La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– Yo no soy extranjero y este caballo sería capaz de cruzar ese largo y delicado cabello -replicó, haciendo caso omiso de la advertencia de su amigo-, podría andar sobre él sin caerse ni romperlo. Si parece que no toque el suelo… ¡Que flote en el aire!
A sus veintiséis años, Hernando era el jefe de un grupo familiar y uno de los más considerados e influyentes miembros de la comunidad morisca. Vivía siempre rodeado de gente, volcado en los demás. Azirat vino a proporcionarle unos momentos de libertad de los que no había disfrutado a lo largo de su existencia y así, en cuanto tenía oportunidad, aparejaba al caballo y salía al campo en busca de la soledad, unas veces andando las dehesas al paso, con tranquilidad, pensativo; otras, sin embargo, permitía a Azirat que demostrase su velocidad y su poderío. Y en ocasiones buscaba las dehesas en las que pastaban los toros, corriéndolos sin dañarlos, jugueteando con aquellas peligrosas astas que nunca llegaban a cornear las ancas de Azirat cuando éste quebraba con agilidad frente a sus embestidas, encelándolos en la tupida cola del caballo mientras los toros la perseguían, dando fuertes cabezazos al engaño que les presentaban los largos pelos de la cola del caballo.
Nunca se dirigió al norte, hacia Sierra Morena, allí donde campaba Ubaid con los monfíes. Abbas le aseguró que el arriero de Narila no le molestaría, que le habían hecho llegar recado exigiéndoselo, pero Hernando no se fiaba.
Los domingos acostumbraba a montar consigo a Francisco y a Shamir, que habían crecido como hermanos, y les cedía el control de las riendas allí donde no había peligro. Si cuando él salía a caballo buscaba la soledad procurando no alardear en exceso ante los cristianos, con los niños no llegaba a correr por el campo y se limitaba a pasear por los alrededores de Córdoba. Uno de esos días, al atardecer, cruzó el puente romano con los niños, orgullosos y sonrientes. Francisco iba delante, a horcajadas; Shamir agarrado a su espalda.
– ¡Mirad, padre! -señaló Francisco en cuanto dejaron atrás la Calahorra y llegaron al campo de la Verdad-. Allí está Juan el mulero.
Desde la distancia, Juan los saludó con gesto cansado. Cada domingo que pasaban por allí, Hernando lo veía más y más envejecido; ni siquiera le quedaban ya aquellos pocos dientes con los que logró mordisquear el pezón de la mujer de la mancebía.
– Desmontad, muchachos -les dijo Juan a los niños con voz pastosa una vez llegaron hasta él. Hernando se extrañó, pero el mulero le hizo callar con un gesto-. Id a ver las mulas. Me ha dicho Damián que os echan de menos desde la última vez que estuvisteis acariciándolas.
Damián era un bribonzuelo que Juan había tenido que contratar para que le ayudase. Francisco y Shamir corrieron hacia la recua y los dos hombres quedaron frente a frente. Juan movió los labios sobre las encías, preparándose para hablar.
– Hay una persona, un cristiano nuevo de los vuestros, preguntando, investigando… -Hernando esperó hasta que el mulero comprobó que nadie los escuchaba-… por el contrabando de hojas de papel.
– ¿Quién es?
– No lo sé. A mí no se ha dirigido. Pero he oído que preguntó a un arriero.
– ¿Estás seguro?
– Muchacho, estoy al tanto de todo lo que entra y sale ilegalmente de Córdoba. Poco puedo hacer ya, más que chismorrear y sacar tajada de aquí y allá.
Hernando echó mano de la bolsa y le entregó unas monedas. En esta ocasión Juan las admitió.
– ¿No van bien las cosas? -se interesó el morisco.
– Los ojos del señor engordan al caballo -empezó a recitar Juan haciendo un gesto despectivo hacia Damián-, y los lacayos y mozos, lo gastan y destruyen -finalizó el dicho-. Lo mismo vale para las mulas y ningún remedio me queda. Y en cuanto a trapichear… ¡Hoy por hoy no podría ni alzar uno de los remos de La Virgen Cansada.
– Cuenta conmigo si necesitas algo.
– Mejor que te preocupes por ti, muchacho. Ese morisco, y supongo que también la Inquisición, van detrás de todos los que usáis ese papel.
– ¿Usáis? ¿Cómo puedes suponer…?
