Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
El techo de la tienda se levantaba en pico alrededor de un poste central, pero incluso en esa zona apenas si había espacio para estar de pie. Como para compensar los tonos pardos de las ropas que vestían los Aiel, grandes cojines rojos, con borlones dorados, yacían esparcidos sobre las alfombras de llamativos colores y lo bastante gruesas para aislar la dureza del suelo. Egwene y Moraine imitaron a las Sabias y se sentaron en el suelo, reclinadas en un codo sobre un cojín. Se habían puesto en círculo, lo bastante cerca entre sí para tocar a la mujer que tenían al lado.
Bair hizo sonar un pequeño gong de bronce, y dos muchachas entraron, inclinándose grácilmente, con bandejas de plata en las manos; también vestían túnicas blancas con la amplia capucha echada, y mantenían la vista agachada. Se arrodillaron en el centro de la tienda, y una llenó una pequeña copa de plata con vino para cada mujer reclinada en los cojines, mientras que la otra sirvió grandes copas de agua. Sin pronunciar palabra, se retiraron haciendo reverencias, dejando las brillantes bandejas y las jarras, que tenían la superficie llena de gotitas de humedad condensada.
—Aquí hay agua y sombra —dijo Bair al tiempo que levantaba la copa de agua—, ofrecidas libremente. Que no exista cohibición ni reserva entre nosotras. Sed bienvenidas, os acogemos como a hermanas primeras.
—Que no exista cohibición ni reserva —murmuraron Amys y las otras dos. Tras tomar un sorbo de agua, las Aiel se presentaron formalmente. Bair, del septiar Haido, de los Shaarad Aiel. Amys, del septiar Nueve Valles, de los Taardad Aiel. Melaine, del septiar Jhirad, de los Goshien Aiel. Seana, del septiar Riscos Negros, de los Nakai Aiel.
Egwene y Moraine siguieron el ritual, aunque Moraine apretó los labios cuando la joven se anunció como Aes Sedai del Ajah Verde.
Como si compartir el agua y los nombres hubiera echado abajo una barrera, el ambiente en la tienda cambió de manera palpable. Sonrisas de las Aiel, una sutil distensión, y las formalidades se dejaron de lado.
Egwene agradeció más el agua que el vino. Dentro de la tienda se estaba más fresco que fuera, pero todavía el mero hecho de respirar le dejaba seca la garganta. Amys hizo un gesto, y la muchacha se sirvió una segunda copa.
Le había sorprendido la gente de blanco; era absurdo, pero la hizo comprender que se había formado la idea de que las Sabias Aiel eran igual que Rhuarc y Aviendha, guerreros. Naturalmente tenían herreros y tejedores y otros artesanos; no podía ser de otro modo, así que ¿por qué no sirvientes? Sólo que Aviendha se había mostrado desdeñosa con los criados de la Ciudadela, sin permitir que hicieran nada por ella que pudiera evitar. Estas personas, con una actitud humilde, no actuaban como Aiel en absoluto. No recordaba haber visto a nadie de blanco en los dos campamentos grandes.
—¿Sólo las Sabias tienen sirvientes? —quiso saber.
Melaine se atragantó con el vino.
—¿Sirvientes? —jadeó—. Son gai’shain, no sirvientes. —Lo dijo como si aquello lo explicara todo.
—¿gai’shain? —Moraine frunció el entrecejo por encima de su copa de vino—. ¿Qué traducción tiene? ¿«Aquellos que están comprometidos con la paz en la batalla»?
—Son gai’shain, simplemente —dijo Amys. Entonces pareció darse cuenta de que no entendían—. Disculpadme, pero ¿no conocéis la expresión ji’e’toh?
—Honor y obligación —respondió al punto Moraine—. O tal vez honor y deber.
—Esas son las palabras, sí. Pero me refiero al significado. Vivimos de acuerdo con el ji’e’toh, Aes Sedai.
—No intentes explicarles todo, Amys —advirtió Bair—. Una vez pasé un mes tratando de explicar el ji’e’toh a una mujer de las tierras húmedas, y al final tenía más preguntas y dudas que al principio.
—Sí, me ceñiré a lo básico, si es que deseáis que lo explique, Moraine.
