Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
La otra mujer se recuperó demasiado rápidamente. Rodó, derribando a Maia, lanzándola al agua una vez más. Entonces los brazos de Inanna se convirtieron en molinos de viento que descargaron sin cesar golpes sobre la cabeza de la muchacha. Una mano la agarró por el pelo, empujándola bajo la superficie. Maia luchó por soltarse, por nadar hacia otro lugar, incluso hacia el centro de la laguna. El túnel podría ofrecerle algún tipo de refugio, aunque más allá se encontraban el mar abierto y la muerte.
Consiguió ganar cierta distancia, entonces se detuvo con un súbito tirón. ¡Inanna la tenía cogida por el pelo!
Maia estalló, sorbiendo aire, y se sintió arrastrada de nuevo hacia el borde. Pataleó contra el malecón de piedra, esperando arrastrar a Inanna consigo. Pero la mujer se sujetó bien, arrastró a Maia y, una vez más, la agarró por la cabeza y la sumergió.
Mientras las burbujas se le escapaban por la boca, Maia se palpó el cinturón. Las tiras de la manta se interponían, pero por fin encontró el cuchillo de piedra. Liberarlo de los pliegues del cinturón y los pantalones casi la llevó al límite de sus fuerzas antes de que el éxito la recompensara. Desesperada, sin demasiada fuerza para apuntar, alzó el brazo y descargó un tajo.
El grito resonó, incluso bajo el agua. La presión cedió y Maia: emergió, sorbiendo aire entre gemidos. Entonces, casi sin solución de continuidad, las manos volvieron a agarrarla. Maia las apuñaló, alcanzándolas otra vez. De repente, una sólida tenaza asió su muñeca.
—Buen movimiento, virgie —dijo la saqueadora con los dientes apretados, controlando el dolor—. Ahora lo haremos despacio.
Todavía sujetando la muñeca de Maia, Inanna utilizó la otra mano para seguir hundiéndole la cabeza en el agua… entonces dio un tirón para permitirle respirar. La expresión difusa del rostro de la mujer era de total diversión. El momento de respiro terminó y Maia se sumergió de nuevo. Todavía debatiéndose, trató de apoyarse contra la pared, pataleando. Pero Inanna estaba bien sujeta, y pesaba demasiado para que pudiera derribarla por la fuerza.
El frío entumecedor empezaba a apoderarse de Maia, bañando y suavizando el dolor de las magulladuras y de sus pulmones ardientes. Advirtió que el agua que la rodeaba se volvía de colores, en parte a causa de la inconsciencia que comenzaba a envolverla, pero también de una creciente mancha roja. La sangre brotaba a raudales de los cortes de Inanna, tiñendo los brazos y el cabello de Maia. Inanna quedaría muy debilitada. Buena noticia si la lucha tenía mucho futuro.
Pero era el fin. Maia sentía que las fuerzas se le acababan. El cuchillo de piedra escapó de su mano flácida. Cuando Inanna volvió a sacarle la cabeza a la superficie, apenas tuvo energías para jadear. Vio que la saqueadora la miraba con una expresión extraña. Inanna empezó a inclinarse hacia delante, preparándose para lo que sería el último ataque.
Sin embargo, Maia se encontró preguntándose aturdida: ¿Por qué hay tanta sangre?
La mujer seguía adelantándose, inclinándose más de lo que era necesario para asesinar a Maia. ¿Para burlarse? ¿Para murmurar palabras de despedida? ¿Un beso de adiós? Su rostro gravitó hasta que, de golpe, cayó con todo su peso al agua, encima de Maia, arrastrándola con ella al fondo.
La sorpresa se convirtió en acción. En alguna parte, Maia encontró la fuerza para zafarse de la tenaza cada vez más débil de su enemiga. La última imagen que tuvo de la saqueadora, grabada al rojo en su cerebro, fue sorprendentemente la de una flecha asomando en la base de su cuello.
Maia salió a la superficie tan débil que no pudo emitir más que un débil e inadecuado suspiro interno. Incluso eso se difuminó mientras volvía a hundirse… sólo para sentir cómo una mano se cerraba alrededor de sus cabellos flotantes.
Fue lo último que supo durante un rato.
