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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—No hablarán con los vivos hasta que regresen —continuó.

—Los muertos no hablan con los vivos —respondieron de nuevo las tres.

—No los vemos, hasta que se encuentren otra vez entre los vivos. —Amys se cubrió los ojos con el chal, y sus tres compañeras hicieron otro tanto. Ya con los rostros tapados, pronunciaron al mismo tiempo—: Marchaos, dejad a los vivos, y no nos acoséis con recuerdos de lo que está perdido. No habléis de lo que ven los muertos.

Se quedaron calladas, manteniendo levantados los chales ante sus rostros, esperando.

Rand y Mat se miraron; Egwene habría querido acercarse a ellos, hablarles —ambos tenían esa expresión demasiado estoica de los hombres que no quieren que nadie sepa que están desasosegados o asustados— pero ello podría echar a perder la ceremonia. Finalmente, Mat soltó una risotada.

—Bueno, supongo que, al menos, los muertos sí podrán hablar entre ellos —dijo—. Me pregunto si eso reza también para… Bah, no importa. ¿Crees que será válido cabalgar?

—Me parece que no —manifestó Rand—. Creo que hemos de caminar.

—Oh, diantres, qué dolor de pies. Entonces más vale que nos pongamos en marcha cuanto antes. Nos costará media tarde sólo llegar allí. Con suerte.

Rand lanzó una sonrisa tranquilizadora a Egwene mientras echaban a andar montaña abajo, como para convencerla de que no había peligro, nada adverso. La mueca de Mat era la que tenía cuando estaba haciendo algo particularmente estúpido, como bailar en el pico de un tejado.

—No tendrás pensado llevar a cabo una… locura ¿verdad? Tengo intención de regresar vivo.

—Y yo —repuso Rand—. Y yo.

Siguieron caminando y dejó de oírselos; sus figuras continuaron empequeñeciéndose a medida que descendían la ladera. Cuando apenas se los distinguía a lo lejos, las Sabias bajaron los chales.

Arreglándose el vestido y deseando para sus adentros no estar tan sudorosa, Egwene subió la corta distancia que la separaba de ellas, llevando a Niebla por las riendas.

—¿Amys? Soy Egwene al’Vere. Dijisteis que tendría que…

La Sabia la cortó levantando una mano y miró hacia donde estaba Lan sujetando las riendas de Mandarb, Puntos y Jeade’en, detrás de Moraine y Aldieb.

—Esto es ahora asunto de mujeres, Aan’allein. Debes alejarte. Ve a las tiendas, donde Rhuarc te ofrecerá agua y sombra.

Lan esperó a que Moraine hiciera un leve asentimiento antes de inclinar la cabeza y echar a andar en la dirección por la que se había marchado Rhuarc. La capa cambiante, que colgaba a su espalda, a veces le otorgaba la apariencia de una cabeza y unos brazos flotando en el aire, sin cuerpo, a través del terreno, por delante de los caballos.

—¿Por qué lo llamáis así? —inquirió Moraine cuando el Guardián ya no podía oírlas—. «Un Hombre». ¿Lo conocéis?

—Así es, Aes Sedai. —Amys pronunció el título de un modo que lo hacía parecer un tratamiento entre iguales—. El último de los malkieri. El hombre que no renunciará a su guerra contra la Sombra aunque su nación haya sido destruida por ella hace mucho tiempo. Hay un gran honor en él. Supe por el sueño que si vos veníais era casi seguro que también lo haría Aan’allein, pero no sabía que os obedece.

—Es mi Guardián —fue la escueta respuesta de Moraine.

Egwene pensó que la Aes Sedai estaba molesta a pesar de su tono sosegado, y sabía el motivo. ¿«Casi» seguro que Lan vendría con ella? Lan siempre acompañaba a Moraine; la seguiría incluso a la Fosa de la Perdición sin pestañear siquiera. Y para Egwene era casi tan interesante lo de «si vos veníais». ¿Sabían o no la Sabias que vendrían? Tal vez la interpretación del Sueño resultaba no ser tan sencilla como había imaginado. Iba a preguntarlo, pero Bair habló entonces:

—Aviendha, ven aquí.

