El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Cuando la joven criada se hubo alejado, Egwene puso la mano sobre el brazo de Talmanes.
—No lo hagáis. Ni siquiera la Compañía puede conquistar Murandy por sí sola, y tendréis a todos en contra. Sabéis muy bien que lo único que une a los murandianos es tener extranjeros en su suelo. Seguidnos a Tar Valon, Talmanes. Mat irá allí; de eso no me cabe duda. —Mat no creería que era la Amyrlin hasta verla con la estola en la Torre Blanca.
—Roedran no es estúpido —contestó sosegadamente—. Sólo quiere que nos quedemos y esperemos. Un ejército extranjero, sin Aes Sedai, y sin que nadie sepa qué se propone. No le resultaría muy difícil unir a los nobles contra nosotros. Entonces, según él, la Compañía cruzaría la frontera sin armar jaleo. Cree que puede controlarlos después.
—¿Y qué le impide traicionaros? —Egwene no pudo evitar cierta vehemencia en su voz —. Si la amenaza desaparece sin un combate, su sueño de unificar Murandy también podría desvanecerse. —¡El muy necio parecía divertido!
—Tampoco yo soy estúpido. Roedran no podrá estar preparado antes de la primavera. Esos que han acudido a la reunión no habrían salido de sus casas solariegas si los andoreños no hubiesen viajado hacia el sur, y se pusieron en marcha cuando aún no habían empezado las nevadas. Antes de que llegue ese momento, Mat nos encontrará. Si viene hacia el norte, entonces tiene que saber dónde nos encontramos. Roedran habrá de conformarse con lo que haya conseguido para entonces. Así que, si Mat tiene intención de viajar a Tar Valon, quizá vuelva a veros allí.
Egwene hizo un ruido de irritación. Era un buen plan, del tipo que Siuan discurriría, y, en su opinión, la clase de maniobra que Roedran Almaric do Arreloa a’Naloy difícilmente sería capaz de llevar a cabo. De él se decía que era tan disoluto que hacía que Mat pareciese pudoroso. Claro que tampoco habría creído capaz a Roedran de fraguar un plan así. Lo único indudable era que Talmanes había tomado una decisión.
—Quiero que me prometáis que no dejaréis que Roedran os arrastre a una guerra, Talmanes. —Responsabilidad. La estrecha estola que le rodeaba el cuello parecía pesar diez veces más que su capa—. Si actúa antes de lo que pensáis, os marcharéis tanto si Mat se ha reunido con vosotros como si no.
—Ojalá pudiera prometéroslo, pero es imposible —protestó—. Como mucho, espero la primera incursión contra mis suministros tres días después de que empiece a alejarme del ejército de Bryne. Cualquier noblecillo de tres al cuarto pensará que puede escamotear unos pocos caballos al amparo de la noche, ocasionarme un pequeño inconveniente y salir corriendo a esconderse.
—No me refiero a defenderos y lo sabéis bien —dijo firmemente—. Dad vuestra palabra, Talmanes, o no permitiré vuestro acuerdo con Roedran. —El único modo de impedirlo era traicionando el secreto que le había confiado, pero no estaba dispuesta a dejar una guerra tras de sí, un conflicto iniciado por ella al llevar allí a Talmanes.
Él la miró como si la viese por primera vez y finalmente inclinó la cabeza. Cosa extraña, aquel gesto pareció más formal que su reverencia anterior.
—Como ordenéis, madre. Decidme, ¿estáis segura de que no sois también ta’veren?
—Soy la Sede Amyrlin —contestó—. Eso es más que suficiente y de sobra para una sola persona. —Volvió a tocarle el brazo—. Que la Luz os acompañe, Talmanes.
