Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Las psicólogas hablan aquí de envidia al embarazo por parte de niños y hombres. Por mucho éxito que consigan en la vida, lo máximo que un varón stratoiano puede esperar es reproducción por delegación, no creación personal, y nunca duplicación. Es un tema bastante válido en otros mundos, pero en Stratos queda más allá de toda discusión.
Los resultados preliminares de los bioanálisis específicos han llegado, demostrando que no estoy contaminado de ninguna plaga interestelar… al menos de ninguna que pueda contagiar a las stratoianas por contacto casual. Es un verdadero alivio, dado lo que la peripatética Lina Wu causó inadvertidamente en Reichsworld. No tengo ningún deseo de ser el vehículo de una tragedia semejante.
A pesar de esos resultados, algunas facciones stratoianas aún quieren mantenerme en semicuarentena, para «reducir al mínimo la contaminación cultural». Por fortuna, la mayoría de las miembros del Consejo parecen empezar, aunque gradualmente, a relajarse. He empezado a recibir un flujo constante de visitas: delegaciones de varios movimientos y clanes y grupos de interés. La consejera de seguridad Groves no está nada contenta, pero constitucionalmente no hay nada que pueda hacer al respecto.
¡Hoy ha sido una delegación de una sociedad de herejes que quiere venirse conmigo, cuando me marche! Están dispuestas a enviar misioneras al Reino Homínido, para difundir la palabra del «Modo Stratos». La contaminación cultural dirigida hacia fuera es vista siempre como una «revelación».
Les expliqué la capacidad limitada de mi nave, y tuvieron que contentarse con mi promesa de llevarme grabaciones. No es que importe. Dentro de unos cuantos años, o de unas cuantas décadas, podrán pronunciar sus sermones en persona.
Cuando me enviaron a seguir las investigaciones de las sondas robot de este sistema, esperaba lanzamientos de hielonaves tras la recepción de mi informe. Pero el Cúmulo Florentina no perdió tiempo. Cy me informa que sus instrumentos han detectado ya las primeras hielonaves. Parece que el Phylum llegará antes de lo que yo esperaba, poniendo fin a las negociaciones y acabando con todas las discusiones entre consejeras y sabias sobre la preservación de su noble aislamiento.
En este momento, a pesar del estado de sus instrumentos, las sabias de Stratos lo saben también, y empiezan a exigir respuestas.
Será mejor que se lo diga yo primero.
Antes, hay que tratar otro asunto… el empeoramiento de mi salud mental y física.
No es la gravedad o la densa atmósfera. Periódicamente, sufro lapsos en los que mis simbiontes se rebelan, y debo descansar en mis habitaciones durante un día o dos, incapaz de salir al exterior. Estos episodios son pocos, afortunadamente. La mayor parte del tiempo me siento bien y fuerte. El peor problema con el que me encuentro es psicoglandular, y no tiene nada que ver con el aire o la tierra.
Como visitante masculino veraniego, sin el apoyo de ningún clan, mi posición en Caria ha sido ambigua. Incluso aquellos clanes que aprueban mi misión han sido cautelosos en privado. Sería demasiado pretender que pudieran tratarme como a esos varones favorecidos que reciben cada vez que aparecen las auroras. Nadie quiere ser la primera en arriesgarse a quedar embarazada accidentalmente de un alienígena cuyos genes podrían perturbar el plan de las Fundadoras.
Esa precaución cuasiparanoica tenía sus ventajas. La fría actitud ayudó a contener mis impulsos dormidos. Incluso después de largos viajes, nunca he buscado las atenciones femeninas, excepto las de aquellas que se preocuparon por mí.
Sin embargo, con la llegada del otoño, las actitudes se suavizan. Los encuentros sociales se vuelven más cálidos. Las mujeres me miran, conversan conmigo, incluso me sonríen. Algunas a las que provisionalmente considero amigas (Melina del Clan Cady, por ejemplo, o esa sorprendente pareja de sabias de la Casa Pozzo, Horla y Poulain) ya no se ponen a la defensiva, sino que parecen contentas con mi presencia. Se acercan, me tocan el brazo, y comparten chistes animados, incluso provocativos.
