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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Tampoco Sheriam se había enterado de mucho. La mujer sacudió la cabeza y suspiró con irritación.

—A mí me parecen paparruchas y disparates, madre. Siempre hay rumores sobre hermanas que van y vienen a hurtadillas por cualquier parte. ¿Es que nunca aprendiste a montar, Siuan? —añadió, su voz rezumando mofa de repente—. ¡A la noche estarás demasiado dolorida para caminar!

Sheriam debía de tener los nervios de punta o de otro modo no habría saltado de ese modo. A juzgar por la forma en que rebullía sobre la silla, ya se encontraba en el estado que había predicho para Siuan. Los ojos de ésta adquirieron una expresión dura, y la mujer abrió la boca para replicar de mala manera, sin importarle quién estuviese observándolas desde atrás.

—¡Callaos las dos! —espetó Egwene. Respiró hondo para calmarse. También ella estaba algo tensa. Creyera lo que creyera Arathelle, cualquier fuerza que Elaida enviase para interceptarlas sería demasiado numerosa como para moverse subrepticiamente. Eso dejaba sólo a la Torre Negra como posible objetivo, un desastre en potencia. Se llegaba más lejos desplumando el pollo que se tenía delante que intentando empezar con uno encaramado a un árbol. Especialmente si ese árbol estaba en otro país y cabía la posibilidad de que no hubiese otro pollo.

No obstante, moderó sus palabras al darle instrucciones a Sheriam para cuando hubiesen llegado al campamento. Era la Sede Amyrlin, y eso significaba que era responsable de todas las Aes Sedai, incluso las que seguían a Elaida. No obstante, su voz sonó firme como una roca. Cuando se había agarrado al lobo por las orejas, ya era demasiado tarde para asustarse. Los ojos rasgados de Sheriam se abrieron como platos al oír las órdenes.

—Madre, ¿puedo preguntaros por qué…? —Enmudeció bajo la inflexible mirada de Egwene, y tragó saliva—. Se hará como decís, madre —musitó lentamente—. Qué extraño. Recuerdo el día que vos y Nynaeve llegasteis a la Torre, dos muchachitas que no sabían si brincar de alegría o encogerse de miedo. Cuántas cosas han cambiado desde entonces. Todo.

—Nada es inmutable —contestó Egwene, al tiempo que dirigía una mirada significativa a Siuan, la cual rehusó darse por enterada.

Parecía enfurruñada, como si estuviese rumiando algo. Sheriam tenía mala cara. Lord Bryne regresó entonces, y debió de percibir el ambiente cargado. Aparte de comentar que avanzaban muy deprisa, no dijo esta boca es mía. Un hombre listo.

A pesar de haber ido a buen ritmo, el sol empezaba a meterse tras las copas de los árboles cuando finalmente pasaron a través del extenso campamento del ejército. Carretas y tiendas proyectaban largas sombras sobre la nieve, y no pocos hombres trabajaban afanosos en la construcción de más cobijos con ramas y arbustos. No había, ni con mucho, suficientes tiendas ni siquiera para los soldados, y el campamento albergaba un número casi igual de guarnicioneros, lavanderas, flecheros y demás, todos aquellos que inevitablemente acompañaban a un ejército. El martilleo sobre los yunques hablaba de herradores, armeros y ferreros todavía en plena faena. Las lumbres ardían por doquier, y los soldados de caballería se despojaban de las armaduras, ansiosos de sentarse junto al fuego y de comer algo caliente, tan pronto como se atendía a sus agotadas monturas. Sorprendentemente, Bryne siguió a caballo junto a Egwene después de que ésta le diera permiso para retirarse.

—Si me lo permitís, madre, querría acompañaros un poco más —argumentó.

Sheriam se giró en la silla para mirarlo estupefacta. También Siuan miraba fijamente al frente, como si no se atreviese a volver hacia él sus ojos repentinamente abiertos de par en par.

¿Qué creía que podía hacer él? ¿Actuar como su guardia personal? ¿Contra las hermanas? El chico de la nariz acatarrada serviría igual. ¿Poner de manifiesto hasta qué punto estaba de su parte? Mañana habría tiempo de sobra para ello, si todo iba bien esa noche; tal revelación ahora podría provocar que la Antecámara se precipitase en direcciones que ni siquiera se atrevía a imaginar.

