Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Los Portales de Piedra
Los Portales de Piedra - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 341
Перейти на страницу:

Amys extendió las manos, y Aviendha le entregó sus lanzas y su adarga con gesto renuente; se encogió cuando la Sabia las arrojó a un lado y repicaron al caer al suelo. Lentamente, Aviendha se quitó la caja del arco que llevaba a la espalda y la entregó, y desabrochó el cinturón del que colgaban la aljaba y el cuchillo enfundado. Amys iba cogiendo las armas que le tendía y las desechaba como si fueran basura; en cada ocasión, Aviendha sufría una leve sacudida. Una lágrima solitaria tembló en el rabillo del ojo.

—¿Tenéis que tratarla así? —dijo Egwene, iracunda. Amys y las otras Sabias le asestaron una mirada severa, pero la joven no estaba dispuesta a dejarse intimidar—. Tratáis las cosas que ama como desperdicios.

—Así es como debe verlas —repuso Seana—. Cuando regrese, si es que vuelve, tendrá que quemarlas y esparcir las cenizas al viento. El metal se le entregará a un herrero para que haga objetos corrientes, nada de armas. Ni siquiera un cuchillo de trinchar. Hebillas o pucheros o rompecabezas para niños. Objetos que entregará con sus propias manos cuando estén forjados.

—La Tierra de los Tres Pliegues es rigurosa, Aes Sedai —intervino Bair—. Aquí todo lo débil está condenado a morir.

—El cadin’sor, Aviendha. —Amys señaló las armas desechadas—. Tus nuevas ropas te estarán aguardando a tu regreso.

Con gestos mecánicos, Aviendha se fue quitando chaqueta y pantalones, las flexibles botas, todo, y lo dejó en un montón. Se quedó erguida, completamente desnuda, sin mover ni un dedo de los pies aunque Egwene tenía la sensación de que los suyos debían de tener ampollas a pesar de estar calzada. Recordó el momento en que había visto cómo quemaban las ropas con las que había llegado a la Torre Blanca, un modo de cortar los lazos con su vida anterior, pero no había sido así, tan riguroso. Cuando la Aiel hizo intención de añadir al montón el saco y los tapices enrollados, Seana se los cogió.

—Esto podrás recuperarlo si regresas. En caso contrario, le será entregado a tu familia, como recuerdo.

Aviendha asintió en silencio. No parecía asustada. Tal vez reacia, furiosa, incluso hosca, pero no asustada.

—En Rhuidean —explicó Amys—, encontrarás tres anillos colocados así. —Dibujó en el aire tres líneas que se unían en el centro—. Cruza a través de cualquiera de ellos. Verás tu futuro pasar ante ti una y otra vez, con variaciones. No te guiarán totalmente, porque se desvanecerán como ocurre con los relatos oídos mucho tiempo atrás. Sin embargo, recordarás lo suficiente para conocer ciertas cosas que han de ser, por muy despreciables que te resulten, y algunas que no serán, esas esperanzas abrigadas que jamás cristalizarán. Éste es el comienzo para ser llamada Sabia. Algunas mujeres jamás vuelven de los anillos; tal vez fueron incapaces de enfrentarse a su futuro. Otras que sobreviven a los anillos no lo hacen al segundo viaje a Rhuidean, al corazón. No estás renunciando a una vida dura y arriesgada por otra más apacible, sino por una existencia mucho más ardua y peligrosa.

Lo que Amys estaba describiendo era un ter’angreal. ¿Qué clase de sitio era Rhuidean? Egwene sintió el apremiante deseo de bajar allí ella misma para descubrirlo. Un deseo absurdo. No había acudido a ese lugar para correr riesgos innecesarios con un ter’angreal del que no sabía nada.

Melaine cogió la barbilla de Aviendha e hizo que la joven volviera el rostro hacia ella.

—Posees la fuerza —dijo con reposada convicción—. Una mente firme y un corazón animoso son ahora tus armas, pero debes blandirlas con la misma seguridad con que has manejado una lanza. Recuérdalas, utilízalas, y te ayudarán a superar todos los obstáculos.

Egwene estaba sorprendida. De las cuatro Sabias, la mujer del pelo dorado era la última de la que habría esperado una muestra de compasión. Aviendha asintió y hasta se las compuso para esbozar una sonrisa.