Qué irónico. A medida que mi aislamiento se reduce, la incomodidad aumenta. Día a día. Hora a hora.
Iolanthe, Groves y la mayoría de las otras parecen ajenas al hecho. Aunque son conscientes de que funciono de manera distinta a sus varones, parecen asumir inconscientemente que la mengua otoñal de la Estrella Wengel también apaga mis fuegos. Sólo la consejera Odo comprende. Me captó durante un paseo por los jardines universitarios. Odo piensa que es un problema que se podría resolver fácilmente visitando una Casa de Placer, dirigida por uno de esos clanes especializados que son expertos en todo tipo de precauciones, incluso con un alienígena lujurioso.
Me temo que me puso colorado. Pero, dejando a un lado la vergüenza, me enfrento a claras incertidumbres. A pesar de la proporción hombre—mujer, Stratos no es una fantasía sexual adolescente hecha realidad, sino una sociedad compleja llena de contradicciones, peligros y sutilezas que aún no he empezado a sondear. La situación es lo bastante peligrosa ya sin necesidad de añadir factores de riesgo.
Soy diplomático. Otros hombres (enviados, sacerdotes y emisarios de todas las épocas) han hecho lo que yo debería hacer. Elevarse por encima del instinto, dejar que domine la profesionalidad, el autocontrol.
Sin embargo, ¿qué célibe de tiempos remotos tuvo que soportar los estímulos que yo soporto, un día sí y el otro también? Puedo sentirlos bajar desde el nervio óptico hasta mis raíces.
Vamos, Renna. ¿No es sólo una cuestión de claves sexuales? Algunas especies se excitan por medio de feromonas, o por exhibiciones sorprendentes. Los homínidos masculinos se activan visualmente: los chimpancés con colores excitantes; los hombres de Stratos, con luces estivales en el cielo. Los humanos al viejo estilo reaccionan a los estímulos más incómodos de todos, a los más incesantes, perennes y omnipresentes. Estímulos que las mujeres no pueden dejar de manifestar, sea cual fuere su condición, o estado, o pretensión.
No es culpa de nadie. La naturaleza tuvo sus motivos, hace mucho tiempo. Con todo, cada vez soy más capaz de comprender por qué Lysos y sus aliadas decidieron cambiar esas reglas problemáticas.
Por enésima vez… ¡si una peripatética hubiera sido enviada a esta misión!
Maldición, sé que estoy divagando. Pero me siento inflamado, absorbido por tanta fecundidad intocable que huye ante mí en todas direcciones. El insomnio me asalta, y no puedo concentrarme, justo en el momento en que debo conservar la cabeza. Un momento en el que me hacen falta todos mis recursos.
¿Estoy racionalizando? Tal vez. Pero por el bien de la misión, no veo otra opción.
Mañana le pediré a Odo… que arregle las cosas.
20
—Las zorras se impacientan —comentó Naroin, mirando la pequeña pantalla—. He visto su proa por segunda vez, y un destello de binoculares. Están esperando hasta el último momento.
Maia soltó un gruñido de asentimiento. Era todo lo que podía permitirse, mientras atendía los remos. Poderosas e intermitentes corrientes intentaban apoderarse del pequeño bote y aplastarlo contra la cara del acantilado cercano. Ella, junto con Brod y las marineras, Charl y Tress, tenía que remar frecuentemente para mantener la posición del esquife. De vez en cuando, tenían que levantarse y usar palos para apartarse de rocas afiladas y mortíferas. Mientras tanto, con una mano en el timón, Naroin usaba el aparato espía de Inanna para seguir los acontecimientos que tenían lugar más allá del otro lado de la isla.