La Doncella había permanecido apartada a un lado, en cuclillas y con los brazos alrededor de las rodillas, mirando fijamente el suelo con aire desconsolado. Se incorporó lentamente. Si Egwene no conociera bien el espíritu valeroso de la Doncella, habría dicho que estaba asustada. Aviendha subió el tramo de cuesta arrastrando los pies; cuando llegó ante las Sabias soltó el saco y los tapices enrollados a sus pies.

—Llegó la hora —dijo Bair, sin apremio, si bien en sus pálidos ojos azules no habían concesión alguna—. Has corrido con las lanzas tanto tiempo como te ha sido posible. Más de lo que deberías.

—Soy una Doncella Lancera. —Aviendha alzó la cabeza, desafiante—. No quiero ser una Sabia. ¡Y no lo seré!

Los semblantes de las Sabias se endurecieron, y a Egwene le recordaron el Círculo de Mujeres del pueblo cuando se enfrentaban a una mujer que se empeñaba en seguir adelante con alguna necedad.

—Se te ha tratado con mayor consideración de la que se me dio a mí en su día —dijo Amys con gran dureza—. También me negué a acudir cuando me llamaron. Mis hermanas de lanza rompieron las mías ante mis propios ojos, me llevaron a presencia de Bair y Coedelin atada de pies y manos, y con la piel por único vestido.

—Y una bonita muñeca bajo tu brazo —añadió secamente Bair—, para recordarte lo infantil que eras. Según recuerdo, te escapaste nueve veces durante la primera luna.

Amys asintió con gesto sombrío.

—Me hicieron lloriquear como una criatura en cada ocasión, y sólo me escapé cinco veces el segundo mes. Me consideraba tan fuerte y dura como lo puede ser una mujer, pero no era lista; me costó medio año aprender que eras más fuerte y más dura de lo que jamás llegaría a ser yo, Bair. Finalmente aprendí cuál era mi obligación, mi deber para con el pueblo. Como te ocurrirá a ti, Aviendha. Las mujeres como tú y como yo tenemos esa obligación. No eres una niña, así que es hora de que te olvides de las muñecas, y de las lanzas, y te conviertas en la mujer que estás destinada a ser.

De repente Egwene supo por qué había sentido tanta afinidad con Aviendha desde el principio, y el motivo de que Amys y las otras quisieran convertirla en una Sabia. Aviendha podía encauzar. Al igual que ella misma y Elayne y Nynaeve —y Moraine—, era una de las pocas mujeres que no sólo podían aprender a encauzar, sino que el don era innato en ellas, de manera que eran capaces de tocar la Fuente Verdadera en un momento dado, fueran o no conscientes de ello. La expresión de Moraine seguía siendo impasible, sosegada, pero Egwene vio confirmadas sus sospechas en los ojos de la mujer. La Aes Sedai debía de haberse dado cuenta desde que había conocido a la Aiel. La joven advirtió que sentía la misma afinidad con Amys y con Melaine, pero no con Bair o con Seana. Sólo las dos primeras podían encauzar, estaba convencida de ello. También percibió lo mismo en Moraine. Era la primera vez que tenía esa sensación; la Aes Sedai era una mujer muy retraída.

Por lo visto, al menos una de las Sabias supo leer más en el rostro de Moraine.

—Teníais intención de llevárosla a la Torre Blanca —dijo Bair—, para hacerla una de las vuestras. Ella es Aiel, Aes Sedai.

—Puede ser muy poderosa si recibe el entrenamiento adecuado —repuso Moraine—. Tanto como lo será Egwene. En la Torre puede alcanzar esa fuerza.

—También nosotras podemos enseñarle, Aes Sedai. —El timbre de Melaine era suave, pero la firme mirada de sus verdes ojos denotaba desdén—. Y mucho mejor. He hablado con Aes Sedai, y en la Torre mimáis a las mujeres. La Tierra de los Tres Pliegues no es lugar para ser tolerante. Aviendha habrá aprendido lo que es capaz de hacer en el tiempo en que vosotras la tendríais todavía practicando juegos.

Egwene miró a Aviendha con preocupación; la otra mujer tenía la vista gacha, desvanecido todo rastro de desafío. Si consideraban el entrenamiento en la Torre «tolerante»… Había trabajado más duro y recibido más disciplina en el período como novicia que en toda su vida. No pudo menos de sentir una profunda compasión por la Aiel.

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