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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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¿Qué sucedería? ¿Tal vez temían gastar municiones? ¿O quizás las armas estaban demasiado húmedas para disparar? Recordó las palabras de Harv Randalclass="underline" «Si no puedes pasar sin saberlo...»

Todavía tenían gasolina y seguían adelante. La autopista estaba inundada de agua, que debía haber detenido a coches menos potentes que el suyo. Tim sonrió en la oscuridad. Había valido la pena pagar doscientos cincuenta mil dólares por tener el mejor coche.

De repente la lluvia redobló su intensidad. Durante unos instantes el chaparrón se abatió ferozmente sobre la tierra, y luego se detuvo. Tim siguió adelante hasta que la lluvia arremetió de nuevo. Entonces pisó los frenos. Tuvo la sensación de que el coche flotaba, antes de detenerse por completo. Habían llegado al final.

Eileen se incorporó. Enderezó el respaldo del asiento y se alisó la falta con gestos automáticos.

—Esto es un océano —dijo Tim.

Ella se restregó los ojos.

—¿Dónde estamos?

Tim encendió la luz del techo y desplegó el mapa sobre sus regazos.

—He seguido la dirección noroeste y cuesta abajo, hasta que salimos de las montañas, que eran muy numerosas. Luego ya no supe en qué dirección íbamos, así que seguí hacia abajo. Finalmente llegamos a la autopista noventa y nueve.

Tim estaba orgulloso. Con su deficiente sentido de la dirección podrían haber acabado en cualquier parte.

—Hemos ido bien por esta autopista. No ha habido más interrupciones. Encontramos a un par de tipos armados y un montón de coches parados, pero ningún problema serio. Naturalmente, había mucha agua en la carretera pero...

Eileen había escudriñado el mapa y ahora miraba hacia adelante, a través de la lluvia, siguiendo las líneas luminosas de los faros, y compuso el panorama a partir de indicios subliminales e imaginación, pues todo lo que podían ver bajo la grisácea luz crepuscular no era más que una extensión gris plateada de agua sobre la que se abatía la lluvia. No había luces por ningún lado. No había nada.

—A ver si puedes retroceder —le dijo Eileen, y se inclinó sobre el mapa, estudiándolo atentamente.

Tim hizo marcha atrás, apartándose del agua, hasta que ésta llegó sólo a los tapacubos.

—Tenemos problemas —dijo Eileen—. ¿Hemos pasado Bakersfield?

—Sí, no hace mucho.

Tim había visto las indicaciones de la autopista, las siluetas espectrales de edificios oscuros y una cadena montañosa con todas las elevaciones en ángulo recto.

Eileen frunció el ceño y entrecerró los ojos tratando de leer unas letras diminutas.

—Dice que Bakersfield está a ciento veinte metros sobre el nivel del mar.

Tim recordó los trechos desprendidos en la carretera de montaña.

—Yo no me fiaría ya de las elevaciones. Creo recordar que todo el valle de San Fernando se hundió doce metros durante el terremoto de Sylmar, y no fue un gran terremoto.

—Bien, a partir de aquí descendemos cada vez más. Estamos en las tierras bajas. Tim, ningún maremoto podría llegar hasta aquí, ¿verdad?

—No, pero está lloviendo.

—Sí, y no hay signos de que vaya a amainar. No creo que el cometa haya tenido que ver con esto. —El empezó a explicarle algo, pero Eileen le interrumpió—. Es igual, empecemos por el principio. ¿Dónde queremos ir?

—Eso es otro problema —dijo Tim—. Hemos de ir a los campos altos, por ejemplo alrededor del parque nacional Sequoia. Lo que no sé es por qué iban a querernos a nosotros allí. —No se atrevió a decir nada más.

Ella no dijo nada, esperando que él prosiguiera.

