Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Moraine aspiró el aire ruidosamente por la nariz, y Aldieb, su yegua blanca, brincó unos pasos, reflejando su irritación.
—Un supuesto relato de un supuesto buhonero que aseguraba haber visto una ciudad dorada flotando en las nubes —comentó—. ¿Conoce Rhuarc ese Portal de Piedra? Porque él ha estado en Rhuidean. Aun en el caso de que ese buhonero entrara en el Yermo y viera el Portal de Piedra, podría encontrarse en cualquier parte. Cuando alguien relata algo, por lo general siempre procura mejorar lo que ocurrió realmente. Vaya, una ciudad flotando en las nubes.
—¿Y cómo estáis tan segura de que no es así? —inquirió Rand. Rhuarc se había reído con ganas de todos los errores que Milo había escrito sobre los Aiel, pero fue poco explícito respecto a Rhuidean. Más bien nada explícito. El Aiel se había negado incluso a comentar los pasajes del libro relativos a ese lugar. Rhuidean, en las tierras de los Jenn Aiel, el clan que no lo es; y eso fue todo cuanto Rhuarc se avino a decir al respecto. Al parecer no se hablaba de Rhuidean.
A la Aes Sedai no le complació su frívolo comentario, pero eso traía sin cuidado a Rand. Ella misma había guardado secretos de sobra, demasiado a menudo había hecho que la siguiera sin más base que una ciega confianza. Ahora le tocaba a ella. Tenía que aprender que no era una marioneta en sus manos. «Seguiré su consejo cuando considere que es acertado, pero jamás volveré a bailar al son que toque Tar Valon». Moriría según sus propios términos.
Egwene acercó su yegua gris un poco más y cabalgó casi rodilla con rodilla junto a él.
—Rand, ¿realmente te propones arriesgar nuestras vidas por lo que sólo es una posibilidad? Rhuarc no te aclaró nada, ¿verdad? Cuando le pregunté a Aviendha sobre Rhuidean se cerró como una ostra.
Mat parecía encontrarse mal. Rand mantuvo el gesto impasible, sin dejar que sus sentimientos se reflejaran en su semblante. No había sido su intención amedrentar a sus amigos.
—Allí hay un Portal de Piedra —se ratificó. De nuevo frotó la forma dura que guardaba en la bolsita. Tenía que funcionar.
Los mapas del bibliotecario eran antiguos, pero ello lo había ayudado en cierto sentido. Las praderas por las que cabalgaban ahora eran bosques cuando se dibujaron esos mapas, pero apenas quedaban árboles, algunos ralos sotos de robles blancos, pinos y culantrillos, árboles solitarios de una especie que no le era conocida, con los troncos nudosos y delgados. Era fácil distinguir el relieve del terreno ahora, con las colinas cubiertas de hierba en su mayor parte.
En los mapas, dos lomas altas e inclinadas, una detrás de la otra, apuntaban hacia el grupo de redondeadas colinas donde se encontraba el Portal de Piedra. Si estaban bien hechos, claro. Y si en realidad el bibliotecario había reconocido la descripción. Y si la marca verde en forma de rombo significaba antiguas ruinas como él afirmaba. «¿Por qué iba a mentir? Estoy volviéndome demasiado desconfiado. No, he de serlo. Tan receloso como una víbora e igualmente frío». Pero no le gustaba.
Al norte sólo divisaba colinas completamente peladas de árboles y salpicadas de formas móviles que debían de ser caballos. Los rebaños de los Grandes Señores, pastando por el terreno donde antaño se alzaba la arboleda Ogier. Esperaba que Perrin y Loial hubieran partido sin contratiempos. «Ayúdalos, Perrin —pensó—. Ayúdalos porque yo no puedo».
La arboleda Ogier significaba que las lomas inclinadas debían de estar cerca; poco después las divisó un poco hacia el sur, como dos flechas juntas, con unos pocos árboles a lo largo de las cimas que dibujaban una fina línea contra el cielo. Detrás, unas colinas redondas y bajas, cual burbujas tapizadas de verde, se sucedían unas a las otras. Había más que en el antiguo mapa; demasiadas, teniendo en cuenta que todo el conjunto abarcaba menos de dos kilómetros y medio cuadrados. Si no se correspondían con las del mapa, ¿cuál tenía el Portal de Piedra en la ladera?
