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Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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En sí mismo, ello no hubiera sido de extrañar, puesto que Brunner se había saltado otra vez una sesión con Sharon.

Malone se sorprendió muchísimo en cambio cuando, tras ofrecerle la baraja a Yost, éste vaciló y después anunció que también lo dejaría correr.

– No necesito acostarme todas las noches con una mujer -explicó Yost como para justificarse-. No necesito demostrar nada. No me apetece y basta. Además, estamos en vacaciones, ¿no? Por consiguiente, cuando se está de vacaciones, no está de más sentarse un poco a descansar.

Tal vez me dedique un poco a hacer solitarios o a jugar al “gin”, caso de que Shiv quiera acompañarme.

Malone le ofreció los naipes a Shively pero éste no le hizo caso y se dirigió a Yost:

– Me estás tentando, Howie. Tuviste mucha suerte en las dos últimas manos de anoche. Estoy dispuesto a darte una buena paliza.

– Muy bien, ¿por qué no pruebas?

Shively reflexionó unos momentos y después, para asombro de Malone, se volvió a mirar la bajara que éste le estaba ofreciendo.

– No sé, qué demonios, tal vez podamos jugar más tarde. Creo que aprovecharé la ocasión. Ya casi se ha convertido en una costumbre.

Puesto que la tenemos a nuestra disposición en el dormitorio de al lado, ¿por qué no aprovecharlo?

– Anoche nos dijiste que ya no te divertías tanto -le dijo Yost-. No te sentará nada mal saltártelo una noche y hacer lo que más te apetezca tal como yo hago.

– Yo no he dicho que piense otra cosa. Lo que sucede es que, puesto que tengo el material a mi disposición, poco trabajo me cuesta aprovecharlo.

Considéralo un ejercicio. Tú has dado un paseo, Howie. Pues imagínate que estoy haciendo un ejercicio para mantenerme en forma.

– Muy bien, haz lo que gustes.

Shively miró a Malone.

– ¿Y tú qué dices, muchacho? ¿Vas a aprovecharlo como de costumbre?

– Claro -repuso Malone-. Sabes que estoy deseando verla. Yo no pienso lo mismo que vosotros.

– Muy bien, Don Juan -dijo Shively-, puesto que eres el único que todavía se emociona con ella -cosa que, dicho sea entre nosotros, yo no creo-puedes ir primero y que sea enhorabuena.

No es necesario que lo echemos a suerte. Ve tú primero y, si me apetece, te seguiré.

Malone fue primero, visitó a Sharon, la encontró más acogedora y cariñosa que nunca y abandonó el dormitorio más enamorado y agradecido que nunca por el placer sexual que con ella experimentaba.

Regresó al comedor y encontró a Shively intensamente concentrado en una partida de “gin rummy” con Yost.

– Está a tu disposición -le dijo Malone a regañadientes.

– Sí -le contestó Shively con indiferencia-, ya veremos. No me molestes ahora.

Dos manos más tarde consiguió ganar la partida y con ella doce dólares y, por primera vez en toda la noche, empezó a mostrarse de buen humor.

Se disponía a iniciar una nueva partida cuando Malone le recordó que Sharon le estaba esperando. Si no tenía intención de verla, sería conveniente avisarla añadió Malone, al objeto de que pudiera tomarse la píldora para dormir y descansar un poco.

– Qué mierda -masculló Shively poniéndose en pie-. Siempre tiene uno que hacer algo. ¿Por qué no le dejarán a uno en paz? Todo ello se le antojó a Malone sumamente incomprensible.

– No tienes por qué ir, Kyle. Sigue jugando a las cartas. Ya iré yo a decirle que puede tomarse la píldora.

– No empieces a decirme lo que debo y lo que no debo hacer -le dijo Shively con aspereza-.nDéjame en paz. -Después le gritó a Yost-: Guárdame caliente la baraja, Howie, vuelvo en seguida.

Se dirigió al dormitorio principal como un individuo en libertad bajo palabra que tuviera que presentarse al agente encargado de su vigilancia.

Regresó muy irritado al cabo de una hora, mirando enfurecido a Malone como si éste le hubiera obligado a hacer algo en contra de su voluntad.

