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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Acababa de regresar a casa cuando un joven enviado por Jalil le contó lo sucedido con Hamid. Fátima y Aisha lloraban acurrucadas en el suelo, contra la pared, abrazadas a los niños.

¡No podía soportar más dolor!

– El buñolero muerto… -inquirió Hernando con la voz rasada-. ¿Se llamaba Cristóbal Escandalet?

– Sí -le contestó el joven.

Hernando negó con la cabeza. ¿Acaso Hamid no se lo había dicho a Abbas?

– Ese hombre era un espía y un traidor -afirmó entonces dirigiéndose de nuevo al joven morisco-. Fue él quien denunció a Karim ante la Inquisición. ¡Que todos nuestros hermanos sepan por qué nuestro mejor alfaquí ha cometido tal acción! Lo juzgó, dictó sentencia y él mismo la ejecutó. ¡Que lo sepa también la familia del buñolero!

Lloró ya en su habitación, presto a entregarse de nuevo a la oración y al ayuno. ¿Quién utilizaría ahora el pequeño cuarto del piso bajo? Y la muesca en dirección a la quibla, ¿quién se postraría ante ella a partir de entonces? Se la había mostrado como pudiera hacer un niño cuando ha hecho una buena acción, con orgullo e inocencia, en espera de su beneplácito. Hamid, aquel de quien lo había aprendido todo, aquel de quien tomó su nombre: Hamid ibn Hamid, ¡el hijo de Hamid!

Una lágrima nubló su visión para alejarle de la realidad. Entonces, un grito estremecedor resonó en la noche por todo el barrio de Santa María:

– ¡Padre!

Los alguaciles entraron a Karim arrastrándolo de las axilas, la cabeza le colgaba y los pies, ya destrozados por la tortura, se deslizaban tras él por el suelo, como si el que los hubiera unido a los tobillos para presentarlo a los inquisidores se hubiera equivocado al hacerlo.

Los alguaciles trataron de erguirlo frente al licenciado Portilla y el verdugo tiró del escaso cabello cano que le restaba a Karim para mostrar su rostro. El inquisidor chasqueó la lengua y dio un manotazo al aire, rindiéndose.

Hernando observó los ojos amoratados del anciano, hinchados, perdidos mucho más allá de las paredes de la mazmorra; quizá mirando a la muerte, quizá al paraíso. ¿Quién se merecía el paraíso más que aquel buen creyente? Entonces los labios resecos de Karim se movieron.

– ¡Silencio! -clamó el inquisidor.

El balbuceo de Karim pudo oírse en la estancia como un rumor lejano; deliraba en árabe.

– ¿Qué dice? -vociferó el inquisidor a Hernando.

El morisco aguzó el oído sabiéndose observado por el licenciado Portilla.

– Llama a su mujer -creyó entender. Amina, estuvo a punto de citar-. Ana -mintió-, parece que se llama Ana.

Karim no cesaba de murmurar.

– ¿Tanta palabrería para llamar a su mujer? -sospechó el inquisidor.

– Recuerda poesías -aclaró Hernando. Le pareció escuchar una de aquellas antiguas, de las que aparecían labradas en las paredes de la Alhambra de Granada-. Se asemeja a la esposa… que se presenta al esposo adornada de su hermosura tentadora -recitó.

– Pregúntale por sus cómplices. Quizá ahora…

– ¿Quiénes han sido tus cómplices? -obedeció Hernando, sin poder levantar la mirada.

– ¡En árabe, imbécil!

– ¿Quiénes…? -empezó a traducir para detenerse de repente. Nadie en esa mazmorra, salvo Karim, podía entenderle-: Dios ha hecho justicia -le anunció en árabe-. Aquel que ha traicionado a nuestro pueblo ha sido degollado conforme a nuestra ley. Hamid de Juviles se ha ocupado de ello. Te encontrarás con el santo alfaquí en el paraíso.

Portilla desvió la mirada hacia el morisco, extrañado por la longitud de su discurso. En ese momento, un brillo casi imperceptible apareció en los ojos del anciano al tiempo que sus labios se contraían en un rictus que pretendía ser una sonrisa. Luego, expiró.

