El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—Lo siento, creí que esto era…
—Lo es. Yo solo me ocupo de las cosas mientras él pasa un par de días en Vancouver. Xavier Liu. —Les dedicó una sonrisa tan radiante como amable—. ¿En qué puedo ayudarlos?
—Estamos buscando a Antoinette Bax —dijo el hombre.
—¿Ah, sí?
—Es un asunto bastante urgente. Tengo entendido que es su nave la que está estacionada en su pozo de reparaciones.
La nuca de Xavier se erizó.
—¿Y usted es…?
—Me llamo señor Reloj.
El rostro del señor Reloj era un ejercicio de anatomía. Xavier podía verle los huesos bajo la piel. Parecía un hombre que estaba muy cerca de la muerte, y sin embargo se movía con el paso ligero de un bailarín de ballet o de un artista del mimo.
Pero era el otro el que le molestaba de verdad. La primera mirada distraída que Xavier había echado a los visitantes había revelado dos hombres, uno alto y delgado como el director de pompas fúnebres de un cuento y el otro bajo y ancho, con la constitución de un luchador profesional. El hombre más achaparrado tenía la cabeza baja y estaba hojeando un folleto en la mesita de café. Entre sus pies había una anodina caja negra, del tamaño de una caja de herramientas.
Xavier se miró las manos.
—Mi colega es el señor Rosa.
El señor Rosa alzó los ojos. Xavier hizo todo lo que pudo por ocultar un momento de sorpresa. El otro hombre era un cerdo, ni un solo punto de referencia humano. Tenía una frente lisa y redondeada bajo la que unos ojos pequeños y oscuros estudiaron a Xavier. La nariz era pequeña y respingona. Xavier había visto humanos con caras más raras todavía, pero no se trataba de eso. El señor Rosa jamás había sido humano.
—Hola —dijo el cerdo y volvió a concentrarse en su lectura.
—No ha respondido a mi pregunta —dijo Reloj.
—¿Su pregunta?
—Sobre la nave. Pertenece a Antoinette Bax, ¿no es cierto?
—Solo me dijeron que reparara el casco. Es todo lo que sé.
Reloj sonrió y asintió. Dio un paso hacia la puerta de la oficina y la cerró. El señor Rosa volvió una página y se rió de algo que había en el folleto.
—Eso no es del todo cierto, ¿verdad, señor Liu?
—¿Disculpe?
—Siéntese, señor Liu. —Reloj señaló con un gesto una de las sillas—. Por favor, siéntese a descansar un momento. Tenemos que charlar un poco, usted y yo.
—Tengo que volver con mis monos, de verdad.
—Estoy seguro de que no harán ninguna travesura en su ausencia. Bueno. —Reloj hizo otro gesto y el cerdo levantó la cabeza y clavó la mirada en Xavier. Este se hundió en el asiento mientras sopesaba sus opciones—. En lo que respecta a la señorita Bax, los archivos de tráfico, archivos que se pueden consultar con toda libertad, indican que su navío es el que en este momento está estacionado en la zona de reparaciones, en el que usted está trabajando ahora. Es usted consciente de ello, ¿verdad?
—Podría serlo.
—Por favor, señor Liu, no tiene sentido mostrarse evasivo, de veras. Los datos que hemos acumulado indican que hay una relación laboral muy estrecha entre usted y la señorita Bax. Usted es perfectamente consciente de que el Ave de Tormenta pertenece a esa señorita. De hecho, lo cierto es que usted conoce muy bien el Ave de Tormenta, ¿no es cierto?
—¿De qué va esto?
—Nos gustaría tener unas palabritas con la señorita Bax en persona, si no es mucha molestia.
—En eso no puedo ayudarlos.
Reloj levantó una ceja muy fina, apenas presente.
—¿No?
—Si quieren hablar con ella, tendrán que encontrarla ustedes.
—Muy bien. Esperaba no tener que llegar a esto pero… —Reloj miró al cerdo, que dejó el folleto y se levantó. Tenía la fornida presencia de un gorila. Cuando caminaba parecía que estuviese haciendo un truco de malabarismo, siempre a punto de derrumbarse. El cerdo lo empujó para pasar con la caja negra en las manos.