—Esta noche es una noche indicada para los asuntos de Aes Sedai —dijo firmemente. Sin embargo, por estúpida que fuera la sugerencia, él se había ofrecido a ponerse a sí mismo en peligro por ella. Imposible adivinar sus razones, pues ¿quién sabía por qué hacía cualquier cosa un hombre?, pero aun así estaba en deuda con él. Y no sólo por eso—. A menos que os envíe a Siuan esta noche, lord Bryne, deberéis marcharos antes de que amanezca. Si la culpabilidad de los sucesos de hoy se me atribuye a mí, podría repercutir también en vos. Quedarse resultaría demasiado peligroso. Incluso fatal. No creo que les haga falta una excusa. —No era necesario decir a quiénes se refería.

—Di mi palabra —repuso tranquilamente mientras palmeaba a Viajero en el cuello—. Hasta Tar Valon. —Hizo una pausa y miró a Siuan. Más que una vacilación fue un momento de consideración—. Sean cuales fueren los asuntos de esta noche —dijo finalmente—, recordad que tenéis treinta mil hombres y a Gareth Bryne respaldándoos. Eso debería tener cierto peso, incluso entre Aes Sedai. Hasta mañana, madre. —Hizo volver grupas a su bayo y añadió mirando hacia atrás—. También espero veros a vos mañana, Siuan. Nada cambia eso.

Siuan lo miró mientras se alejaba. En sus ojos había angustia. Egwene no pudo menos de seguirlo también con la vista. Nunca había dejado tan claro su postura, ni de lejos. ¿Por qué ahora, precisamente?

Tras cruzar los cuarenta o cincuenta pasos que separaban el campamento del ejército del de las Aes Sedai, hizo un gesto con la cabeza a Sheriam, que tiró de las riendas al llegar a las primeras tiendas. Siuan y ella siguieron adelante. Detrás se alzó la voz de la Guardiana, sorprendentemente clara y firme:

—La Sede Amyrlin convoca a la Antecámara hoy en sesión oficial. Que se hagan los preparativos a la mayor rapidez.

Egwene no miró atrás. En su tienda, una caballeriza huesuda se acercó corriendo para ocuparse de Daishar y Bela. La mujer estaba aterida, y apenas inclinó la cabeza antes de alejarse con los caballos tan rápidamente como había acudido. El calor de los ardientes braseros en el interior fue como una bofetada. Hasta ese momento Egwene no se había dado cuenta realmente del frío que hacía fuera. O de lo aterida que estaba ella misma. Chesa le cogió la capa, y al tocarle las manos exclamó:

—¡Luz, estáis helada, madre! —Sin dejar de parlotear, se afanó de aquí para allí doblando la capa de Egwene y la de Siuan, alisando las ropas ya abiertas del catre de la joven, tocando una bandeja colocada sobre uno de los baúles que se habían apartado de la pila—. Yo me metería de cabeza en la cama, rodeada de ladrillos calientes, si estuviese tan aterida. Tan pronto como hubiese comido algo, claro. Calentarse por fuera sin hacerlo por dentro no sirve de mucho. Iré a traer más ladrillos para ponéroslos bajo los pies mientras cenáis. Y también para Siuan Sedai, desde luego. Oh, si tuviese tanta hambre como debéis de tener vos, sé que sentiría la tentación de tragarme la comida, pero eso siempre me da dolor de estómago. —Se detuvo junto a la bandeja, miró a Egwene, y asintió satisfecha cuando la joven dijo que no comería demasiado deprisa.

Responder seriamente no le resultó empresa fácil. Chesa siempre era reconfortante, pero después de una jornada como la de ese día Egwene casi no podía evitar una sonrisa de alegría. Nada de complicaciones con Chesa. En la bandeja había dos cuencos blancos con guiso de lentejas, junto con una jarra alta de vino con especias, dos copas de plata y dos panecillos. De algún modo, la mujer había sabido que Siuan cenaría con ella. De los cuencos y la jarra salía humo. ¿Cuántas veces había tenido que cambiar Chesa la bandeja para asegurarse de que a Egwene la estaría esperando una comida caliente? Sencilla y sin complicaciones. Y tan atenta como una madre. O como una amiga.

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