—Supongo que podría haber intervenido antes, o hecho algo más. Tenía una preparada, lista para volar. De todas formas, pareció una buena idea en su momento.
Maia no comprendía por qué Naroin se estaba disculpando.
—Te doy las gracias por salvarme la vida —dijo, temblando en la silla, envuelta en lo que parecía toda una hectárea de vela, mientras la ex contramaestre examinaba el cuerpo de Inanna en busca de pistas.
—Estamos en paz. Me has salvado de quedar hecha papilla. Yo también me he dedicado a seguir a esta zorra, pero la he perdido. Me habría caído al cráter si no hubieras encendido la antorcha cuando lo hiciste. De cualquier manera, me costó mucho trabajo encontrar las escaleras después de que tú entraras.
Naroin se levantó.
—¡Carne de lúgars y guiñapos! Nada. Ni una maldita cosa. Era una profesional, desde luego. —Naroin soltó el cadáver y se acercó a la mesa para estudiar la consola comunicadora—. ¡Maldición y maldición!
—¿Qué pasa?
Naroin sacudió la cabeza.
—No es una radio. Debe de ser un enlace por cable. Puede que esté conectado a un señalizador infrarrojo, colocado en las rocas, fuera.
—Oh. Yo… no ha—había pensado en esa po—posibilidad.
No había otra forma de controlar los temblores excepto quedarse allí, envuelta en la vela del pequeño bote. La ropa de la muerta estaba mojada y la de Naroin era demasiado pequeña para compartirla.
—¿Entonces no podemos llamar a la policía?
Con un suspiro, Naroin se sentó en el borde de la mesa.
—Copo de nieve, la tienes delante.
Maia parpadeó.
—Por supuesto.
—Sabes lo suficiente para deducirlo de un momento a otro, así que supongo que es mejor decírtelo ahora que esperar a que exclames «¡Eureka!» de repente, allá afuera.
—La droga… estabas investigando…
—En Lanargh, sí. Durante algún tiempo. Luego me asignaron algo más importante.
—Renna.
—Mm. Al parecer tendría que haberme quedado contigo. Pero nunca imaginé un caso como éste. Se ve que hay gente de todo tipo a la que no le importa hacer lo que haga falta con tal de utilizar a tu Hombre de las Estrellas.
—¿Incluyendo a tus jefas? —preguntó Maia, enarcando una ceja.
Naroin frunció el ceño.
—Hay gente en Caria preocupada por una invasión, o por otras amenazas a Stratos. Personalmente, estoy convencida de que él es inofensivo. Pero eso no garantiza que no represente ningún peligro…
—No me refería a eso, y lo sabes —cortó Maia.
—Sí. Lo siento. —Naroin parecía preocupada—. Sólo puedo hablar por mi jefa directa. Es de fiar. ¿Y las políticas de más arriba? No lo sé. Ojalá lo supiera, bien lo sabe Lysos.
Guardó silencio, luego se inclinó para estudiar de nuevo la consola.
—La cuestión es: ¿tuvo Inanna tiempo de enviar la noticia de la huida de mañana? Tenemos que asumir que sí. Eso da al traste con nuestro plan de aprovecharnos de haberla descubierto. Con las saqueadoras de camino, no podremos utilizar el esquife. —Naroin indicó el bote atracado cerca—. Cierto, has salvado un puñado de vidas, Maia. Las demás no se lanzarán ahora a una trampa. Pero eso sigue dejándonos aquí para que nos pudramos.
Maia apartó los pliegues de burda tela y se levantó. Frotándose los hombros, empezó a caminar hasta el agua, luego se volvió. A través del túnel llegaba el sonido de la marea que bajaba.
—Tal vez no —dijo, tras una larga y reflexiva pausa—. Tal vez haya un modo, después de todo.
Cuaderno de Bitácora del Peripatético
Misión Stratos
Llegada + 52.364 Ms
Tal vez lo haya interpretado todo mal. Este gran experimento no trata del sexo, después de todo. El objetivo de reducir al mínimo el peligro y la lucha inherente en los varones… eso no fue más que una fachada. El auténtico tema fue la clonación. Dar a los humanos una alternativa para copiarse a sí mismos. Si los hombres fueran capaces de parir sus propios duplicados, como hacen las mujeres, seguro que Lysos los habría incluido también en su plan.