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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Egwene dio un paso en su dirección, pero la detuvo Moraine.

—Será mejor que no te metas en esto. Me parece que no acogería bien tu compasión o que tomaría por tal cualquier gesto de apoyo.

Egwene no pudo menos de asentir; saltaba a la vista que Aviendha quería que la dejaran en paz. ¿Qué querrían de ella las Sabias? ¿Habría roto alguna regla, alguna ley?

En cambio a ella no le habría importado tener más compañía. Se sentía muy vulnerable plantada allí en medio, sin los Aiel a su alrededor y con todas esas personas observando desde las tiendas. En la Ciudadela los Aiel se habían mostrado corteses, cuando no amistosos; la gente de los campamentos no parecía ni lo uno ni lo otro. La tentación de abrazar el saidar era muy fuerte. Encontró fuerzas para no hacerlo en la firme actitud de Moraine, serena y fría como siempre a pesar de la transpiración que le humedecía el rostro, y de Lan, tan impertérrito como las rocas que los rodeaban. Si hubiera peligro ellos lo sabrían, de modo que, si los dos aceptaban la situación, ella también. Pero aun así deseó que aquellos Aiel dejaran de mirarlos tan fijamente.

Rhuarc remontó, sonriente, el tramo de cuesta que los separaba de las Sabias.

—He vuelto, Amys, aunque apostaría que no del modo que imaginabas.

—Sabía que hoy estarías aquí, sombra de mi corazón. —Alzó las manos para acariciar el rostro del hombre, dejando que el chal resbalara por sus brazos—. Mi hermana conyugal te envía su amor.

—A esto os referíais cuando dijisteis lo de Soñar —musitó Egwene a Moraine. Lan era el único que estaba lo bastante cerca para oírla—. Por eso no os opusisteis a que Rand nos trajera aquí a través del Portal de Piedra. Ellas lo sabían, y os lo decían en la carta. No, eso no tiene sentido. Si hubieran mencionado el Portal de Piedra, no habríais intentado convencerlo de que cambiara de idea. Sin embargo, ellas sabían que apareceríamos aquí.

Moraine asintió sin apartar los ojos de las Sabias.

—Escribieron que nos reuniríamos aquí, en Chaendaer, hoy. Lo consideré… improbable, hasta que Rand mencionó los Portales. Cuando se mostró tan seguro, con una certeza que resistió mi intento de disuadirlo, de que existía uno aquí… Digamos que de repente me pareció sumamente probable que llegáramos a Chaendaer hoy.

Egwene aspiró hondo el caliente aire. Así que ésa era una de las cosas que podía hacer una Soñadora. Ardía en deseos de iniciar el aprendizaje; habría querido correr en pos de Rhuarc y presentarse a Amys —o volver a presentarse—, pero el jefe de clan y la Sabia se estaban mirando a los ojos de un modo que no admitía la intrusión de nadie.

De cada uno de los campamentos había salido un hombre. Uno de ellos era alto, ancho de hombros, con el cabello muy rojo, y de mediana edad, aunque recién entrado en ella; el otro era mayor y más moreno, igualmente alto, pero más esbelto. Se pararon a unos cuantos pasos, a uno y otro lado de Rhuarc y las Sabias. El mayor, un hombre de rostro atezado, no llevaba armas a excepción del cuchillo de hoja larga colgado del cinturón, pero el otro portaba lanzas y una adarga de cuero, y erguía la cabeza orgullosamente, con la fiera mirada prendida en Rhuarc.

Éste hizo caso omiso de él y se volvió hacia el hombre mayor.

—Te veo, Heirn. ¿Ha decidido alguno de los jefes de los septiares que ya estoy muerto? ¿Quién busca ocupar mi lugar?

—Te veo, Rhuarc. Ningún Taardad ha entrado en Rhuidean ni busca hacerlo. Amys dijo que vendría a reunirse aquí contigo, y estas otras Sabias viajaron con ella. Traje a estos hombres del septiar Jindo para asegurarme de que llegaran sanas y salvas.

