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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—¿Los Shaido son enemigos tuyos? —Rand se enredó un poco con el nombre; en la Ciudadela, los Aiel se conocían por asociaciones, no por clanes.

—Hemos evitado un lance de sangre, pero entre los Taardad y los Shaido nunca ha habido amistad; los septiares se atacan a veces unos a otros, roban cabras o ganado. Pero los juramentos nos han mantenido unidos a pesar de tres enemistades de sangre y una docena de viejos rencores entre clanes o septiares. Ahora ayuda que viajemos hacia Rhuidean, aunque algunos nos dejarán antes. Nadie derramará la sangre de otro mientras viaja hacia Rhuidean o desde ésta. —El Aiel alzó el rostro hacia Rand, impasible—. Podría ocurrir que muy pronto ninguno de nosotros derramara la sangre de otro Aiel.

Imposible dilucidar si la perspectiva lo satisfacía o no.

Un grito, como el ulular de un búho, llegó de una de las Doncellas que estaba en lo alto de una colina y agitaba las manos sobre la cabeza.

—Por lo visto han encontrado tu columna de piedra —anunció Rhuarc.

Rand espoleó, anhelante, a Jeade’en; cuando pasó al galope ante Moraine, ésta le lanzó una mirada inescrutable y agarró bien las riendas. Egwene condujo a su yegua junto a Mat, y se inclinó en su silla, apoyándose en el pomo del arzón de él, para sostener una conversación en privado. Daba la impresión de que intentaba convencerlo para que le contara algo o para que admitiera algo, y por la vehemencia de los gestos de Mat, o era más inocente que un bebé o era un mentiroso redomado.

Rand desmontó de un salto y trepó rápidamente por la suave ladera para examinar lo que la Doncella —era Aviendha— había encontrado medio enterrado en el suelo y casi tapado por la alta hierba. Era una erosionada columna de piedra gris, de unos tres metros de longitud y alrededor de setenta y cinco centímetros de diámetro. Unos símbolos extraños cubrían la totalidad de la superficie visible, cada uno de ellos rodeado por una fina línea de marcas que Rand creía que era escritura. Aun cuando hubiera sido capaz de leerlo —si es que realmente era un lenguaje—, la grafía —si es que lo era— hacía mucho tiempo que había dejado de ser legible. Los símbolos estaban más claros, al menos algunos de ellos; muchos podrían ser simplemente marcas de erosión dejadas por la lluvia y el viento.

Mientras arrancaba la hierba a puñados para verlo mejor, echó una ojeada a Aviendha. La mujer llevaba el shoufa alrededor de los hombros, dejando el corto cabello rojizo al aire, y lo observaba con dureza.

—No te caigo bien —dijo—. ¿Por qué?

Tenía que encontrar un símbolo, el único que conocía.

—¿Que no me caes bien? Podrías ser El que Viene con el Alba, un hombre predestinado. ¿Quién está en condiciones de que le caiga bien o mal alguien así? Además, tú caminas libremente, un habitante de las tierras húmedas a pesar de tus rasgos, y sin embargo te diriges a Rhuidean para recibir honores, mientras que yo…

—Mientras que tú ¿qué? —preguntó, cuando la mujer dejó la frase sin terminar. Siguió buscando cuesta arriba. ¿Dónde estaba? Dos líneas onduladas paralelas, cortadas en ángulo por un garabato. «Luz, si está enterrado, nos llevará horas darle la vuelta». De repente se echó a reír. Nada de horas. Podía encauzar y levantar la columna del suelo; o Moraine o Egwene. Un Portal de Piedra podría resistirse a que lo trasladaran, pero indudablemente sí sería posible moverlo un poco. Aun así, encauzar no lo ayudaría a encontrar las líneas onduladas; sólo tanteando a lo largo de la piedra, palmo a palmo, lo conseguiría.

En lugar de responder, la Aiel se puso en cuclillas con las lanzas cortas cruzadas sobre las rodillas.

