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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Aquel desvío era lo más indicado. El grupo de excursionistas tendría que pasar forzosamente junto al rancho de Jellison. Y Maureen estaría allí.

Harvey se despreció a sí mismo por pensar en ella. Veía ante él los rasgos de Loretta, su cuerpo envuelto en una manta eléctrica. Aminoró la marcha hasta detenerse.

—¿Por qué nos para...?

Antes de que Marie pudiera terminar la frase se oyó una explosión detrás de ellos. Y luego otra más.

—¿Qué diablos ocurre? —preguntó Harvey mientras ponía el coche de nuevo en marcha. El miedo sustituyó al remordimiento. ¿Explosiones? ¿Se habrían metido en medio de una guerra en las montañas o algo parecido? El furgón prosiguió su marcha mientras Joanna y Marie estiraban los cuellos tratando de ver atrás.

Mark dio media vuelta, aceleró la moto e hizo un gesto con la mano al pasar el lado del furgón.

—Su maldita curiosidad acabará matándole —dijo Joanna.

Harvey se encogió de hombros. No le era imprescindible saber qué ocurría, pero valdría la pena averiguarlo. A poco más de tres kilómetros se encontraba el desvío hacia el rancho. Entonces disfrutarían de seguridad, refugio, descanso... Avanzó lentamente, y acababa de llegar al inicio del camino que conducía a la finca del senador, cuando vi que Mark se aproximaba por detrás. Frenó.

—Aquel puente —dijo Mark.

—¿Qué ha pasado?

—El puente que cruzamos... Los dos tipos que vimos lo han volado. Con dinamita, creo. La hicieron estallar en ambos extremos. Harvey, si hubiéramos llegado media hora más tarde estaríamos encallados allí.

—Dos minutos más tarde —dijo Joanna—, y nos habrían sepultado un millón de toneladas de agua. No podemos... Harv, no tendremos esta suerte continuamente.

—Pues se necesita suerte —replicó Harvey—. Estamos en combate, y la suerte es tan necesaria como el talento. Pero creo que no la vamos a necesitar durante algún tiempo. Entraré allí —concluyó señalando el camino del senador.

—¿Por qué? —preguntó Marie, dispuesta a batallar.

—Para enterarnos de las condiciones de la carretera y obtener información.

Harvey avanzó por el sendero. Empezaba a pensar en algo que hasta entonces no se le había ocurrido ni por un instante, en que tal vez un profesional de la televisión no sería bien recibido en casa de un político. Bajó del furgón para abrir la puerta de la valla.

Detrás de la valla había un coche aparcado, del que bajó un hombre joven que se acercó cautelosamente al furgón.

—¿Qué quieren? —preguntó. Miró a Joanna, que sostenía la escopeta, y mostró sus manos vacías—. Yo no estoy armado, pero mi compañero está escondido donde no pueden verle y tiene un rifle con mira telescópica.

—No causaremos problemas —dijo Harvey. El joven había visto las siglas NBS pintadas en el furgón, sin que le impresionaran lo más mínimo—. ¿Puede llevar un mensaje a la casa?

—Podría. Depende del mensaje.

Harvey lo había pensado bien.

—Dígale a Maureen Jellison que Harvey Randall está aquí con tres parientes.

El hombre pareció reflexionar.

—Bien, el nombre es correcto. ¿Les espera ella?

Harvey se echó a reír. Aquella pregunta le pareció insensatamente divertida. Se apoyó en la valla, riendo entre dientes, y tocó el brazo del joven.

—¿Eres de Los Angeles? —le preguntó.

El hombre retrocedió un poco. Su rostro rojizo empalideció Había cosas que no quería saber, pero... El senador había dicho en la reunión que le gustaría hablar con alguien que hubiera presenciado lo ocurrido en Los Angeles, y aquel ciudadano conocía el nombre del senador y el de Maureen.

Con la misma celeridad con que la pregunta le había parecido divertida, dejó de parecérselo. Harvey dejó de reír.

