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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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La caseta de entrada de Harrenhal era del tamaño del Torreón Principal de Invernalia, tan maltratada como gigantesca, con las piedras llenas de grietas y descoloridas. Desde el exterior sólo se veían las cimas de cuatro torres inmensas más allá del muro. La más baja era casi el doble de alta que la más grande de Invernalia, pero no se alzaban como debían alzarse unas torres. A Arya le dio la impresión de que eran como los dedos nudosos de un anciano que intentaran agarrar las nubes. Recordó que la Vieja Tata les había contado cómo la piedra se había fundido y fluido igual que cera, por las escaleras y por las ventanas, con un brillo rojo opaco, en busca del lugar donde Harren se había tratado de ocultar. En aquel momento se lo creía todo; cada una de las torres era más grotesca y deforme que la anterior, todas bulbosas, llenas de hendiduras y grietas.

—¡No quiero entrar ahí! —chilló Pastel Caliente cuando las puertas se abrieron para recibirlos—. Ahí dentro hay fantasmas.

—Pues tienes que elegir, panadero —contestó Chiswyck que lo había oído, pero por una vez se limitó a sonreír—. Entra con los fantasmas, o conviértete en fantasma.

Pastel Caliente entró con los demás.

En el edificio de piedra y madera, lleno de ecos, que albergaba los baños, obligaron a los prisioneros a desnudarse y a frotarse entre ellos dentro de bañeras de agua demasiado caliente hasta que todos tuvieron la piel enrojecida. Dos ancianas de aspecto cruel supervisaron el proceso, sin dejar de hablar de ellos con tanta brutalidad como si fueran asnos recién comprados. Cuando le llegó el turno a Arya, el ama Amabel gruñó desalentada al ver el deplorable estado de sus pies, mientras que el ama Harra le palpaba los callos de los dedos, fruto de largas horas de entrenamiento con Aguja.

—Esto es de hacer mantequilla —dijo—, seguro. ¿A que eres hija de algún granjero? Pues tranquila, niña, aquí tendrás ocasión de ganarte un puesto mejor si trabajas duro. Si no trabajas, lo que te ganarás será una paliza. ¿Cómo te llamas?

Arya no se atrevió a decir su verdadero nombre, pero Arry tampoco le servía, era nombre de chico y ya habían visto bien claro que no era ningún chico.

—Comadreja —dijo, porque fue el nombre de la primera niña que le vino a la cabeza—. Lommy me llamaba Comadreja.

—Se comprende —bufó el ama Amabel—. Este pelo es un horror y un nido de piojos. Te raparemos y a las cocinas.

—Prefiero cuidar de los caballos. —A Arya le gustaban los caballos, y tal vez si la asignaban a los establos podría robar uno y escapar. El ama Harra le dio una bofetada tan fuerte que se le abrió de nuevo el labio roto.

—Y más vale que cierres el pico, nadie te ha pedido tu opinión.

La sangre le sabía a metal salado. Arya bajó la vista y no dijo nada. «Si aún tuviera a Aguja no se atrevería a pegarme», pensó, hosca.

—Lord Tywin y sus caballeros tienen mozos de cuadras y escuderos que les cuidan los caballos —dijo el ama Amabel—, no les hace falta una cría como tú. Las cocinas están limpias y calentitas, puedes dormir al lado del fuego y hay mucha comida. No te ha ido mal ahí afuera, pero se nota que no eres una niña muy lista. Harra, me parece que ésta se la debemos dejar a Weese.

—Como digas, Amabel.

Le dieron una túnica de lana basta color gris y unas zapatillas que le quedaban mal, y la enviaron afuera.

Weese era un ayudante de mayordomo asignado a la Torre Aullante, un hombre rechoncho con la nariz gruesa y roja como un carbunclo y unos forúnculos asquerosos enrojecidos en una comisura de los labios carnosos. Arya fue uno de los seis prisioneros que le enviaron. Los miró a todos con ojos penetrantes.

—Los Lannister son generosos con quienes les sirven bien, un honor que ninguno de vosotros merecéis, pero en tiempos de guerra hay que conformarse con lo que se encuentra. Trabajad duro, no os metáis donde no os importa y puede que algún día ocupéis un cargo tan elevado como el mío. Pero si intentáis abusar de la bondad del señor, os estaré esperando cuando se vaya, y entonces os enteraréis.

