El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—Ninguno. Tiene razón, Marie. Si seguimos por la ruta directa, jamás llegaremos allí.
Mark pareció complacido. Joanna apoyó la escopeta en la moto y se sentó en el sillín.
—Si te hubieras explicado antes... —empezó a decir Marie.
—¡Por Dios, lo intenté! —exclamó Mark.
—No me refiero a ti —dijo ella.
Harvey pensó que se refería a él, y tenía razón. No podía abandonarse. Su hijo estaba en las colinas y tenía que ir en su busca. Menos mal que Marie le había hecho salir de su letargo.
—¿Cómo estamos de gasolina? —preguntó Harvey.
—Bastante bien. Hemos hecho unos ochenta kilómetros...
—Sólo eso —musitó Harvey. Naturalmente, era cierto, podía verlo en el mapa, pero tenía la impresión de que habían avanzado mucho más. Debían haber ido bastante despacio—. Mark, ¿crees que este camino de montaña es seguro? ¿No le interrumpirán las lluvias?
—Es probable —dijo Mark. Señaló en silencio las presas situadas por encima de la carretera interestatal número cinco—. ¿Prefieres arriesgarte a que todo esto se rompa?
—No. Será mejor que nos vayamos cuanto antes —dijo Harvey—. Yo conduciré.
—Yo iré delante con la moto, Joanna puede ir a tu lado, con la escopeta.
Mark no mencionó a Marie. No hablaba con ella.
Hacer algo, cualquier cosa, era agradable. Harvey empezaba a sentir dolor de cabeza, el principio de una migraña, y tenía los hombros y el cuello tan tensos que casi podía sentir los nudos en ellos, pero era mejor que acurrucarse en el asiento.
—Vámonos —dijo Harvey.
El camino discurría entre montículos, rodeaba colinas, siempre en dirección noroeste. Nunca abandonaba el terreno alto. De trecho en trecho lo cruzaban rocas y montones de barro, pero gracias a la altura los escombros no eran profundos. Además, como era muy poco transitado, los bordes no estaban desgastados.
Las montañas habían cambiado de posición. El camino hubiera podido finalizar en cualquier momento. Al igual que el juicio de Mark Czescu, aquel camino no era algo con lo que se pudiera contar de una manera absoluta, pero ninguno de los dos había fallado esta vez. Por fin llegaron a una calzada asfaltada y Harvey pudo aumentar la velocidad.
Le gustaba conducir. Lo hacía con una concentración total, sin abandonarse a otros pensamientos. Estaba al acecho de posibles obstáculos, reducía la marcha al llegar a una curva. Sigue adelante, se decía, devora kilómetros, prosigue sin mirar nunca atrás, sin pensar en lo que queda detrás de ti.
Iniciaron el descenso hacia el valle de San Joaquín. Por todas partes había agua, y el panorama era estremecedor. Harvey se detuvo y consultó el mapa. Su camino conducía directamente al lecho de un lago seco. Ahora no estaría seco, así que cruzarían el río Kern por la carretera, luego se desviarían hacia el nordeste...
¿Tendrían suficiente gasolina? Hasta entonces no les había faltado. Harvey pensó en la gasolina extra que había almacenado, y en los ladrones y asesinos en una camioneta azul. Algún día los encontraría, no importaba dónde se escondieran. Pero no habían tomado aquella carretera, pues de lo contrario lo habría notado. Hasta entonces habían tenido la carretera casi para ellos solos.
Al alba estaban al nordeste de Bakersfield. Habían avanzado bastante, a ochenta kilómetros por hora, y ahora se encontraban en terreno elevado, rodeando el borde oriental del San Joaquín, sin que nada les detuviera.
Harvey se percató de que aquella ruta les conduciría directamente al rancho de Jellison.
El río Tule era demasiado profundo. Nadie se había atrevido a utilizar la carretera paralela a su cauce. Cuando Harvey lo comprendió, era demasiado tarde. Pudo ver la presa allá adelante.