—Maureen debe creer que he muerto. Le alegrará saber que no es así. —¿Le alegraría realmente? No podía saberlo—. Sé que querrá hablar conmigo. Dile que quiero... No importa.

Estuvo a punto de decirle que quería hablar de imperios galácticos pero decir aquello no sería lo más apropiado.

El hombre parecía reflexionar. Finalmente asintió.

—De acuerdo, creo que puedo hacer eso. Pero quédense aquí, sin moverse. ¿Me comprende? Y ojo con esa escopeta.

—No queremos disparar a nadie. Sólo quiero hablar con Maureen.

—Bien. Esperen aquí. Volveré dentro de un rato.

El joven se dirigió al coche, lo cerró y subió andando por el camino.

Harvey reparó en aquello. Ya estaban ahorrando gasolina. Sí, el senador había organizado su residencia. Harvey regresó al furgón. Marie trató de decir algo, pero él la interrumpió sin ningún miramiento.

—Despliega el mapa.

Ella lo pensó un momento, antes de hacer lo que le ordenaba. Harvey habló acompañándose del dedo índice para señalar en el mapa.

—Los chicos están en esta zona. La única ruta a seguir pasa por aquí. No tienen que preocuparse por estas presas, aquí y aquí, porque no han de ir por la carretera, como nosotros, a menos que decidamos ir andando, pero no estamos bien equipados para andar.

Marie reflexionó en lo que había dicho Harvey. Miró sus botas y se palpó la chaqueta. Estaba preparada para andar, lo mismo que Harvey, pero lo que éste decía tenía sentido. Desde luego, si tenían que andar, no venía de algunas horas.

—¿Entonces vamos a esperar aquí? —preguntó Joanna.

Mark metió la cabeza por la ventanilla.

—Claro, esta es la finca del senador Jellison. Ya me parecía que los alrededores eran familiares. Harv, ha sido muy inteligente eso de enviar un mensaje a la hija del senador en vez de dirigirlo a él directamente.

—Espera —dijo Mane—. ¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?

—¿Cómo diablos voy a saberlo? —estalló Harvey—. Todo el tiempo que nos dejen estar. Este rancho está organizado, ¿no te has dado cuenta? Y tienen comida. Ese guarda no parecía hambriento. Cuando lleguen los chicos querremos alimentarlos, ¿no? Y nosotros también tenemos que comer.

Marie asintió, sumisa.

—El problema estriba —prosiguió Harvey— en cómo logramos que nos dejen permanecer aquí. La voladura de aquel puente puede haber sido una sutil indicación de que los refugiados no son bien recibidos en este valle. Hemos de ser útiles, lo cual significa que prometeremos hacer lo que quieran que hagamos, sin discutir nada. Marie, no lo eches a rodar. Aquí somos mendigos.

Hizo una pausa para que sus palabras calaran en Marie antes de dirigirse a Joanna.

—Y eso vale también para tu escopeta. No sé si habrás notado los sutiles gestos con la mano del tipo que nos paró, pero lo cierto es que movía la mano izquierda de una manera extraña. Creo que atacarle no sería una buena idea.

—Ya lo sabía —dijo Joanna.

—Bien. —Harvey se volvió hacia Mark—. Deja que hable yo.

Mark pareció herido. ¿Quién había sacado a Harvey de su cama y lo había llevado a través de todo el estado hasta aquel lugar? Pero siguió inmóvil bajo la lluvia, dejando que el agua empapara su chaqueta y sus botas, y esperó en silencio.

—Viene gente —dijo Mark finalmente, señalando hacia el camino.

Aparecieron tres hombres a caballo. Llevaban impermeables amarillos y sombreros de lluvia. Uno de ellos no cabalgaba muy bien. Cuando se acercaron, Harvey reconoció a Al Hardy, el ayudante administrativo de Jellison y quien se ocupaba de las tareas desagradables o poco escrupulosas propias de la actividad política. Harvey pensó que este último cometido sería más propio allí de lo que había sido en Washington.

Hardy desmontó y entregó las riendas a uno de los hombres montados. Se acercó al furgón y se asomó a la ventanilla.

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