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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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A principios de septiembre, cerca de cuatrocientas yeguas, los potros de un año y los nacidos en esa primavera, se pusieron en marcha en dirección a los ricos pastos de las marismas del bajo Guadalquivir. El Lomo del Grullo se hallaba a unas treinta leguas de Córdoba por el camino de Écija y Carmona a Sevilla desde donde, una vez cruzado el río, debían dirigirse a Villamanrique, población enclavada junto al coto de caza real. En circunstancias normales el viaje podía hacerse en unas cuatro o cinco jornadas, pero Hernando y los demás jinetes que le acompañaban pronto comprendieron que, por lo menos, doblarían el número de días. Don Diego contrató personal complementario para que ayudase a los yegüeros que andaban junto al ganado, tratando de mantener unida y compacta una gran manada que no estaba tan acostumbrada a los traslados a larga distancia como podían estarlo los grandes rebaños de ovejas que trashumaban por la cercana cañada real de la Mesta. A todo aquel contingente de hombres y caballos se les unió, como si de una romería se tratase, un grupo de nobles cordobeses deseosos de satisfacer al rey, que no hacían sino entorpecer el trabajo de yegüeros y jinetes.

Así, como bien previeran Fátima y Aisha, Hernando llegó a olvidar toda preocupación, centrándose en galopar arriba y abajo con Azirat para recuperar las yeguas o los potros que se alejaban de la manada, o para actuar todos unidos a fin de agrupar aún más a los animales en el momento de cruzar un paso estrecho o complicado. El rojo brillante del pelo de Azirat destacaba allí donde trabajase y su agilidad, sus caracoleos y sus aires soberbios despertaban admiración entre los viajeros.

– ¿Y ese caballo? -preguntó un noble obeso, apoltronado más que montado en una gran silla de cuero repujada con adornos de plata, a otros dos que le acompañaban, algo alejados de la manada para evitar la polvareda que levantaba la manada del seco camino.

Hernando acababa de frustrar la huida de uno de los potros, persiguiéndolo, adelantándolo y revolviéndose frente a él con Azirat a la empinada que, elevado sobre sus cuartos traseros, sin llegar a manotear en el aire, obligó al díscolo a retornar.

– Por su capa colorada, no debe de ser sino un desecho de las caballerizas reales -presumió uno de los interpelados-. Una verdadera lástima -sentenció, impresionado ante los movimientos de caballo y jinete-. Será uno de los caballos con que Diego satisface parte del sueldo de los empleados.

– ¿Y el jinete? -inquirió el primero.

– Un morisco -aclaró en esta ocasión el tercero-. He oído a Diego hablar de él. Tiene una gran confianza en sus cualidades y no cabe duda de que…

– Un morisco… -repitió para sí el noble obeso sin hacer caso a otras explicaciones.

Los tres hombres observaban ahora cómo Hernando se dirigía a galope tendido hacia la cabeza de la manada. Cuando el morisco pasaba por su lado, el conde de Espiel se irguió sobre los estribos de plata de su lujosa silla de montar y frunció el ceño. ¿Dónde había visto antes aquella cara?

El rey les proveyó de órdenes para recabar la ayuda de las gentes y los corregidores de todos los pueblos que cruzaran en su camino, pero, no obstante, antes de poner fin a cada jornada, los jinetes tenían que encontrar el lugar adecuado para reunir y alimentar a aquella cantidad de ganado y obtener grano o paja si los pastos elegidos eran insuficientes. Al mismo tiempo, los nobles buscaban las comodidades del pueblo más cercano.

Por las noches, Hernando caía rendido después de atender a Azirat, cenar el potaje de la olla que el cocinero preparaba sobre un fuego a campo abierto y charlar un rato con los demás hombres. Sólo durante los turnos de guardia en aquellas dehesas abiertas y desconocidas tanto para el ganado como para los hombres rememoraba los acontecimientos que habían marcado su último año.

