La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Todo aquello sería su futuro. La llegada de Amo von der Leyen había convertido aquella posibilidad en una realidad, en algo más que palpable. En cuanto se hubiera terminado el asunto, tomaría las medidas pertinentes y definitivas.
El último paso hacia la seguridad sería ligero.
Lankau sonrío para sus adentros. La sensación desconocida de estar solo en medio de la oscuridad le resultaba atractiva. Refuerza las decisiones, el odio y la fuerza primitiva que conlleva concentrarse en ella.
Su cuerpo no había estado tan macizo desde que, años atrás,
se había caído en una pista negra de St. Ulrich, en los Alpes dolomíticos. Le escocía el ojo, los hombros le dolían y allí donde la cuerda se había hundido en la carne de piernas y brazos palpitaban unas estrías rojas de piel macerada. Además, se había hecho un chichón en la cabeza cuando la silla se hizo añicos.
En resumidas cuentas, esperaba con impaciencia pagar a Amo von der Leyen con la misma moneda.
Volvería, Lankau estaba totalmente convencido de ello. Por tanto, sólo cabía esperar, una espera en la que se alternaba el odio con la promesa de futuros escarceos con jóvenes mujeres mestizas y el aroma pesado de caña de azúcar, cacao y café.
La casa estaba como la había dejado Amo von der Leyen y a oscuras. En el patio sólo brillaba una luz tenue que siempre estaba encendida. Al otro lado de la viña que daba a la carretera, los conos de luz de los coches centelleaban ocasional y repentinamente, iluminando durante uno o dos segundos los trofeos de caza de Lankau de un modo siniestro y vivificante.
A partir del momento en que el coche aminoró la marcha en la carretera, Lankau supo que recibiría una visita. Con un ronroneo profundo, el coche se detuvo al llegar al cartel del sendero que conducía a la casa y el cono de luz la iluminó momentáneamente. Al instante siguiente, el coche dio marcha atrás y desapareció en dirección a la ciudad.
Lankau volvió a morder la manzana y la dejó en el quicio de la ventana con una masticación satisfecha y perezosa. Se escondió detrás de la cortina y miró hacia la carretera. La subida a la casa parecía desierta. A lo mejor sólo había sido alguien que quería dar la vuelta. Pero aunque esa posibilidad era manifiesta, estaba obligado a pensar lo peor. Posiblemente, el coche había dejado a algún pasajero; en el mejor de los casos serían Rroner y Stich.
Y luego pasó un buen rato sin que sucediera nada.
Unos pasos indecisos cruzaron el patio y fue entonces cuando las vio: siluetas vacilantes y cautelosas. El hombre del rostro ancho se retiró de la ventana. Estaba perplejo y sorprendido: eran Petra Wagner y una mujer desconocida, lo cual quería decir que Kröner no había logrado su propósito.
Lankau avanzó a tientas siguiendo la pared de ventana en ventana. Bajo el baile de sombras de los arbustos, a la luz de los vehículos que pasaban por la carretera, todo parecía normal y seguro.
Las mujeres habían venido solas.
En el preciso momento en que tiraron de la puerta principal y la abrieron suavemente, Lankau encendió el aplique del sofá.
– ¿Quién hay? -gritó metiéndose un cuchillo corto de hoja ancha y de doble filo por dentro de la goma de la media.
– ¡Petra Wagner! ¡Soy yo, Petra! ¡He venido con una amiga!
Lankau entornó los ojos cuando encendieron la luz del pasillo. En el momento en que Petra apareció en el vano de la puerta pareció que se llevaba el índice a los labios, como haciendo callar a su acompañante. Lankau había pestañeado un par de veces por la luz. Desde el enfrentamiento con Arno von der Leyen en el pantano de Taubergiessen, su ojo sano le había jugado malas pasadas cada vez que la intensidad de la luz cambiaba.
Eso le hizo dudar de lo que había visto.
– ¡Petra! -exclamó frotándose los ojos-. ¡Qué sorpresa tan grata!
Petra se estremeció. En cuanto detectó de dónde procedía la voz, sonrió, excusándose.