El agua se derramaba por un costado y a lo largo de la parte superior. Podía deducirse dónde estaba el aliviadero por la agitada corriente del río que vertía sobre el paramento de la presa. Harvey hizo sonar el claxon para alertar a Mark. Sacó un brazo por la ventanilla, cerró el puño y lo movió vigorosamente arriba y abajo, haciendo la señal con que en el Ejército se indica el paso ligero. Luego señaló la presa.
Mark comprendió el mensaje y aceleró fuertemente la motocicleta. Harvey pisó gas y avanzó velozmente tras él. Casi habían llegado a la presa...
Un río de barro había inundado la carretera. Media docena de personas y otros tantos vehículos estaban atrapados en el fango. Habían tratado de rebasar el deslizamiento, pero había sido en vano.
Harvey conectó la tracción en las cuatro ruedas y prosiguió sin detenerse. Un hombre saltó hacia adelante para tratar de detener el furgón, con los brazos extendidos. Harvey pasó lo bastante cerca para ver su rostro, en el que se reflejaba un rictus de terror y determinación... y el hombre vio también el rostro de Harvey. El furgón pasó casi rozándole y el hombre saltó hacia atrás.
El barro se deslizaba y el vehículo lo hacía con él. Harvey cambió de marcha, pisó el acelerador a fondo y entabló una frenética carrera entre su tracción sobre el barro y la adherencia de éste a la carretera. Las piedras esparcidas por la calzada golpeaban constantemente la carrocería. Por fin llegaron a otro trecho de pavimento expedito. Harvey oyó el suspiro de alivio de Marie.
Llegaron a un brazo del lago. El puente que lo salvaba normalmente estaba sumergido, y era imposible saber a qué profundidad. Harvey aminoró la marcha.
De repente se oyeron otros sonidos entre los ruidos del río, la lluvia y los truenos. Eran gritos. Joanna miró atrás.
Harvey frenó. La presa había cedido. Uno de sus lados se había derrumbado en un instante, y las aguas avanzaban formando un muro impetuoso cuyo fragor ahogaba los gritos de la gente.
—Nos hemos salvado por los pelos —dijo Joanna.
—Pobre gente —musitó Harvey.
Todos los que viajaban en coches no tan buenos como el furgón de Harvey, todos los granjeros que decidieron esperar, los que iban a pie, los que se habían quedado aislados en tejados y puntos altos, en medio de la inundación, habrían sucumbido bajo la muralla de agua. Y sería peor cuando las demás presas también cedieran. Todo el valle quedaría inundado. Ninguna presa resistiría la acción de aquella lluvia implacable.
Harvey respiró hondo.
—Bien, ya está. Hemos conseguido pasar. Quaking Aspen está sólo a cuarenta kilómetros de aquí. Gordie habrá llevado allí a los chicos.
Trazó un mapa mental de la ruta al norte de Springville. Cruzaba muchos torrentes, y en algunos de ellos había pequeñas plantas eléctricas y embalses. Presas situadas por encima de la carretera. ¿Se habrían derrumbado? ¿Se derrumbarían? Si seguían por aquella carretera tal vez serían arrasados por las aguas, pero no había otro camino.
—Vamos —dijo Marie.
Se pusieron en marcha. Las aguas se habían retirado del puente, abriéndose camino hacia el valle de San Joaquín. Al cruzar el puente vieron, sorprendidos, un gran camión que venía en sentido contrario, y que se detuvo en el extremo del puente. Bajaron dos hombres de la cabina y miraron el furgón que pasó junto a ellos sin detenerse. Uno de los hombres empezó a gritar algo y luego se encogió de hombros.
Vieron otro puente anegado y Harvey tomó una decisión: se desviarían hacia las posesiones del senador Jellison. Era el mejor sitio para enterarse de lo que ocurría en las montañas. Pensó entonces en algo que hasta entonces no habían considerado. ¿Adonde irían una vez encontraran a los muchachos? Ni Marie y Harvey habían pensado más que en encontrar a sus hijos, pero luego...