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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Y lo despidió con un displicente gesto de la mano.

Hernando no comió ni cenó. Ni siquiera habló. Se encerró en su habitación y, en dirección a la quibla, oró lo que restaba del día y parte de la noche hasta caer exhausto.

Nadie le interrumpió ni le molestó; las mujeres mantuvieron a los niños en silencio.

A tercias del siguiente día, Hernando no fue acompañado a la sala del secreto. Desde el mismo pasillo que llevaba al tribunal descendieron por unas escaleras hasta unas bóvedas sin ventanas en las que ya se hallaban presentes los inquisidores. Siseaban entre ellos, dispuestos en corro alrededor de los más variados instrumentos de tortura: maromas que colgaban del techo, un potro, y mil y un crueles artilugios de hierro para rasgar, inmovilizar o desmembrar a los reos.

El hedor que se respiraba en el interior de la estancia, cálido y pegajoso, se hacía insoportable. Hernando reprimió una arcada a la vista de todos aquellos macabros útiles.

– Siéntate allí y espera -le ordenó el canónigo señalándole una mesa cercana, donde ya se hallaban dispuestos los Coranes y los legajos del notario, quien a su vez charlaba con inquisidores, médico y verdugo.

– Es demasiado viejo -oyó que comentaba uno de los inquisidores-. Debemos ir con cuidado.

– No os preocupéis -aseveró el verdugo, un hombre calvo y fornido-. Cuidaré de él -ironizó.

Algunos sonrieron.

Hernando se obligó a apartar la mirada de aquel grupo de hombres, y habría deseado poder cerrar también sus oídos. Posó los ojos sobre la mesa, en los legajos del notario. «Mateo Hernández, cristiano nuevo moro», rezaba la primera página escrita con la pulcra caligrafía del notario de la Inquisición. Luego seguía la descripción de la fecha, lugar, y de los hechos en los que se fundamentaba la incoación del proceso, la relación de los inquisidores presentes hasta que, en la última línea de aquella primera página, podía leerse:

En Córdoba, a veintitrés de enero del año mil quinientos ochenta de Nuestro Señor, ante el licenciado Juan de la Portilla inquisidor del Tribunal de Córdoba y en la Sala del Santo Oficio, a efectos de denunciar la herejía, compareció quien dijo llamarse…

Ahí terminaba la última línea de la primera página. Hernando levantó la cabeza hacia los inquisidores: continuaban charlando a la espera de que les trajesen al reo. ¡Veintitrés de enero! De eso hacía más de un mes. ¿Quién era aquel que había comparecido ante el inquisidor hacía más de un mes y cuya denuncia había originado el proceso? Sólo podía ser… De repente se hizo el silencio y Karim entró en la sala de torturas acompañado de dos alguaciles. En el preciso instante en que los inquisidores desviaban su atención hacia el reo, Hernando pasó la página. Una simple ojeada le bastó: Cristóbal Escandalet. Con los puños cerrados, aguantó el impulso de comprobar si alguien se había percatado de su acción y esperó a que el notario tomase asiento a su lado.

Cristóbal Escandalet, mascullaba Hernando como si quisiera grabar a fuego el nombre en su memoria. ¡Ése era el traidor!

Karim volvió a negar que alguien le hubiera ayudado. Su seguro tono de voz, que obligó a Hernando a fijarse en él, contrastó con su aspecto cansado y desastrado, sobre todo después de que le arrancaran la camisa para mostrar un torso pelón y flácido.

– Inicia el interrogatorio -ordenó don Juan de la Portilla, en pie como los demás inquisidores, al tiempo que el notario empezaba a rasguear con su pluma sobre el papel.

Tendieron al reo boca abajo y lo inmovilizaron sobre el potro, con los brazos a la espalda para atarle los pulgares con un cordel que enlazaba con una maroma; ésta ascendía hasta un torno colgado del techo para luego descender de nuevo. Karim volvió a negarse a contestar a las preguntas del inquisidor y el verdugo empezó a tirar del cabo de la maroma.

Si alguien esperaba que chillara, se equivocó. El anciano apretó su rostro contra el potro y sólo permitió que se le escapasen unos sordos gruñidos que marearon a Hernando; gemidos sólo rotos por las insistentes preguntas del inquisidor.

