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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– Hemos pasado hambre y muchas penurias hasta llegar aquí -dijo él, rompiendo el hechizo-, no podemos errar ahora. -Se incorporó de repente. ¡Debía confiar en ellos!-. Ocupaos de poner en orden la casa -ordenó dirigiéndose a Fátima y Aisha-. Padre -añadió, dirigiéndose a Hamid-, confío en ti.

Llegó a la catedral antes de que finalizasen los oficios cantados de vísperas. La música del órgano y los cánticos de los novicios que estudiaban en los jesuitas inundaban el recinto, deslizándose entre las mil columnas de la mezquita. Jerárquicamente ordenados en sus correspondientes sitiales del coro, como era su obligación en todos los oficios, los miembros del cabildo en pleno participaban en los cánticos. El olor a incienso abofeteó a Hernando: después de haber respirado el fresco aroma de las flores y plantas del patio, aquel aire dulzón le recordó para qué se encontraba allí. Se sumó a la feligresía que participaba en el oficio; una vez terminado el acto se dirigió a un portero para que buscase a don Julián y le comunicase que le esperaba.

Lo hizo delante de la reja de la biblioteca, que en aquellos momentos estaba en obras. Tras la muerte del obispo fray Bernardo de Fresneda y en sede vacante, el cabildo catedralicio había decidido convertir la biblioteca en una nueva y suntuosa capilla del Sagrario, al estilo de la Capilla Sixtina, puesto que el sagrario que se encontraba en la capilla de la Cena se había quedado pequeño. Parte de la biblioteca fue trasladada al palacio del obispo; el resto convivía con las obras hasta que se construyera una nueva librería junto a la puerta de San Miguel.

– Bien -comentó el sacerdote intentando transmitir tranquilidad a Hernando tras escuchar sus encendidas explicaciones-. Mañana, después del oficio de vigilia, ordenaré que trasladen nuestros libros y papeles al palacio del obispo.

– ¿Al palacio del obispo? -se asombró Hernando.

– ¿Dónde mejor? -Sonrió don Julián-. Es su biblioteca privada. Hay centenares de libros y manuscritos y soy yo quien se ocupa de ellos. No te preocupes por eso, los esconderé bien. Por más libros que fray Martín pretenda leer, nunca llegará a acceder a los nuestros; además, de esa forma, cuando se tranquilice la situación podremos continuar con nuestra labor.

¿Podría, pensó Hernando, aprovechar él también la estratagema de don Julián y esconder su Corán en la biblioteca de fray Martín de Córdoba?

– Es posible que en mi casa aún tenga un Corán y algunos calendarios lunares…

– Si me los traes antes del oficio de vigilia… -Don Julián interrumpió sus palabras para contestar al saludo de dos prebendados que pasaron a su lado. Hernando inclinó la cabeza y murmuró unas palabras-. Si me los traes -repitió cuando los sacerdotes ya no podían oírlos-, me ocuparé de ellos.

Hernando escrutó al viejo sacerdote: su aplomo… ¿era real o mera impostura? Don Julián imaginó sus pensamientos.

– El nerviosismo sólo puede conducirnos al error -le aclaró-. Debemos superar esta dificultad y continuar con nuestra labor. ¿En algún momento pensaste que esto sería sencillo?

– Sí… -reconoció un titubeante Hernando tras unos instantes. Y lo cierto es que así se lo había parecido últimamente. Al principio, cuando accedía a la catedral, notaba cómo se le atenazaban los músculos y le sobresaltaba el menor ruido, pero después, poco a poco…

– La confianza en exceso no es buena consejera. Debemos estar siempre alerta. Tenemos que encontrar a ese espía antes de que él nos encuentre a nosotros. Karim sabrá del arriero valenciano. Hay que dar con él y enterarse de quién fue el que le preguntó.

Todo lo había llevado Karim. Los demás trataron de convencerle de que les permitiera ayudarle, pero el anciano se negó y tuvieron que reconocerle su razón. «Con que uno se arriesgue, ya es bastante», sostenía el anciano. Karim se ocupaba de adquirir el papel y de tratar con los moriscos valencianos y los arrieros; él se ocupaba de hacérselo llegar a Hernando y a don Julián, y era él quien recibía los libros o documentos ya escritos para, después de encuadernarlos con la ayuda de una prensa que guardaba en su casa, distribuirlos por Córdoba. Excepción hecha de las esporádicas reuniones que mantenían, y que poco podían demostrar, nadie podía relacionar a los demás miembros del consejo con la copia y venta de ejemplares del Corán.