– Será quemado en efigie en el próximo auto de fe -sentenció el inquisidor cuando el médico, tras reconocer a Karim, certificó lo que ya todos sabían-. ¿Qué es lo que le has dicho? -preguntó a Hernando.

– Que debía ser un buen cristiano -afirmó sin pestañear, seguro de sí mismo-. Que debía confesar lo que interesabais y reconciliarse con la Iglesia para obtener el perdón de Nuestro Señor y la salvación eterna de su alma…

El licenciado se llevó los dedos a los labios y los frotó.

– Está bien -cedió después.

40

Córdoba, 1581

El 15 de abril de 1581, las Cortes portuguesas, reunidas en la ciudad de Tomar, juraron rey de Portugal a Felipe II de España. La península Ibérica se unificaba así bajo una misma corona y el Rey Prudente obtenía el control de los territorios que la formaban y el comercio con el Nuevo Mundo, repartido entre España y Portugal a raíz del tratado de Tordesillas.

Fue precisamente en Portugal donde por primera vez se trató la posibilidad del exterminio en masa de los moriscos españoles. Reunidos el rey, el conde de Chinchón y el rehabilitado anciano duque de Alba, cuyo carácter no se suavizaba ni siquiera con la vejez, estudiaron la posibilidad de embarcar a todos los moriscos con destino a Berbería para, una vez en alta mar, barrenar las naves a fin de que perecieran ahogados.

Por fortuna, o quizá porque la armada estaba ocupada en otros menesteres, la matanza de todo un pueblo no se llevó a cabo.

Pero en el mes de agosto de ese mismo año, desde Portugal, el rey adoptó también otra decisión que afectaría directamente a Hernando. Ese verano la sequía hizo estragos en la campiña cordobesa: las yeguas carecían de pastos en las dehesas, y faltaba el dinero para alimentarlas con un grano excesivamente caro que, por otra parte, era reclamado por los vecinos. Hasta el obispado de Córdoba se había visto obligado a adquirir trigo importado de fuera de España. Por eso, el rey escribió al caballerizo mayor don Diego López de Haro y al conde de Olivares comunicándoles que la yeguada debía ser trasladada a Sevilla, a los pastos del coto real del Lomo del Grullo, sobre el que tenía jurisdicción el conde, para que allí pudiera apacentar.

Había transcurrido más de un año desde que Karim murió a manos del verdugo de la Inquisición y Hamid desapareció en las aguas del Guadalquivir tras vengar la traición a la comunidad morisca. Hernando vivió ese período en constante penitencia, porque cada vez que recordaba el obstinado silencio de Karim en la sala de tortura del alcázar de los reyes cristianos le invadía un sentimiento de culpabilidad al que sólo creía engañar mediante el ayuno y la oración.

– Habría muerto igual -trató de convencerle Fátima, preocupada por el estado que mostraba su esposo: delgado, demacrado y con unas marcadas ojeras negras que apagaban el intenso azul de sus ojos-. Aunque hubiera confesado, nunca se habría reconciliado con la Iglesia y le habrían ejecutado de todos modos.

– Quizá sí… -contestó Hernando, pensativo-, quizá no. Eso no podemos saberlo. Lo único cierto, lo único que sé, puesto que lo viví momento a momento, es que falleció en el dolor y la crueldad por mantener en secreto mi nombre.

– ¡El de todos, Hernando! Karim ocultaba el nombre de todos aquellos que siguen creyendo en el único Dios, no sólo el tuyo. No puedes asumir solo esa responsabilidad.

Pero el morisco rechazó las palabras de su mujer.

– Dale tiempo, hija -le recomendó Aisha ante el llanto de Fátima.

Don Diego anunció a Hernando que debía ir con la yeguada a Sevilla y quedarse con ella hasta volver a Córdoba. Fátima y Aisha se alegraron, esperanzadas en que el viaje y el tiempo que estuviese en Sevilla consiguieran distraerle y arrancarle de la tristeza en la que se hallaba sumido y para la que no parecía existir consuelo, ni siquiera en sus paseos diarios a lomos de Azirat.

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