– ¿Qué tal ha ido? -le preguntó Yost.

– ¿Y qué quieres que te cuente? Ya lo sabes. Lo mismo de siempre.

Ah, puesto que ya ha terminado el programa de Leo, ¿qué os parece si los cuatro echamos una buena partida de banca? Y ahora seguían jugando a las cartas, pensó Malone, en un juego que al principio había despertado entusiasmo pero que ahora les estaba aburriendo a todos, Sus rostros reflejaban falta de interés y sus frecuentes errores constituían una prueba evidente de su escasa atención.

Pero lo que más desazonaba a Malone era la creciente indiferencia que les estaba inspirando Sharon (no es que eso a él le importara, es más, tal vez por este medio consiguiera hacer realidad su sueño de disfrutarla en exclusiva) y, junto con la indiferencia, la inquieta murria que parecía presidir todas sus actividades.

Era como si el Club de los Admiradores navegara por aguas embravecidas.

El, en su calidad de capitán, tenía que encargarse de empuñar el timón.

– Santo cielo, a ver si dejas de una vez de tomar cartas -le dijo Shively malhumorado-.

Te toca a ti. Juega oros, si tienes. Otra mano y otra.

Malone se percataba de la opresiva atmósfera de tedio que emanaba del silencioso comportamiento de robot de Shively, Yost y Brunner.

Le tocaba barajar a Shively y éste había empezado a mezclar los naipes, cuando juntó la baraja, la tomó en la mano y la apartó deliberadamente a un lado.

Después, apoyando ambas manos sobre los bordes de la mesa, contempló las inquisitivas miradas de sus compañeros.

Shively no sonreía y la expresión de su rostro era muy torva.

– Que se vayan al infierno las cartas -dijo-. Esta noche tenemos que ocuparnos de algo mucho más importante. Lo he estado pensando todo el día y ahora os lo voy a decir.

Es importante, es lo más importante que ha ocurrido desde que estamos aquí.

Malone se tensó en espera de las palabras de Shively.

– ¿Qué has estado pensando, Shiv? -le preguntó Yost preocupado.

– Es posible que no a todos os guste lo que voy a decir pero lo diré. Vivimos en un país libre. -Los pequeños ojos de Shively se posaron en sus compañeros y se detuvieron finalmente en Malone-. Y creo que, cuando me hayáis escuchado, os mostraréis de acuerdo conmigo.

Voy a proponeros algo que hará que nuestra empresa valga la pena. ¿Estáis dispuestos a escucharme?

– Sigue, por favor, Kyle -dijo Brunner.

Todo el aspecto de Shively pareció experimentar una transformación. Era como si el doctor Frankenstein le hubiera aplicado unos electrodos y le hubiera suministrado una carga eléctrica que le hubiera infundido vida y energía con vistas a una actividad de tipo físico.

– ¿Recordáis lo que estuve comentando anoche? -preguntó-. A propósito de la Diosa de la Sexualidad que tenemos en la habitación de al lado. ¿Os acordáis?

– Quieres decir que ya te has cansado de ella -terció Brunner.

Pero Malone se acordó de otra cosa, del verdadero núcleo de las conjeturas de Shively, e inmediatamente se atemorizó.

– No se trata simplemente de que me haya cansado de ella -dijo Shively-, sino también de otra cosa.

No me gusta repetirme. Procuraré abreviar y estoy seguro de que lo comprenderéis. El hecho de estar cansado no es más que una faceta de la cuestión. Desde luego que ya me he hartado de la tía, tal como suele hartarse uno de una mujer tras haberse acostado con ella las suficientes veces.

Al cabo de algún tiempo, resulta de lo más monótono. Pero, si queréis que os sea sincero, me he cansado también de otra cosa.

Estoy cansado de permanecer oculto en este escondrijo, dentro de las mismas cuatro paredes, sin poder hacer nada ni ir a ningún sitio. Estoy harto de la misma cochina comida tres veces al día.

El sabor acaba resultándote cada vez más desagradable. Y, si queréis que os diga una cosa, y que nadie se ofenda, me estoy hartando de vosotros tres.

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