Rhuarc asintió solemnemente. Egwene tuvo la sensación de que se había dicho algo importante o se había insinuado. Las Sabias no miraban al hombre de pelo rojo, ni tampoco lo hacían Rhuarc ni Heirn, pero por el creciente sonrojo de las mejillas del hombre habríase dicho que todos lo estaban observando de hito en hito. La joven miró de soslayo a Moraine, que respondió sacudiendo la cabeza de manera casi imperceptible; la Aes Sedai tampoco entendía qué estaba pasando. Lan se acercó a ambas y se inclinó para hablar en un susurro:

—Una Sabia puede ir a cualquier sitio sin correr peligro, a cualquier dominio sea del clan que sea. Creo que ni siquiera una enemistad hereditaria afecta a una Sabia. El tal Heirn vino para proteger a Rhuarc de quienesquiera que sean los del otro campamento, pero no sería honorable decirlo. —Moraine enarcó levemente la ceja, y el Guardián añadió—: No sé mucho sobre los Aiel, pero luché contra ellos a menudo antes de que nos conociéramos nosotros. Nunca me preguntaste sobre ellos.

—Remediaré ese descuido —dijo la Aes Sedai secamente.

Al volverse hacia las Sabias y los tres hombres, Egwene sufrió un leve vahído. Lan le puso en las manos una cantimplora de cuero abierta, y la joven, agradecida, bebió un buen trago. El agua estaba tibia y olía a cuero, pero con el calor le supo tan fresca como la de un manantial. Ofreció la cantimplora medio llena a Moraine, que apenas se mojó los labios y se la devolvió. Egwene volvió a beber con ansiedad, cerrando los ojos; el agua que le cayó en la cabeza hizo que los volviera a abrir rápidamente. Lan le estaba vaciando encima otra cantimplora, y el cabello de Moraine ya estaba goteando.

—Este calor puede matarlo a uno si no se está acostumbrado a él —explicó el Guardián mientras mojaba un par de pañuelos de lino blanco que había sacado de la chaqueta.

Siguiendo sus instrucciones, Moraine y ella se anudaron las telas mojadas alrededor de la frente. Rand y Mat estaban haciendo lo mismo. Por su parte, Lan se dejó la cabeza descubierta, sin protegerla del sol; nada parecía afectar a este hombre.

El silencio entre Rhuarc y los otros Aiel se había prolongado, pero finalmente el jefe de clan se volvió hacia el hombre de cabello rojo.

—Entonces ¿es que los Shaido no tienen jefe de clan, Couladin?

—Suladric ha muerto —respondió el hombre—. Muradin ha entrado en Rhuidean. Si fracasa, entraré yo.

—No lo has pedido, Couladin —intervino la Sabia de más edad con aquella voz aguda y sin embargo fuerte—. En caso de que Muradin fracase, pídelo entonces. Somos cuatro, suficientes para decir sí o no.

—Estoy en mi derecho, Bair —replicó Couladin, iracundo. Saltaba a la vista que era un hombre que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.

—Estás en tu derecho a pedirlo —contestó la mujer—. Y el nuestro es responder. No creo que se te permita entrar, ocurra lo que ocurra con Muradin. Tu interior no es intachable, Couladin. —Movió el chal gris ajustándolo sobre sus angulosos hombros de un modo que sugería que había dicho más de lo que consideraba necesario.

El hombre enrojeció hasta la raíz del pelo.

—¡Mi primer hermano regresará marcado como jefe de clan, y conduciremos a los Shaido a una gran gloria! ¡Vamos a…! —Cerró la boca de golpe, casi temblando.

Egwene decidió no quitarle la vista de encima si se quedaba cerca de ella. Le recordaba a los Congar y a los Coplin, en su pueblo, unos fanfarrones que siempre andaban buscando líos. De hecho, hasta ahora no había visto a ningún Aiel perder el control de un modo tan violento.

Amys parecía haberse olvidado ya de él.

—Hay alguien que vino contigo, Rhuarc —dijo. Egwene esperaba que la mujer le hablara a ella, pero los ojos de Amys se volvieron directamente hacia Rand. A Moraine no la sorprendió, obviamente, y Egwene se preguntó qué habría escrito en aquella carta de las cuatro Sabias que la Aes Sedai no había revelado.

Rand pareció desconcertado en un primer momento, pero después subió la ladera hasta llegar cerca de Rhuarc, el rostro a la altura de los de las mujeres. El sudor le pegaba la blanca camisa al cuerpo, y manchaba con oscuros parches sus calzones. Con el trapo blanco enrollado alrededor de la frente, no ofrecía, ni con mucho, un aspecto tan magnífico e imponente como en el Corazón de la Ciudadela. Hizo una extraña reverencia, con el pie izquierdo adelantado, la mano izquierda sobre la rodilla, y la derecha extendida, con la palma hacia arriba.

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