– ¿Quiénes son los que están contigo? -gritaba una y otra vez, más y más exaltado cuanto mayor era el silencio de Karim.

Cuando el verdugo negó con la cabeza, y los inquisidores cejaron en sus intentos y liberaron al anciano del potro, sus pulgares miraban hacia el dorso de las manos, desgarrados de sus bases. Su rostro estaba congestionado, su respiración era agónica, los ojos aparecían cansados, acuosos, y del labio inferior le corrían hilillos de sangre; no podía tenerse en pie si no lo hacía agarrado del verdugo. El médico se acercó a Karim y le examinó los pulgares manejándolos con desidia, descuidadamente, y Hernando contempló en el rostro de su amigo las muestras de dolor que hasta entonces había escondido.

– Se encuentra bien -anunció el facultativo. Sin embargo, se dirigió al licenciado Portilla y le habló al oído. Mientras lo hacía, Hernando leyó cómo el notario apuntaba el dictamen: «El reo se encuentra bien».

– Se suspende la sesión hasta mañana -determinó el inquisidor en cuanto el médico se separó de él.

– Debes comer -susurró Fátima después de entrar en la habitación donde Hernando permanecía orando desde que llegó a la casa. Pasaba de la medianoche.

– Karim no lo hace -contestó él.

Fátima se acercó a su esposo, que en aquel momento estaba sentado sobre los talones y con el torso descubierto. Sus brazos y su pecho aparecían arañados, desgarrados en algunas zonas, resultado del vigor con el que se había lavado, frotándose como si quisiera arrancarse la piel y desprenderse del hedor de la mazmorra que pese a todo seguía impregnando su cuerpo.

– Hace frío. Deberías abrigarte.

– ¡Déjame, mujer! -Fátima obedeció y dejó el cuenco con comida y el agua en un rincón-. Dile a Hamid que venga -añadió sin volverse hacia ella.

El alfaquí no tardó en acudir.

– La paz… -Hamid interrumpió su saludo ante el aspecto de Hernando, que ni siquiera se volvió hacia él-. No deberías castigarte -murmuró.

– El traidor se llama Cristóbal Escandalet -reveló Hernando como toda contestación-. Díselo a Abbas. Él sabrá qué hacer.

Le hubiera gustado matarlo él con sus manos, estrangularle lentamente y contemplar sus ojos agónicos, causarle el mismo dolor que soportaba Karim, pero se hallaba a disposición del tribunal y había decidido que sería más conveniente que fuera Abbas quien se ocupara de aquel perro. Y cuanto antes, mejor.

– El castigo para quien traiciona a nuestro pueblo es terminante. Sin duda Abbas sabrá qué hacer. Lo que me preocupa… -Hamid dejó que sus últimas palabras flotasen en el aire; esperaba una reacción por parte de Hernando, pero éste hizo ademán de iniciar sus oraciones-. Lo que me preocupa -insistió entonces el alfaquí-, es si tú sabes qué es lo que debes hacer.

– ¿Qué quieres decir? -inquirió Hernando, tras unos instantes de duda.

– Karim se está entregando por nosotros…

– Me está protegiendo a mí -le interrumpió Hernando todavía dándole la espalda.

– No seas soberbio, Ibn Hamid. Nos protege a todos. Tú…, tú no eres sino un instrumento más en nuestra lucha. También protege a tu esposa, y a las madres a quienes ella enseña la palabra revelada, y a éstas cuando se las transmiten a sus hijos, y a los pequeños que las aprenden en secreto con la advertencia de que no las utilicen fuera de sus hogares… Nos protege a todos.

Hamid percibió un ligero temblor en el cuerpo de Hernando.

– Mi vida está en sus manos -dijo al fin, volviendo la cabeza hacia el alfaquí, quien temió que su pupilo se derrumbase. Se acercó a él y se postró a su lado, con dificultad-. Es posible que tengas razón… ¡seguro! Nos protege a todos, pero no puedes llegar a imaginar el pánico que me atenaza cuando veo ese débil cuerpo ajado, roto por la tortura, sometido a interrogatorio. ¿Cuánto puede aguantar un anciano como él? Tengo miedo, Hamid, sí. Tiemblo. No puedo controlar mis rodillas ni mis manos. Temo que, en la locura del dolor, acabe delatándome a mí mismo.

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