otro modo no te hubieras tomado la molestia de irme a comprar todas estas maravillosas…
– No, ahí está -le interrumpió él rápidamente-. Tal como ya te he dicho, no he sido yo quien te ha comprado el bikini y las demás cosas. Yo no te he comprado nada en la ciudad. Eso se lo dejé a mi compañero porque yo quería, bueno, muy bien, no hay razón para que no lo sepas.
– Dímelo, por favor -le instó ella.
– Me enteré de que esta tarde iban a proyectar una de tus antiguas películas, una de las mejores, “Los clientes del Doctor Belhomme”, y quise volver a verla.
Estaba deseando verla tal vez porque ahora ya te había conocido. “¡Que la había conocido!” Aquello era una locura. Sharon le escuchaba asombrada.
– Me fui allí y le dejé las compras a mi amigo. Sólo he podido ver la primera parte, pero lo que he visto ha sido suficiente. No me quito la película de la cabeza.
Estabas maravillosa, tal como siempre has estado. Sólo que yo lo había olvidado desde que estamos encerrados aquí.
Eras, no sé cómo expresarlo con palabras. Bueno, inalcanzable e inaccesible como una virgen vestal, como Venus, como la Mona Lisa, como la Garbo, lejos del alcance de los simples mortales.
Sharon estaba empezando a comprender lo que le había ocurrido.
El seguía explicándoselo como hablando consigo mismo.
– Al salir de ver la película y enfrentarme cara a cara con la realidad, me he dado cuenta y me he preguntado: "¿Qué es lo que he hecho?" -La miró asombrado-. Y no he podido hallar ninguna respuesta lógica. Me he asustado y sigo estando asustado.
– ¿Asustado de qué?
– De la enormidad del acto que he cometido. Te he arrancado del marco de tu existencia. He olvidado quién eras y cuál es el lugar que te corresponde.
Te he humillado tratándote como una mujer corriente. Te he bajado de tu pedestal y, manteniéndote oculta en este ambiente terrenal, he olvidado tu situación. Y, al verte en la película, al recordar el lugar que te corresponde, al verte de nuevo enmarcada en el ambiente que te pertenece, me he sobrecogido.
Sí, me he sobrecogido y he comprendido que eras algo especial, una obra de arte, un templo, un objeto destinado a ser venerado de lejos, una insólita encarnación de Eva destinada a inspirar a los hombres desde su alto pedestal. -Sacudió la cabeza-. Y yo, comportándome de una forma egoísta y atolondrada, he roto el pedestal y te he conducido a esta ordinariez y vulgaridad. Me he sentido culpable y me he llenado de remordimiento.
Sharon le había estado escuchando arrobada, sin que ello le hubiera impedido percatarse de sus defectos.
Había hablado utilizando un pésimo estilo barroco, pero el análisis de lo que había hecho y de lo que ahora le había ocurrido resultaba preciso y convincente. Pero no había terminado.
– Desde que he vuelto no he cesado de pensar en mi irresponsable comportamiento.
He saqueado el Olimpo. He privado al mundo de Venus, de Afrodita. Más aún, me he unido a unos vándalos y he destruido la belleza, Lo único que desearía de ti esta noche es algo que no me atrevo a esperar y sé que no merezco. -Se detuvo-. Tu perdón, tu caridad y tu perdón.
A Sharon se le antojó un estilo barroco increíblemente malo, una amalgama de falsos estilos Beaumont, Fletcher, Harrick, Ihara, Saikaku, Richardson, Scott, Hawtborne y Louisa May Alcott.
– ¿Cómo demonios podría manejar aquella verborrea romántica? Era necesario ordenar aquel crucial encuentro del Club de los Admiradores e ir después al grano, so pena de acabar hablando en chino con un chiflado.
Ante todo, aprecio. Se inclinó hacia adelante, le cubrió las manos con las suyas y le miró profundamente a los ojos.
– No sabes cuánto me has conmovido -tendrías que ser mujer para comprenderlo-, qué emocionada estoy y cuanto te agradezco esta sensibilidad y comprensión.
Que un hombre comprensivo me vea como tú me has visto es algo extraordinario, una experiencia insólita y hermosa que recordaré toda la vida.
¿No está mal, eh, Beaumont, Fletcher, Harrick y otros? En segundo lugar, rápidamente el perdón.
– En cuanto a lo de perdonarte, querido muchacho, no hay nada que perdonarte ahora que sé lo que pienso de ti. Soy todo lo que hoy has visto en la pantalla, no te lo niego.
Me debo al público. Es cierto. Pero hay una porción privada de mi ser que me pertenece a mí sola y tengo derecho a hacer con ella lo que me apetezca.
Y esta parte de mí no es la hechicera y mundana Sharon Fields sino una mujer ansiosa de ternura, consuelo y amor, ésta es la parte de mi ser que te has llevado.