—Has tratado mal a Elayne. No debería importarme, pero Elayne es primera hermana de Egwene, que es mi amiga. No obstante, a Egwene todavía le gustas, así que lo intentaré por ella.

Sin dejar de buscar en la columna, Rand sacudió la cabeza. Otra vez Elayne. A veces creía que todas las mujeres pertenecían a un gremio, como ocurría con los artesanos de cualquier ciudad. Si se metía la pata con uno de ellos, los siguientes diez con los que uno se topaba lo sabían, y lo desaprobaban.

Sus dedos se detuvieron y volvieron al trozo por el que acababan de pasar. Estaba tan erosionado que casi resultaba irreconocible, pero estaba convencido de que eran las líneas onduladas. Representaban un Portal de Piedra en Punta de Toman, no en el Yermo, pero marcaban lo que había sido la base cuando estaba en pie. Los símbolos de arriba representaban mundos; los del pie, los Portales de Piedra. Con uno de los símbolos de arriba y uno de los de abajo, se suponía que uno podía viajar a determinado Portal de Piedra de un determinado mundo. Con uno de los de abajo sabía que podía llegar a uno de los Portales de Piedra de este mundo. El que estaba próximo a Rhuidean, por ejemplo. Si supiera qué símbolo lo representaba. Ahora era cuando necesitaba un golpe de suerte, que su condición de ta’veren pusiera a la fortuna de su parte.

Una mano se extendió por encima de su hombro, y Rhuarc indicó con voz reacia:

—Estas dos marcas se utilizaban para representar Rhuidean en las antiguas grafías. Hace mucho tiempo ni siquiera se escribía su nombre. —Siguió con el dedo el trazado de dos triángulos, cada uno de los cuales rodeaba lo que parecía un rayo bifurcado, uno apuntando a la izquierda y el otro, a la derecha.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó Rand. El Aiel miró a otro lado—. Maldita sea, Rhuarc, tengo que saberlo. Sé que no quieres hablar de ello, pero tienes que decírmelo. Dímelo, Rhuarc. ¿Has visto en alguna ocasión algo parecido a esta piedra?

El otro hombre respiró hondo antes de responder.

—Lo he visto. —Cada palabra salió de su boca como si se la arrancaran a la fuerza—. Cuando un hombre va a Rhuidean, las Sabias y los hombres del clan esperan en las laderas de Chaendaer, cerca de una piedra como ésta. —Aviendha se puso de pie y se alejó con andares tensos; Rhuarc la siguió con la mirada, el ceño fruncido—. No sé nada más, Rand al’Thor. Que jamás encuentre sombra si miento.

Rand pasó los dedos sobre la ilegible grafía que rodeaba los triángulos. ¿Cuál de ellos? Sólo uno lo llevaría a donde quería ir; el otro tal vez lo trasladaría a la otra punta del mundo o al fondo del océano.

El resto de los Aiel se habían reunido al pie de la colina con sus mulas de carga. Moraine y los demás desmontaron y subieron la suave cuesta, llevando a sus caballos por las riendas. Mat traía también a Jeade’en además de su castrado, procurando mantener al Brioso animal bien separado de Mandarb, el caballo de Lan. Los dos sementales se miraban ferozmente ahora que no los montaban sus jinetes.

—Realmente no sabes lo que estás haciendo, ¿verdad? —protestó Egwene—. Moraine, no se lo permitáis. Podemos cabalgar hasta Rhuidean. ¿Por qué dejáis que siga adelante con esto? ¿Por qué no decís nada?

—¿Y qué sugieres que haga? —replicó ásperamente la Aes Sedai—. No voy a cogerlo de la oreja y llevármelo a rastras. Quizás estemos a punto de comprobar hasta qué punto es útil Soñar.

—¿Soñar? —La voz de Egwene era cortante—. ¿Qué tiene que ver con esto?

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