Abandonaron la catedral por la puerta de San Miguel. Ya era casi noche cerrada y ascendieron por la calle del Palacio. Como casi todos los religiosos de Córdoba, don Julián también vivía en la parroquia de Santa María, en la calle de los Deanes, a pocos pasos de Hernando. En la conjunción de los Deanes con Manriques, allí donde se formaba una plazuela, un hombre fornido les salió al paso. Hernando echó mano al cuchillo que llevaba al cinto, pero una voz conocida detuvo sus movimientos.

– ¡Tranquilos! Soy yo, Abbas. -Reconocieron al herrador, quien no se anduvo con rodeos-: Los familiares de la Inquisición acaban de detener a Karim -anunció-. Han registrado su casa y han encontrado un par de ejemplares del Corán y otros documentos, que han requisado, así como la prensa, las cuchillas y los demás enseres que usaba para encuadernarlos.

39

Se llamaba Cristóbal Escandalet y había emigrado a Córdoba desde Mérida, junto a su mujer y tres hijos jóvenes, hacía un par de años. Era buñolero de profesión y recorría la ciudad ofreciendo los sabrosos dulces moriscos hechos con harina amasada y fritos en aceite: buñuelos de viento; buñuelos de jeringuilla, alargados, compactos y estriados o buñuelos bañados en miel. Hamid localizó la casa en la que vivía hacinado con cuatro familias más, en el humilde barrio de San Lorenzo, cerca de la puerta de Plasencia, en el extremo occidental de la ciudad.

Llevaba un par de días siguiéndolo. Estudió cómo hablaba y trataba con la gente, cómo se la ganaba haciendo gala de una considerable simpatía y capacidad para embaucar a los potenciales compradores de sus productos, ya se tratara de cristianos viejos, ya de cristianos nuevos. Rondaba los treinta años; de estatura normal, enjuto y fibroso, se movía siempre con nervio, cargado con sus aparejos para freír los buñuelos. Hamid comprobó que tenía una sartén reluciente, y que la manga por la que salían los buñuelos era nueva.

– ¡El precio por traicionar a Karim! -exclamó, airado, observando a cierta distancia cómo Cristóbal cantaba las excelencias de sus dulces en un día de mercado, frente a la cruz del Rastro, donde la calle de la Feria se unía a la ribera del Guadalquivir.

Una mujer que pasaba por su lado se volvió hacia él, sorprendida. Hamid le sostuvo la mirada con frialdad y la mujer continuó su camino. Luego el alfaquí volvió a centrarse en el buñolero, en sus brazos nervudos y en su cuello enhiesto y fuerte. ¡Debía cortar aquel cuello y debía hacerlo él, Hamid! ¡Sólo él podía hacerlo! Ésa era la pena para el musulmán que abandonaba su ley y, para Cristóbal, no cabía la posibilidad de arrepentimiento: había traicionado a sus hermanos en la fe. Sin embargo, ¿cómo un anciano cojo, débil y desarmado podía ejecutar la sentencia a muerte que dictó tan pronto como tuvo conocimiento del nombre del traidor?

La detención y confinamiento de Karim en la cárcel de la Inquisición, en el alcázar de los reyes cristianos, conmocionó a la comunidad morisca de Córdoba. Durante días no existió otro tema de conversación entre sus miembros, algunos de los cuales sembraron la duda acerca de la identidad del traidor del respetado anciano. Muchos eran los que conocían las actividades de Karim: aquellos que vigilaban la casa durante las reuniones del consejo; los que compraban ejemplares del Corán, de las profecías, de los calendarios lunares o de los escritos de polémica y aquellos otros que aprovechaban sus salidas al campo a trabajar las tierras para llevar los libros fuera de Córdoba y distribuirlos por las demás aljamas del reino. La desconfianza anidó en la comunidad y muchos fueron los que tuvieron que defender su inocencia ante miradas de soslayo o acusaciones directas. Para no originar más recelos en la grey, los miembros del consejo decidieron no hacer pública la noticia de que había sido precisamente un morisco quien preguntó al arriero valenciano, pero tampoco pudieron hacer nada por investigar de quién se trataba: Karim resultaba inaccesible en la cárcel de la Suprema y su esposa, anciana y rota por lo acaecido, nada sabía al respecto, como le contó a Abbas cuando el herrador logró verla por fin después de que los familiares de la Inquisición hicieran cumplido inventario de los escasos bienes propiedad de Karim para requisarlos a favor del Santo Oficio.

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