—Tenía una idea... —dijo Tim, pero la idea parecía evaporarse incluso antes de explicarla, como los restaurantes y buenos hoteles que había esperado encontrar en Tujunga. Mencionó su deseo y desaparecieron. Finalmente dijo lo que había pensado—: El rancho del senador Jellison. Yo contribuí con mucho dinero a su campaña. Y he estado en su rancho. Es perfecto. Si el senador está allí, nos dejará quedarnos. Y estará allí. Es lo bastante listo para eso.

—Y tú contribuiste con dinero a su campaña —dijo Eileen con una risita.

—Entonces el dinero valía lo suyo. Además, querida, eso es todo lo que tengo.

—De acuerdo. Yo no puedo pensar en un solo granjero que me deba algo. Y ahora los granjeros son los dueños de todo, ¿verdad? Tal como quería Thomas Jefferson. ¿Dónde está el rancho?

Tim dio unos golpecitos en el mapa, entre Springville y el lago Success, por debajo del montañoso parque nacional Sequoia.

—Aquí. Tendremos que ir un trecho con el agua al cuello, pero luego giramos a la derecha y podremos respirar de nuevo.

—Tal vez haya un camino mejor. Mira a tu izquierda. ¿No ves un terraplén de ferrocarril?

Tim encendió la luz del techo y los faros. Esperó un momento hasta que sus ojos se adaptaran...

—No veo nada.

—Pues está ahí —dijo Eileen, que miraba el mapa—. Es la línea del ferrocarril Southern Pacific. Da la vuelta y enfoca los faros en esa dirección.

Tim maniobró el automóvil tal como ella le decía.

—¿En qué estás pensando? ¿En coger el tren?

—No exactamente.

La luz de los faros no llegaba muy lejos a través de la lluvia. No mostraban más que aquel mar omnipresente en todas direcciones y la incesante cortina de agua.

—Tendremos que subir al terraplén a ciegas —dijo Eileen—. Ponte al lado.

Eileen se colocó ante el volante. Tim no adivinaba lo que pensaba hacer, pero se puso el cinturón de seguridad mientras ella ponía el motor en marcha y giraba hacia el sur, como si fueran a desandar el camino por el que habían venido.

—Hay gente allá abajo —dijo Tim—. Dos tipos armados. Además, no tenemos un sifón para robar gasolina, así que no debemos gastar demasiada.

—Vaya, todo son buenas noticias.

—Sólo lo digo para tu información.

Tim observó que el agua ya no llegaba a los tapacubos.

Hacia el oeste, las tierras más altas formaban negras jorobas en aquel mar poco profundo. Aquí había una plantación de almendros, allí una granja. Llegó un momento en que desapareció la carretera y Eileen giró bruscamente a la derecha. El coche empezó a hundirse al salir de la calzada firme y luego avanzó a través del agua y el barro.

Tim temía hablar y casi respirar. Eileen siguió un camino que cruzaba algunas de las negras jorobas de tierra emergida, pero no eran continuas. Estaban en un océano con islas, y avanzaban por él en medio de una interminable tormenta de lluvia. Tim se apoyaba con ambas manos en el tablero de instrumentos, y esperaba que el coche se hundiera de un momento a otro y llegara su fin.

—Allí —murmuró Eileen—. Allí.

El horizonte parecía algo más elevado. Poco a poco aquella elevación de la tierra fue haciéndose más nítida. Cinco minutos después se encontraban en la base del terraplén del ferrocarril, pero el coche no podría subir por allí.

Tim bajó del coche con la cuerda de remolque. La pasó por debajo de un raíl y tiró de ella en dirección contraria, empujando con todas sus fuerzas por encima del terraplén, mientras Eileen intentaba que el coche subiera por la pendiente embarrada. Pero el vehículo resbalaba hacia atrás. Tim pasó la cuerda por debajo del otro raíl. La cogió por la parte floja, tirando de ella poco a poco. El coche subía y empezaba a caer de nuevo, momento en el que Tim tiraba con fuerza de la cuerda. Un movimiento en falso podría costarle caro. Había dejado de pensar. Así era más fácil aguantar la lluvia, el cansancio y la tarea imposible. Había olvidado sus inútiles triunfos anteriores.

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