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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Diez mil años de civilización son arrasados y transportados por el agua, desde la primera catarata hasta el Mediterráneo. Nada queda vivo en el delta del Nilo.

EL MENDIGO

Escúchanos cuando te clamemos por quienes corren peligro en el mar.

Himno de los marineros

Eileen durmió en el asiento del coche, con el respaldo horizontal y el cinturón de seguridad desprendido. Se bamboleaba con el movimiento del vehículo. En una ocasión, Tim oyó el inicio de un ronquido. Alargó el brazo para abrochar el cinturón de la muchacha, pues entraban en una larga pendiente. Luego cerró el contacto del motor.

Recordó que su conductor había hecho lo mismo en Grecia. Allí todo el mundo bajaba así las pendientes de las colinas, incluso por la estrecha y retorcida carretera que iba a Delfos y a las Termópilas a través de Parnaso. Fue un viaje terrible, pero el conductor insistió. La gasolina en Grecia era la más cara del mundo.

¿Dónde estaban ahora las Termópilas? ¿Habrían arrasado las aguas la tumba de los Trescientos? Las olas no llegarían a Delfos, ni alcanzarían la altura de la Acrópolis. Grecia había sufrido desastres anteriores.

La carretera serpenteaba, se ladeaba, y Tim aminoró la velocidad para tomar una curva, frenando cautelosamente. Un largo trecho se extendía en línea recta, y luego la carretera seguía bajando, mojada, quebrada y retorcida. Después de haber visto a Eileen al volante, Tim se percataba de lo mal conductor que era.

La posición de las montañas había cambiado. Y, de repente, la carretera terminó ante el vacío. Tim frenó bruscamente y el vehículo se detuvo. Al bajar notó que la lluvia, que ahora caía con poca intensidad, ya no era salada.

La carretera, la pared rocosa del terraplén y parte de la montaña se habían desgajado, cayendo cinco metros o más. Debajo se había amontonado barro, y había lugares en los que el desnivel no era muy superior a un metro.

Los coches tenían que salvar obstáculos mayores que los de los anuncios televisivos. Tim recordó el anuncio de una camioneta con fragmentos de una película en los que el vehículo saltaba sobre zanjas, volaba por encima de terraplenes, y el anuncio decía que ni siquiera había sido modificado para hacer todo aquello... ¿Podría hacerlo su coche? No tenía elección, pues el desnivel de la carretera parecía extenderse a lo largo de kilómetros. Tim subió de nuevo al vehículo y retrocedió cincuenta metros. Reflexionó en el aspecto físico de la situación. Si el coche caía por el borde, aterrizaría de morro y podrían considerarse muertos. Tenía que avanzar horizontalmente, lo que suponía velocidad. Reducir la marcha sería suicida.

Puso el freno de mano, bajó del coche y se acercó de nuevo al borde. Se preguntó si debería despertar a Eileen, pero entonces vio las mortecinas luces de unos faros bajo la lluvia, y se decidió. No sabía quién podría aproximarse ni quería saberlo. Volvió al coche e hizo una ecuación mental para calcular la velocidad a que debería correr. Subió al vehículo y lo puso en marcha. Calculó que el coche tenía seis metros de largo. Para que la parte delantera descendiera menos de un metro antes de que la trasera se elevara del suelo y también empezara a descender, el vehículo tendría que salvar el desnivel en un tercio de segundo aproximadamente, lo cual significaba seis metros en un tercio de segundo o catorce metros por segundo, que venían a ser cincuenta kilómetros por hora.

Avanzó, pues, a cincuenta por hora, y el coche descendió casi dos metros. Tim sintió el impulso de frenar, pero no lo hizo. El coche cayó violentamente sobre el barro, y descendió por la pendiente embarrada de la carretera. A Tim le sorprendió que no hubiera ocurrido nada más y que continuaran la marcha como si tal cosa.