Los dedos cortos de Lankau recorrieron el pelo ralo y rebelde.
– ¿A qué debo este honor? -prosiguió, ofreciéndole su mano a Petra.
Petra llevó la voz cantante cuando Lankau le dio la bienvenida a la mujer desconocida.
– Debes perdonar que nos presentemos sin avisar. Ésta es mi amiga Laura, de la que te he hablado. ¡La que está sorda!
La mujer desconocida sonrió sin apartar la mirada de los labios de Lankau.
– ¿Te molestamos? -dijo Petra llevándose una mano al pecho-. ¡Uf! Estaba todo tan oscuro. ¡Me he llevado un buen susto!
– No tenías por qué, Petra -dijo Lankau metiéndose la camisa por dentro de los calzones cortos-. Simplemente me había quedado dormido. No debéis preocuparos.
La mujer desconocida y Petra formaban una pareja extraña. Además, era indiscutible que Petra Wagner jamás había mencionado a una amiga llamada Laura, y aún menos a una que fuera sorda. De hecho, Petra Wagner jamás había comentado nada de su vida privada que no tuviera que ver con Gerhart. Si estaba compinchada con Arno von der Leyen, él, sin duda, la habría enviado hasta allí. Lankau tuvo que reconocer que cabía esa posibilidad.
Era posible que estuviera allí fuera, esperando el momento adecuado para atacar.
– No tengo tu número de teléfono -dijo Petra.
Lankau se encogió de hombros.
– Y ninguno de vosotros estaba en casa cuando llamé. ¡O sea que me he arriesgado!
– ¡Pues aquí estoy! ¿En qué puedo ayudarte?
– ¿Están Kröner y Stich aquí?
– No, claro que no. ¿Eso es todo lo que querías saber?
– ¡Tienes que contarme lo que pasó en Schlossberg!
– ¿Por qué?
Porque tengo que asegurarme de que Arno von der Leyen ha desaparecido. ¡Hasta que no lo sepa, no lograré encontrar la paz!
– ¿Ah, no?
– ¿Está muerto?
– ¡Muerto!
La risa de Lankau era desagradable y fanfarrona. Si lo que realmente pretendía Petra era tenderle una trampa, no iba a conseguirlo.
– ¡Desde luego que no está muerto!
– Entonces, ¿qué? ¿Dónde está ahora?
– ¡No tengo la menor idea! ¡Espero que ahora mismo esté en un avión, de camino a algún lugar lejano!
– ¡No lo comprendo! Estaba tan decidido a encontrar a Gerhart Peuckert. ¿Qué pasó en Schlossberg?
– ¿Que qué pasó? Ya lo sabes. Encontró a su Gerhart Peuckert, ¿no?
Lankau sonrió al ver la confusión reflejada en su rostro y abrió los brazos.
– Lo único que pasó fue que, esta tarde, mi hijo mayor hizo que grabaran una pequeña placa de latón que rezaba: «En recuerdo a las víctimas del bombardeo de Friburgo el 15 de enero de 1945.» Fijó la placa en un pequeño poste que clavó en la tierra, entre las columnas.
Lankau sonrió y prosiguió:
– ¡Es muy hábil, mi Rudolph!
– ¿Y qué más?
– ¡Bueno, que cuando, un par de horas más tarde, se acercó para retirar la placa, había un ramo de flores en el suelo, delante del poste! Conmovedor, ¿no te parece? -explicó Lankau con una amplia sonrisa en los labios.
La mujeres lo miraron fijamente a los ojos. Su experiencia le decía que muy pocas veces dos personas son capaces de crear un marco homogéneo alrededor de un engaño y, aún menos, dos mujeres. Si realmente Arno von der Leyen hubiera estado fuera esperando su momento, lo habría notado en sus gestos y su mímica. Habrían estado alertas, sus miradas habrían sido más evasivas; furtivas y tensas. Lankau estaba convencido de que estaba a solas con ellas, lo que, de todos modos, no las hacía más fiables. Tan sólo la sonrisa apenas perceptible en los labios de Petra parecía sincera.