—¿Adónde va? —preguntó Xavier.
—A la nave de la chica. Se le da muy bien la mecánica, señor Liu. Se le da muy bien arreglar cosas, pero también, todo hay que decirlo, se le da muy bien romper cosas.
H lo llevó por más escaleras. Su ancha espalda descendía uno o dos pasos por delante de Clavain. Clavain bajó la mirada y contempló las brillantes estrías de un color negro azulado de aquel cabello peinado con brillantina. A H no parecía preocuparle mucho que Clavain pudiera atacarlo o intentar huir de aquel monstruoso Cháteau negro, y sentía una extraña disposición a cooperar con su nuevo anfitrión. Era, suponía, sobre todo por curiosidad. H sabía cosas sobre Skade que él desconocía, aunque el propio H no fingiera tener todos los datos. Estaba claro que, a su vez, a H le interesaba Clavain. Lo cierto es que los dos podían aprender mucho del otro.
Pero esta situación no podía continuar y Clavain lo sabía. Por muy cortés e interesante que su anfitrión pudiera haber sido, a Clavain lo habían raptado, sin más. Y tenía asuntos que resolver.
—Hábleme más de Skade —dijo—. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería ella de la Mademoiselle?
—Es un poco complicado. Haré todo lo que pueda, pero debe perdonarme si parece que no comprendo todos los detalles. Lo cierto es que dudo que llegue a comprenderlos alguna vez.
—Empiece por el principio.
Llegaron a un pasillo. H lo recorrió, pasó al lado de un buen número de esculturas irregulares que se parecían a la roña y las escamas desprendidas de un inmenso dragón metálico, cada una de las cuales descansaba sobre un único pedestal fijo.
—A Skade le interesaba la tecnología, señor Clavain.
—¿De qué tipo?
—Una tecnología avanzada que se ocupa de la manipulación del vacío cuántico. No soy científico, señor Clavain, así que no voy a fingir que tengo un conocimiento algo más que ligero sobre los principios más relevantes. Pero por lo que yo entiendo, ciertas propiedades principales de la materia, la inercia por ejemplo, son el resultado directo de las propiedades del vacío en el que están incrustadas. Pura especulación, por supuesto, pero, ¿un medio de controlar la inercia no resultaría útil a los combinados?
Clavain pensó en el modo en el que la Sombra Nocturna había sido capaz de perseguirlo por todo el sistema solar a una velocidad tan grande. Una técnica para suprimir la inercia lo habría permitido, y podría explicar también lo que Skade había estado haciendo a bordo de la nave durante la misión anterior. Debía de estar poniendo a punto su tecnología, probándola sobre el terreno. Así que era probable que la tecnología existiera, aunque fuera en forma de prototipo. Pero H tendría que enterarse de eso él solo.
—No tengo conocimiento alguno de un programa que desarrolle ese tipo de capacidades —le dijo Clavain tras elegir las palabras de tal modo que pudiera evitar contar una mentira descarada.
—No cabe duda que sería un secreto, incluso entre los combinados. Muy experimental, y sin duda peligroso.
—¿Y de dónde salió la tecnología, para empezar?
—Esa es la parte interesante. Skade, y por extensión los combinados, parecían tener una idea bien desarrollada de lo que estaban buscando antes de venir aquí, como si lo que quisieran encontrar no fuera más que la última pieza de un rompecabezas. Como sabe, la operación de Skade se vio como un fracaso. Ella fue la única superviviente y escapó a su Nido Madre con poco más que un puñado de objetos robados. Si fueron suficientes o no, es algo que yo no podía adivinar… —H le lanzó una mirada y una sonrisa de complicidad por encima del hombro.
Alcanzaron el final del pasillo. Habían llegado a un saliente con un muro bajo que circunnavegaba una enorme sala con un suelo inclinado de varios pisos de profundidad. Clavain se asomó al borde y observó lo que parecían ser cañerías y rejillas de drenaje fijadas a paredes de un color negro puro.