Egwene habría querido empezar a hablar del Sueño y del aprendizaje, pero, para su irritación, la Aes Sedai dijo:
—Sí, por favor.
—Seguiré la línea de gai’shain simplemente —empezó Amys—. En la danza de las lanzas, el mayor ji, u honor, se obtiene tocando a un enemigo armado sin matarlo ni causarle ningún daño.
—Es el mayor honor por la dificultad que entraña —aclaró Seana, estrechando los ojos—, y, por ende, muy rara vez llevado a cabo.
—El menor honor se obtiene con una muerte —continuó Amys—. Un niño o un necio pueden matar. El término medio es tomar un prisionero. Lo he resumido, claro. Hay muchos grados intermedios. Los gai’shain son cautivos tomados de ese modo, aunque un guerrero que ha sido tocado a veces puede exigir que se lo tome gai’shain para reducir el honor de su enemigo y su propio baldón.
—Esto lo hacen principalmente las Doncellas Lanceras y los Soldados de Piedra —intervino Seana, que se ganó una mirada cortante de Amys.
—¿Lo estoy explicando yo o tú? Prosigamos. Hay quienes no pueden ser tomados gai’shain, por supuesto: una Sabia, un herrero, un niño, una mujer embarazada o una que tenga un hijo menor de diez años. Un gai’shain procura honor a su apresador. Para el gai’shain significa servir durante un año y un día, humildemente, sin tocar un arma, sin llevar a cabo actos de violencia.
A su pesar, Egwene se sentía interesada.
—¿Y no intentan escapar? —preguntó—. Yo lo haría. —«¡No permitiré que nadie vuelva a hacerme prisionera jamás!»
Las Sabias parecían conmocionadas.
—Ha ocurrido —admitió Seana, tirante—, pero no hay honor en ello. Un gai’shain que huye será enviado de vuelta de su septiar para que empiece de nuevo el año y un día. La pérdida de honor es tan grande que un primer hermano o una primera hermana pueden sustituirlo como gai’shain para cumplir el toh del septiar. Incluso más de uno, si creen que la pérdida de ji es considerable.
Moraine parecía asimilarlo todo con calma, dando sorbos de agua, pero Egwene tuvo que hacer un esfuerzo para no sacudir la cabeza. Los Aiel estaban chiflados; ésa era la explicación. Pero no acabó ahí la cosa.
—Ahora algunos gai’shain convierten en arrogancia la humildad —comentó Melaine con aire desaprobador—. Creen que así obtienen honor, llevando la obediencia y la mansedumbre hasta la mofa. Es algo nuevo y absurdo. No tiene nada que ver con el ji’e’toh.
Bair se echó a reír, un sorprendente sonido cantarín comparado con su aflautada voz.
—Siempre ha habido necios. Cuando era una muchacha y los Shaarad y los Tomanelle se robaban ganado y cabras todas las noches, Chenda, la señora del techo de Tajo Mainde, fue derribada de un empellón por un joven Buscador de Agua del Haido durante un ataque. Vino a Valle Corvo y exigió al muchacho que la hiciera gai’shain; no permitiría que obtuviera el honor de haberla tocado porque «llevaba en la mano un cuchillo de trinchar cuando lo hizo». ¡Un cuchillo de trinchar! Afirmaba que era un arma, como si ella fuera una Doncella. El chico no tuvo más remedio que acceder a sus exigencias y hubo muchas risas a su costa. Uno no puede enviar de vuelta a su septiar a una señora del techo descalza. Antes de que se cumpliera el año y el día, el septiar Haido y el septiar Jenda intercambiaron lanzas, y el chico se encontró casado poco después con la hija mayor de Chenda. Y con su madre conyugal siendo aún su gai’shain. Trató de dársela a su esposa como parte del regalo de desposorios, y las dos mujeres clamaron que estaba intentando denigrar su honor. Poco faltó para que tuviera que tomar a su propia esposa como gai’shain. Y el problema a punto estuvo de acabar en un enfrentamiento entre Haido y Jenda otra vez antes de que se hubiera cumplido con el toh. —La Aiel se reía con tantas ganas que casi rodó por el suelo, y Amys y Melaine hasta lloraban de tanto reír.