La sonrisa del hombre casi se reflejó en sus ojos en esta ocasión. Inevitablemente, a pesar de haber hablado en susurros, su conversación no había pasado inadvertida. O quizá fuera por los susurros. La muchacha que afirmaba ser Amyrlin, una rebelde contra la Torre Blanca, conversando con el cabecilla de diez mil Juramentados del Dragón. ¿Habría hecho más difícil o más fácil el plan de Talmanes y Roedran? ¿La posibilidad de una guerra en Murandy era mayor o menor ahora? ¡Siuan y su maldita Ley de consecuencias no pretendidas! Mientras caminaba entre la muchedumbre, calentándose los dedos con la copa de ponche, cincuenta pares de ojos la siguieron para después apartarse rápidamente. Bueno, casi todos. Los semblantes de las Asentadas eran la serenidad intemporal Aes Sedai personificada, pero Lelaine le recordaba un cuervo de ojos castaños acechando a un pez atrapado en un bajío, en tanto que los ojos de Romanda, un poco más oscuros, habrían podido taladrar una plancha de hierro.
Procurando no perder de vista el sol, recorrió lentamente la zona protegida bajo el pabellón. Los nobles seguían importunando a las Asentadas, pero iban de una a otra como si buscasen respuestas mejores, y Egwene empezó a reparar en pequeños detalles. Donel hizo un alto en su camino de Janya a Moria para saludar con una inclinación de cabeza a Aemlyn, quien respondió con un elegante cabeceo. Cian, que se alejaba de Takima, hizo una profunda reverencia a Pelivar y recibió una ligera inclinación de cabeza a cambio. Y había más, además de ellos; siempre un murandiano mostrando deferencia a un andoreño, que respondía con igual formalidad. Los andoreños procuraban hacer caso omiso de Bryne, excepto para asestarle alguna que otra mirada ceñuda, pero varios murandianos lo buscaron, de uno en uno y muy aparte de todo el mundo, y a juzgar por la dirección de sus miradas, resultaba obvio que hablaban de Pelivar o Arathelle o Aemlyn. A lo mejor Talmanes tenía razón.
También recibió inclinaciones de cabeza y reverencias, aunque ninguna tan pronunciada como las dedicadas a Arathelle, Pelivar y Aemlyn, y mucho menos que las dirigidas a las Asentadas. Media docena de mujeres le dijeron lo agradecidas que estaban de que las cosas se hubiesen resuelto pacíficamente, aunque, a decir verdad, casi otras tantas respondieron con ruidos evasivos que no las comprometían a nada o se encogieron de hombros, inquietas, cuando ella expresó el mismo sentimiento, como si no estuviesen seguras de que todo fuese a acabar tan pacíficamente. Sus reiteradas garantías de que ocurriría así, fueron recibidas con un ferviente «¡La Luz os oiga!» o un resignado «Si la Luz quiere». Cuatro la llamaron «madre», una de ellas sin vacilar. Otras tres le dijeron que era encantadora, que tenía unos ojos preciosos y que tenía donaire. En ese orden; cumplidos adecuados quizá para su edad, pero no para su condición.
Al menos recibió una satisfacción realmente placentera. Segan no era la única a la que había intrigado su anuncio sobre el libro de novicias. Resultaba evidente que ése era el motivo de que la mayoría de las mujeres se decidiesen a hablarle, para empezar. A la postre, las otras hermanas se habrían revelado contra la Torre, pero ella afirmaba ser la Sede Amyrlin. Su interés tenía que ser profundo para que superasen tal cosa, si bien ninguna dejó que se notara. Arathelle hizo la pregunta con un ceño que marcó más arrugas en su rostro. Aemlyn sacudió la canosa cabeza cuando le respondió. La fornida Cian también preguntó, y la siguió una murandiana de grandes ojos, llamada Jennet, y otras. Ninguna lo preguntaba para sí misma —algunas aclararon eso rápidamente, en especial las más jóvenes— pero enseguida hasta la última noble presente había preguntado, así como varias sirvientas, aprovechando la excusa de ofrecerle más ponche. Una de ellas, una mujer enjuta llamada Nildra, había llegado desde el campamento de las Aes Sedai.