Eileen rebotó en el asiento y notó el violento tirón del cinturón de seguridad. Se incorporó parcialmente y miró afuera. No vio más que el campo húmedo. Parpadeó y, satisfecha, volvió a dormir.

Tim pensó que había estado dormida mientras él realizaba la mejor maniobra de conducción de su vida. Sonrió y cerró el contacto del motor para bajar otra pendiente pronunciada.

Una hora más tarde, Eileen aún dormía. Tim la envidió. Había oído hablar de personas que se pasaban durmiendo la mayor parte de su vida, seres conmocionados por la explosión de una bomba o amargamente decepcionados en su estado de vigilia. Podía comprender la tentación. Pero Eileen no era de aquellas personas. Ella necesitaba dormir, pues así estaría mucho más despierta cuando fuera necesario.

Llegaron a un tramo en el que la carretera estaba fragmentada, formando placas. Tim conectó el motor y mantuvo la velocidad, avanzando como si viajara de una isla de asfalto a otra. Recordó un programa de televisión que había visto sobre cierta carrera en Baja California. Un corredor dijo que la forma de avanzar por una mala carretera era hacerlo de prisa, de manera que uno no tocaba los baches sino que volaba por encima de ellos. Cuando lo oyó, a Tim no le pareció una buena idea, pero ahora no parecía quedar más alternativa. Las placas se movían bajo el peso del vehículo y el impacto. Tim se aferraba al volante y tenía los nudillos blancos, pero Eileen sonreía en su sueño, como si se meciera en una cuna.

Tim se sentía muy solo. Su compañera no le había abandonado. Se había quedado con él, arriesgando su vida, pero estaba durmiendo mientras él conducía, la lluvia tamborileaba sobre el techo y la carretera presentaba extrañas transformaciones. En cierto lugar se elevó formando un arco grácil, como un puente futurista, debajo del cual corría un nuevo torrente. La cinta de asfalto no se había quebrado bajo su propio peso, todavía no, pero sin duda no soportaría el peso de un coche. Tim la rodeó, pasando sobre la corriente de agua. Por suerte las ruedas siguieron girando y el motor no se caló, y cuando le fue posible Tim regresó a la carretera.

Todos le habían abandonado, excepto Eileen. Podía comprender que el dinero y las tarjetas de crédito no valieran nada, pero una bala a través del parabrisas era algo distinto. Conducir a través del césped bien cuidado de un club de golf le había hecho sentirse como un vándalo. El observatorio... Pero Tim no quería pensar en ello. Había sido arrojado de su propia tierra, y al recordarlo sentía que le ardían las orejas. Era como la sensación de la cobardía.

Recorrieron las últimas curvas entre montañas. Luego la carretera se ensanchó y se convirtió en una larga línea recta. Tim no sabía dónde les conduciría, pero no quedaba más remedio que seguir adelante. Volvía a llover intensamente. Tim se atrevió a aumentar la velocidad hasta cuarenta kilómetros por hora.

—¿Qué tal vamos? —preguntó Eileen.

—Hemos salido de las montañas. La carretera es recta y no se ven interrupciones. Vuelve a dormir.

—Bueno.

Cuando la miró, Tim vio que estaba dormida de nuevo. Llegaron a una autopista. El letrero decía «A 99 Norte». Tim enfiló el carril de aceleración y pisó gas. Pasó al lado de coches detenidos bajo la lluvia, dentro y fuera de los carriles. También había gente. Tim se agachaba cada vez que veía algo que pudiera ser un arma. Una vez acertó: aparecieron dos hombres, uno a cada lado de la calzada, y alzaron un par de escopetas, haciendo gestos para que se detuviera. Tim se agachó, pisó a fondo el acelerador y se dirigió hacia uno de los hombres, el cual saltó sin vacilar y se perdió en la húmeda oscuridad. Tim agudizó el oído pero no oyó ningún disparo. Finalmente se irguió.

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