Recorrió la fila de prisioneros y les fue explicando que nunca debían mirar a los nobles a los ojos, ni hablar si no les hablaban, ni cruzarse en el camino del señor.

—La nariz no me engaña nunca —alardeó—. Puedo oler la rebeldía, el orgullo, la desobediencia… Como huela cualquiera de esas cosas, lo pagaréis. Cuando os olfatee, no quiero otro olor que el del miedo.

DAENERYS

En los muros de Qarth algunos hombres golpeaban gongos para anunciar su llegada, mientras otros hacían sonar extraños cuernos que rodeaban sus cuerpos como grandes serpientes de bronce. Una columna de camellos salió de la ciudad para darles escolta como guardia de honor. Los jinetes vestían armaduras de escamas de cobre y yelmos con hocicos de jabalí y colmillos también de cobre, rematados por largos penachos de seda negra, y las sillas de sus monturas estaban adornadas con rubíes y granates. Los camellos iban cubiertos por mantas de cien colores diferentes.

—Qarth es la ciudad más grande que ha existido o existirá —le había dicho Pyat Pree ya entre los huesos de Vaes Tolorro—. Es el centro del mundo, la puerta entre el norte y el sur, el puente entre el este y el oeste, más antigua que el recuerdo del hombre y tan magnífica que Saathos el Sabio se sacó los ojos después de contemplarla, porque sabía que todo lo que viera a partir de entonces le resultaría triste y feo en comparación.

Dany no se tomó las palabras del brujo al pie de la letra, ni mucho menos, pero la magnificencia de la gran ciudad era innegable. Los tres gruesos muros que rodeaban Qarth mostraban tallas elaboradas. El exterior era de arenisca rojiza, de diez metros de altura y estaba decorado con animales: serpientes sinuosas, milanos en pleno vuelo, peces nadando, todos mezclados con lobos del desierto rojo, cebras rayadas y elefantes monstruosos. El muro central, de doce metros, era de granito gris adornado con escenas de guerra: espadas y lanzas contra escudos, flechas en el aire, héroes luchando, bebés asesinados, piras de cadáveres… La muralla interior eran catorce metros de mármol negro, con tallas que hicieron sonrojar a Dany hasta que se dijo que se estaba comportando como una idiota. No era ninguna doncella. Si podía contemplar las escenas de carnicerías de la muralla gris, ¿por qué tenía que apartar los ojos ante la visión de hombres y mujeres dándose placer unos a otros?

Las puertas exteriores tenían refuerzos de cobre, las intermedias de hierro, y las interiores tachonaduras en forma de ojos dorados. Todas se abrieron al paso de Dany. Cuando entró en la ciudad a lomos de su plata, los niños la precedían echando flores a su paso. Llevaban sandalias doradas y pinturas de colores vivos, y nada más.

Todos los colores que habían faltado en Vaes Tolorro estaban allí, en Qarth. Los edificios que se agolpaban en torno a ella eran fantásticos como un sueño febril, en tonos rosados, violáceos y ocres. Pasó bajo un arco de bronce que imitaba a dos serpientes copulando, cuyas escamas eran delicadas láminas de jade, obsidiana y lapislázuli. Las esbeltas torres eran las más altas que Dany había visto nunca, y en todas las plazas había ornamentadas fuentes en forma de dragones, grifos o manticoras.

Los qarthianos abarrotaban las calles y observaban desde delicados balcones que parecían demasiado frágiles para soportar su peso. Eran altos y de piel blanca, todos ataviados con linos, brocados y pieles de tigre, cada uno de ellos una dama o un señor a ojos de Dany. Las mujeres vestían túnicas que dejaban al descubierto un pecho, mientras que a los hombres les gustaba llevar faldas de seda con cuentas. Al pasar entre ellos envuelta en su túnica de piel de león, con la forma negra de Drogon sobre un hombro, Dany se sintió desastrada y bárbara. Los dothrakis llamaban a los qarthianos «hombres de leche» por su palidez, y Khal Drogo había soñado con el día en que podría saquear las grandes ciudades del este. Miró a sus jinetes de sangre, cuyos ojos oscuros y almendrados no dejaban traslucir sus pensamientos.

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