—Los Aiel son numerosos —comentó Lan quedamente—, y su vista es muy aguda.
Con un asentimiento de gratitud, Rand tiró de las riendas de Jeade’en y retrocedió para exponer el problema a Rhuarc. Se limitó a describir el Portal de Piedra, sin explicar qué era; ya habría tiempo de sobra para eso cuando lo encontraran. Ahora era experto en guardar secretos. De todos modos, seguramente Rhuarc no tenía ni idea de qué era un Portal de Piedra; muy pocos lo sabían a excepción de las Aes Sedai. Él mismo lo ignoraba hasta que alguien se lo dijo.
El Aiel, que caminaba junto al semental rodado, frunció levemente el entrecejo —lo que equivalía a un gesto preocupado en cualquier otro hombre— y después asintió.
—Lo encontraremos —dijo. Luego alzó la voz—: ¡Aethan Dor! ¡Far Aldazar Din! ¡Duadhe Mahdi’in! ¡Far Dareis Mai! ¡Seia Doon! ¡Sha’mad Conde!
Mientras hablaba, miembros de las asociaciones guerreras nombradas se adelantaron trotando hasta que alrededor de una cuarta parte de los Aiel estuvo reunida en torno a él y a Rand. Escudos Rojos. Hermanos del Águila. Buscadores del Agua. Doncellas Lanceras. Ojos Negros. Hijos del Relámpago.
Rand localizó a la amiga de Egwene, Aviendha, una mujer alta y guapa con un aire serio y altanero. Fueron Doncellas quienes habían guardado su puerta, pero no creía haberla visto antes de que los Aiel se reunieran para marcharse de la Ciudadela. Le sostuvo la mirada, orgullosa como un halcón de verdes ojos, y después sacudió la cabeza y puso su atención en el jefe de clan.
«Bueno, ¿no quería volver a sentirme un hombre corriente?», pensó, un poco abatido. Los Aiel lo hacían sentirse así. Incluso al jefe de clan lo escuchaban simplemente con respeto, sin nada que se pareciese a la deferencia que exigía un lord, y con una obediencia que parecía funcionar entre iguales. Por lo tanto no podía esperar que le dieran un trato diferente.
Rhuarc impartió órdenes con pocas palabras, y los Aiel se dispersaron en abanico hacia el frente, en dirección al agrupamiento de colinas, corriendo con su habitual facilidad, algunos cubriéndose el rostro con el velo por si acaso. El resto aguardó de pie o en cuclillas junto a las mulas de carga.
Representaban a casi todos los clanes —excepto el Jenn Aiel, por supuesto; Rand no acababa de entender si el Jenn existía o no en realidad, puesto que la forma en que los Aiel lo mencionaban, y lo hacían en muy contadas ocasiones, podía interpretarse de uno u otro modo— incluidos algunos clanes entre los que existían enemistades familiares, y otros que a menudo luchaban entre sí. Lo sabía porque se lo habían contado ellos mismos; no por primera vez se preguntó qué los había mantenido unidos hasta el momento. ¿Se debería únicamente a sus profecías de la caída de la Ciudadela y la búsqueda de El que Viene con el Alba?
—Es más que eso —dijo Rhuarc, y Rand comprendió que había expresado en voz alta sus pensamientos—. La profecía nos indujo a cruzar la Pared del Dragón, y el nombre que no se pronuncia nos llevó a la Ciudadela de Tear. —El nombre al que se refería era el «Pueblo del Dragón», un apelativo secreto para los Aiel; sólo los jefes de clan y la Sabias lo conocían o lo utilizaban, al parecer muy rara vez y únicamente entre ellos—. Por lo demás… Nadie derrama la sangre de otro de la misma asociación, por supuesto, y sin embargo, mezclando Shaarad con Goshien, Taardad y Nakai con Shaido… Hasta yo podría bailar las lanzas con los Shaido si las Sabias no hubieran hecho que todos aquellos que cruzamos la Pared del Dragón prometiéramos por el juramento del agua que trataríamos a cualquier Aiel como si fuera de la misma asociación a este lado de las montañas. Incluso los viles Shaido… —Se encogió de hombros—. ¿Lo ves? Ni siquiera para mí resulta fácil.