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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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La delación era, con mucho, el más infame y execrable de los delitos que podía cometer un morisco. Desde la época del emperador Carlos I se habían sucedido los edictos de gracia por parte de la Inquisición española, sustentados todos ellos en bulas papales.

Tanto el rey como la Iglesia eran conscientes de las dificultades que conllevaba la pretendida evangelización de un pueblo entero bautizado a la fuerza; las carencias en cuanto a sacerdotes que estuvieron lo bastante capacitados y dispuestos a llevar a buen término tal tarea eran indiscutibles. También era consciente la Iglesia de que, en aquella situación, el número de relapsos que indefectiblemente deberían acabar en la hoguera era tan elevado, que la función ejemplarizante de esa pena carecía de sentido y de efectos sobre el resto, por lo que durante un siglo intentó acoger en su seno a los moriscos que simplemente confesasen y se reconciliasen, aunque fuera en secreto, sin conocimiento de sus hermanos, extendiendo el perdón incluso a relapsos reincidentes y ofreciéndoles beneficios como la no confiscación de sus bienes.

Sin embargo, esas confesiones se hallaban sometidas a una condición: debían denunciar a aquellos otros miembros de su comunidad que practicaban la herejía. Ninguno de los edictos de gracia prosperó. Los miembros de la comunidad morisca no se delataron entre sí.

Por otra parte, el pueblo odiaba a los moriscos. Su laboriosidad, en contra del artesanado cristiano que pretendía emular a nobles e hidalgos con su animadversión hacia cualquier tipo de actividad laboral, exacerbaba a las gentes que veían cómo los moriscos, una vez superado el desconcierto producido por la deportación de los granadinos, volvían a enriquecerse: poco a poco, ducado a ducado. También se elevaban numerosas quejas a los consejos reales por parte de las poblaciones, basadas en la considerable fertilidad de los moriscos, quienes, por otra parte, no eran llamados a los ejércitos reales que año a año venían a diezmar el campesinado y la vecindad españolas.

Tal y como presumía Hernando, Fátima y Hamid no habían echado al fuego el Corán y los demás documentos: los habían escondido en el patio, bajo los terrazos.

– Ingenuos -les recriminó, luego de sonsacarles la verdad-. Los oficiales de la Inquisición no habrían tardado ni un instante en encontrarlos.

Lo quemó todo salvo el Corán y antes del amanecer, tras una noche en vela temiendo escuchar el resonar de las pisadas de los oficiales de la Suprema dirigiéndose a su casa, disimuló el libro divino en su marlota y lo llevó a la catedral, antes del oficio de vigilia, como le había dicho don Julián.

Descendió la calle de los Barberos y la de Deanes hasta llegar a la puerta del Perdón. Hacía frío, pero él llevaba la marlota doblada sobre su brazo derecho, el Corán apretado contra su cuerpo. Tembló. ¿De frío? Sólo después de traspasar el gran arco de la puerta del Perdón, comprendió que no era el frío lo que le provocaba aquellas tenues convulsiones. ¿Qué estaba haciendo? Ni siquiera se lo había planteado: cogió el libro para entregárselo a don Julián como si aquello fuera lo más normal y ahora se encontraba en el huerto de la catedral, con un Corán bajo el brazo, rodeado de sacerdotes que acudían al oficio de vigilia. Salvo el obispo, que cruzaba por el antiguo puente que unía la catedral con su palacio, los demás lo hacían por la puerta del Perdón: las otras dignidades del cabildo, reconocibles por sus lujosas vestiduras, y más de un centenar de canónigos y capellanes a los que se sumaban organistas y músicos, niños del coro, acólitos, alcaides del silencio, sacristanes, celadores… De repente se vio inmerso en una corriente de sacerdotes y todo tipo de trabajadores de la catedral. Algunos charlaban, los más caminaban en silencio, adormilados, con aspecto hosco. Un tremendo escalofrío le recorrió la espina dorsal. ¡Se encontraba en uno de los lugares más sagrados de toda Andalucía con un Corán bajo el brazo! Se detuvo, y tres niños del coro que iban tras él se vieron obligados a sortearlo. Apretó el libro contra su cuerpo, y simulando una indiferencia que en modo alguno sentía comprobó que la marlota lo tapaba. Observó cómo la riada de hombres vestidos con hábitos negros y birretes confluía en la puerta del Arco de Bendiciones por la que se accedía al interior del recinto, y entonces lo decidió y dio media vuelta para escapar de allí. Ya se ocuparía de esconder el Corán en alguna otra…

– ¡Eh! -Hernando escuchó la exclamación a sus espaldas y confió que no fuera dirigida a él-. ¡Tú! -Miró al frente y apretó el paso-. ¡Detente! -Un sudor frío fluyó de repente y le recorrió la espalda. El inicio del arco de la puerta del Perdón estaba a solo…- ¡Alto!

Dos porteros le salieron al paso y le impidieron continuar.

– ¿No oyes que te llama el inquisidor? -Hernando balbuceó una excusa y miró más allá de la puerta, hacia la calle. Podía echar a correr y huir. Su mente trataba de decidir: ¿escapar? Lo habrían reconocido y antes de que pudiera acudir a por Fátima y los niños…-. ¿Acaso no entiendes? -le gritó el otro portero.

Hernando se volvió hacia el huerto. Un sacerdote delgado y altísimo le esperaba. Sabía que una de las canonjías del cabildo catedralicio estaba reservada a un representante de la Inquisición. Dudó de nuevo. Percibió la respiración de los porteros en su nuca y sin embargo…, el canónigo estaba solo, ningún familiar ni alguacil de la Suprema le acompañaba.

Se tranquilizó y respiró hondo.

– Padre -saludó con una inclinación de cabeza tras recorrer la distancia que le separaba del inquisidor-. Disculpadme, pero nunca pude suponer que vuestra paternidad se dirigiera a mí, un simple…

El inquisidor le interrumpió y le ofreció la mano, lacia, para que hiciera la pertinente genuflexión. Instintivamente fue a cogerla, pero el libro bajo su brazo derecho…, lo agarró por encima de la marlota con el izquierdo y se lo pegó al pecho al tiempo que llegaba casi a arrodillarse para poder comprobar que nada se veía. El inquisidor le instó a levantarse. Hernando dobló la marlota sobre el brazo para impedir que pudiera ni siquiera notarse la presencia del libro. El sacerdote lo examinó de arriba abajo. Él apretó el Corán contra su pecho. ¡Allí estaba contenida la revelación divina! ¡Ese libro era el que debería estar en el interior de la mezquita, custodiado en el mihrab, en lugar de todos aquellos sacerdotes cristianos con sus cánticos y sus imágenes! Una oleada de calor nació de allí donde se alojaba el libro divino, junto a su corazón, para extenderse por todo su cuerpo. Se irguió y tensó sus músculos, y cuando el inquisidor puso fin a la inspección, se sentía fuerte, confiado en Dios y su palabra.

– Ayer -habló el inquisidor con voz sibilante-, detuvimos a un hereje que se dedicaba a copiar, encuadernar y distribuir escritos difamatorios y contrarios a la doctrina de la Santa Madre Iglesia. No habrá período de gracia para su confesión espontánea. Hoy mismo, dada la gravedad del caso y la necesidad de detener a sus posibles cómplices antes de que huyan, daremos inicio a los interrogatorios en la sede del tribunal. Los libros están escritos en un árabe que nuestro traductor usual no llega a comprender del todo. El cabildo me ha proporcionado excelentes referencias tuyas, por lo que deberás presentarte allí a la hora de tercia para presenciar los interrogatorios y actuar como traductor de todos esos escritos.

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