Fue en esos momentos de silencio, montado sobre Azirat, cuando Hernando llegó a reconciliarse consigo mismo. A lomos de su caballo, mientras escuchaba cómo el resoplar de alguno de los animales rompía el silencio o azuzaba con suavidad a aquel que, dormitando, pretendía alejarse de la manada, el morisco recobró el sosiego. ¡Cuán diferentes eran aquellas horas del estruendo de más de medio millar de animales por los caminos! Los relinchos y bramidos, las coces y los mordiscos; la inmensa polvareda que levantaban a su paso y que le impedía ver más allá de unos pasos. Por las noches podía contemplar un inmenso cielo estrellado, nítido y brillante, diferente al que alcanzaba a ver desde su casa de Córdoba, encajonada entre tantos otros edificios. Allí en el campo, a solas, llegó a sentirse como en las Alpujarras. ¡Hamid! Se había entregado a ellos. Buscando el contacto de un ser vivo, palmeaba el cuello de Azirat cuando notaba cómo se le cerraba la garganta al recuerdo del viejo alfaquí. También pensó en Karim, pero en esta ocasión permitió que las dolorosas escenas que había vivido en las mazmorras de la Inquisición renacieran una tras otra en su memoria, sin refugiarse en la oración o en el ayuno para alejarlas de sí. Revivió una y otra vez el dolor del anciano, sintiéndolo en su carne, viéndolo, sufriéndolo, doliéndose como si fuera allí y entonces donde lo torturaran, a Karim… y a él. Poco a poco, su rostro congestionado y sus reprimidos aullidos de dolor en pugna por no conceder victoria o satisfacción alguna a sus verdugos, y su cuerpo cada día más dislocado, se le presentaron con una crudeza tal, que Hernando se encogía en la montura y allí, en la inmensidad de Andalucía, donde al amparo de la noche podía huir a ningún sitio para alejarse de todos aquellos recuerdos, empezó a aprender a vivir con su dolor y a enfrentarse a él.

Hernando miró al cielo, a la luna que jugaba a definir los contornos y vio caer una estrella fugaz, y al cabo, otra… y otra más, como si los dos ancianos le contemplaran y le hablaran desde el paraíso.

Brahim también vio las mismas estrellas fugaces, pero su interpretación fue bien distinta de la de Hernando. Habían transcurrido siete años desde que había armado sus primeras fustas para el corso y después de cuatro temporadas capitaneando personalmente los ataques a la costa, y de varias ocasiones en las que las milicias urbanas estuvieron a punto de detenerle, decidió ceder su puesto en las barcas a Nasi, convertido en un joven fuerte y cruel como su amo, y limitarse a invertir su dinero, a llevar el negocio con mano de hierro y a recoger los cuantiosos beneficios que éste le proporcionaba.

Junto a Nasi se mudó a un palacete en la medina de Tetuán, donde vivía rodeado de lujo y de mujeres. Para cerrar una conveniente alianza volvió a casarse, esta vez con la hija de otro jeque de la ciudad que le dio dos hijas, pero se cuidó mucho, a la hora de concertar y contraer matrimonio, de advertir a la familia de la novia de que aquella mujer no era más que su segunda esposa; que la primera estaba retenida en España y que, un día u otro, volvería a él para ocupar el lugar que le correspondía.

Porque a medida que el antiguo arriero de las Alpujarras obtenía riquezas, prestigio y respeto, su humillante salida de Córdoba le corroía más y más; ahí estaba el muñón de su brazo derecho como un recuerdo perenne, sobre todo durante las calurosas noches del verano norteafricano en las que se despertaba, empapado en sudor, por las punzadas de dolor de aquella mano que le faltaba. Luego, el tiempo discurría hasta el amanecer en una duermevela. Cuanto mayor era su poder, mayor era su desesperación. ¿De qué le servían los esclavos si no lograba olvidar la esclavitud a que él mismo había sido condenado en Córdoba? ¿Para qué quería sus fabulosas riquezas si le robaron la mujer que deseaba por no poder gobernarla? Y en cada ocasión en que castigaba a alguno de sus hombres por ladrón y sentenciaba que le cortasen una mano, siempre se veía a sí mismo, en Sierra Morena, inmovilizado por un grupo de monfíes que le extendían el brazo para que el alfanje cercenara la misma mano que él ordenaba entonces cortar.

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