– Seré viejo y estaré débil, pero no soy idiota. Ni la Iglesia ni los escribanos tienen necesidad de entrar esas cantidades de papel de contrabando. Se rumorea que el papel es de baja calidad y viene de Valencia. El arriero al que preguntó el morisco era de allí, así que tampoco se trata del que usan los hidalgos para escribir ni el editor para imprimir sus libros.
Hernando resopló.
– ¿No podemos averiguar quién es ese morisco?
– Si algún día vuelve el arriero de Valencia…, pero dudo que lo haga sabiendo que alguien hace preguntas inconvenientes. Si podéis encontrarlo allí en su tierra… Pero no pierdas un segundo -le aconsejó el mulero, apremiándole.
– ¡Niños! -Gritó Hernando echando el pie izquierdo al estribo y pasando con agilidad la pierna derecha por encima de la grupa-. Nos vamos. -Alzó a uno y otro hasta montarlos-. Si te enteras de algo más… -añadió entonces hacia Juan. El mulero asintió con una sonrisa que dejó a la vista sus encías-. Azirat se ha puesto enfermo -dijo a Francisco ante las quejas del niño por no continuar el paseo. En sus costados, notó la presión de las manos de Shamir, como si no creyese aquella excusa dirigida al pequeño-. No querrás que enferme más todavía, ¿verdad? -insistió, no obstante, tratando de calmar a Francisco.
En las caballerizas, mientras los niños ayudaban al mozo a desembocar al caballo, Hernando advirtió a Abbas de lo sucedido; luego corrió hacia la calle de los Barberos.
– ¡No quiero ver una hoja de papel en esta casa! -ordenó a Fátima, a su madre y a Hamid, sobre todo a Hamid, señalándole con un dedo. Se reunieron lejos de los niños, en una de las habitaciones superiores, y les explicó acaloradamente lo que le había contado Juan. El alfaquí trató de contestar, pero Hernando no se lo permitió-: Hamid, ni uno solo, ¿me entiendes? No podemos ponernos en riesgo, ni nosotros, ni a ellos -añadió haciendo un gesto hacia el patio, en donde se oían las risas de los niños-. Ni a todos los demás.
Con todo, fue Fátima quien discutió:
– ¿Y el Corán? -Todavía conservaban el ejemplar que les había dado Abbas.
Hernando pensó unos instantes.
– Quémalo. -Los tres lo miraron, atónitos-. ¡Quémalo! -insistió-. Dios no nos lo tendrá en cuenta. Trabajamos para El y de poco le serviría que nos detuvieran.
– ¿Por qué no lo escondes fuera de…? -terció Aisha.
– ¡Quemadlo! Y limpiad las cenizas del papel. A partir de este momento… de cuando lo hayáis quemado todo -se corrigió-, quiero la puerta del zaguán abierta. Suspenderemos las clases de los niños hasta que veamos qué es lo que sucede y tú, Fátima, esconde el colgante donde nadie pueda encontrarlo. Tampoco quiero muescas en las paredes que señalen hacia La Meca.
– No puedo quitarlas -adujo Hamid.
– Pues haz más, muchas más, en todas direcciones. Seguro que recordarás siempre cuál es la buena. Tengo que ir a la mezquita, pero también hay que advertir a Karim y a Jalil, a Karim sobre todo. -Observó a los tres. ¿Podía fiarse de que cumplieran sus instrucciones, de que no tratarían de esconder también aquel Corán que tantas noches habían leído?-. Ven -dijo a Fátima, extendiendo la mano para que ella la tomase.
Salieron de la habitación y se apoyaron en la barandilla de la galería del piso superior. Abajo jugaban los niños, alrededor de la fuente. Reían, corrían e intentaban pillarse unos a otros al tiempo que se echaban agua. Permanecieron contemplándolos en silencio, hasta que Inés percibió su presencia; alzó el rostro hacia ellos y mostró los mismos ojos negros y almendrados de su madre. Al momento, Francisco y Shamir la imitaron, y como si fueran conscientes de la trascendencia del momento, los tres niños sostuvieron sus miradas. Durante unos instantes, igual que ascendía entremezclado el frescor del patio y el aroma de las flores, una corriente de vida y de alegría, de inocencia, se desplazó desde el patio a la galería superior. Hernando apretó la mano de Fátima al tiempo que su madre, tras él, apoyaba la suya en el hombro de su hijo mayor.