—Llegaré a Rhuidean antes que esos hombres. No saben correr.

Cada una de las Sabias la besó en ambas mejillas mientras musitaban:

—Vuelve a nosotras.

Egwene cogió la mano de Aviendha y se la estrechó; la Aiel respondió con otro fuerte apretón. Después empezó a descender a saltos por la ladera. A ese ritmo, no sería de extrañar que alcanzara a Rand y a Mat. Egwene la siguió con la mirada, muy preocupada; esto era como la prueba para ser ascendida a la categoría de Aceptada, pero sin el entrenamiento previo como novicia, sin que hubiera nadie para consolarte después. ¿Qué le habría pasado a ella si la hubieran ascendido a Aceptada su primer día de estancia en la Torre? Sospechó que se habría vuelto loca. Nynaeve pasó de inmediato a la condición de Aceptada a causa de su fuerza, y Egwene estaba convencida de que parte de su rencor a las Aes Sedai tenía origen en su experiencia de entonces. «Vuelve a nosotras —pensó—. Ten firmeza».

Cuando Aviendha se perdió de vista, la joven suspiró y se volvió hacia las Sabias. Tenía un propósito propio para estar aquí, y retrasar el momento no tenía sentido.

—Amys, en el Tel’aran’rhiod me dijisteis que debía venir para aprender. Aquí estoy.

—Prisa —dijo la mujer de pelo blanco—. Hemos actuado con prisa porque Aviendha se ha resistido demasiado tiempo contra su toh, porque temíamos que los Shaido se taparan con el velo, incluso aquí, si no enviábamos a Rand al’Thor a Rhuidean antes de que tuvieran tiempo de reflexionar.

—¿Pensáis que habrían intentado matarlo? —inquirió Egwene—. Pero si es él por quien enviasteis gente a través de la Pared del Dragón para encontrarlo. El que Viene con el Alba.

—Tal vez lo sea. —Bair se ajustó el chal—. Ya veremos. Si sobrevive.

—Tiene los ojos de su madre —apuntó Amys—, y muchos de sus rasgos, como asimismo algo de su padre. Pero Couladin sólo veía sus ropas y su caballo, al igual que los otros Shaido. Y es posible que también los Taardad. Los forasteros tienen prohibido pisar este suelo, y ahora sois cinco. No, cuatro; Rand al’Thor no es forastero, da igual donde se haya criado. Pero ya habíamos dado permiso a uno para entrar en Rhuidean, lo que también está prohibido. Los cambios llegan como una avalancha, lo queramos o no.

—Tienen que venir —dijo Bair, aunque no parecía complacida—. El Entramado nos coloca donde dispone.

—¿Conocíais a los padres de Rand? —preguntó Egwene, recelosa. Dijeran lo que dijeran, ella seguía considerando a Tam y a Kari al’Thor los padres de Rand.

—Es una historia que le pertenece a él —respondió Amys—, si desea escucharla. —A juzgar por el gesto firme de su boca no pensaba decir una palabra más al respecto.

—Ven —dijo Bair—. Ahora no es menester actuar con premura. Venid, Aes Sedai. Os ofrecemos agua y sombra.

A Egwene casi se le doblaron las rodillas ante la mención de la sombra. El pañuelo ceñido a la frente estaba ya casi seco; tenía la cabeza ardiendo, y el resto de su cuerpo, poco menos. Aparentemente, Moraine agradeció tanto como ella seguir a las Sabias hasta el pequeño grupo de tiendas bajas y abiertas por los costados.

Un hombre alto, vestido con túnica y capucha blancas y calzado con sandalias, se encargó de coger las riendas de sus monturas. Su rostro de rasgos Aiel resultaba chocante bajo el profundo y claro embozo; mantenía los ojos agachados.

—Da agua a los animales —ordenó Bair antes de agacharse para entrar en la tienda baja, sin laterales, y el hombre se inclinó ante ella y se llevó una mano a la frente.

Egwene vaciló respecto a permitir que el hombre se llevara a Niebla, parecía estar seguro de lo que hacía, pero ¿qué podía saber un Aiel sobre caballos? Aun así, no creía que les hiciera daño, y dentro de la tienda había una tentadora penumbra. No sólo había sombra, sino que se estaba agradablemente fresco comparado con el exterior.

1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 341
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)